Los dragones descendieron sobre un enorme prado rodeado de montañas. A lo lejos se alzaba una fortaleza de dimensiones extraordinarias, donde decenas de soldados aguardaban en formación. Unos vestían armaduras negras; otros, túnicas blancas adornadas con insignias plateadas.
Cuando los dragones comenzaron a aterrizar, los jinetes desmontaron y se acercaron para recibirlos.
Vera seguía aferrada a Onyx.
Tenía los dedos entumecidos, las piernas doloridas y el estómago revuelto. El viaje había sido una sucesión de sacudidas, ráfagas de viento y amenazas cada vez que intentaba acomodarse.
—Llegamos —anunció Onyx.
Vera miró hacia abajo.
—Ha sido el peor viaje del mundo.
—Te quejas demasiado, bruja.
El dragón inclinó ligeramente el cuerpo y ella aprovechó para descender. Sus pies tocaron la hierba, pero las rodillas le fallaron. Tuvo que apoyarse en el costado de la criatura hasta recuperar el equilibrio.
Un joven de cabello castaño se acercó. Llevaba una armadura ligera y una expresión de consternación.
—¿Quiénes son ustedes?
—Yo soy Vera. Un placer — dice ella enderezándose.
Señaló a Onyx con el pulgar.
—Él ni idea, dice que es un dragón.
Después se dio media vuelta, dispuesta a marcharse, cuando una mano la sujeta de brazo con fuerza.
—Soy el rey dragón, idiota. ¡Llama al hechicero ahora mismo!
El joven se mantuvo inexpresivo.
Onyx se volvió de espaldas y dejó al descubierto una enorme marca en su piel.
Vera alzó la mirada.
Sobre su espalda había tres puntas que representaban las llamas de un dragón. La central era más alta y las dos laterales se curvaban hacia fuera. Juntas formaban una corona.
El joven palideció.
—No puede ser… Mi señor, ¿qué le ha pasado?
—Eso mismo quiero saber. ¡Trae al hechicero!
Onyx volvió a sujetar a Vera, esta vez con más fuerza.
—Ven, bruja. Ahora mismo vas a devolverme mi forma.
La obligó a caminar hacia la fortaleza.
Vera observó el enorme palacio de piedras blancas mientras se acercaban y chasqueó la lengua.
—Otro palacio. Qué mala suerte.
Las puertas principales se abrieron antes de que Onyx llegara a ellas.
—Me haces daño, bestia.
Le grita ella tratando de zafarse sin éxito, mientras atravesaban un inmenso vestíbulo. El suelo estaba cubierto de baldosas pulidas que reflejaban la luz de las lámparas suspendidas en el techo. Columnas de mármol oscuro sostenían una bóveda decorada con figuras de dragones entrelazados.
A ambos lados se extendían corredores que conducían a las distintas alas de la fortaleza. Onyx la condujo por uno de ellos hasta llegar a una enorme sala de recepción.
Las puertas se abrieron y las conversaciones se interrumpieron de inmediato.
Una larga mesa ocupaba el centro de la habitación. Varias personas estaban reunidas a su alrededor, pero todas se quedaron inmóviles. Un hombre se levantó de su asiento.
—¿Usted quien es?
—Soy el rey Dragón, ¿Dónde está el Mael, el hechicero?
—Aquí, mi señor.
Onyx y vera se giran para ver entrar a un hombre de mediana edad, vistiendo una túnica negra.
—Esta hechicera me convirtió en humano —anunció Onyx, señalándola—. Quiero que elimines el hechizo y después la maten.
—¡Estás loco!
Vera lo empujó para apartarlo.
El hechicero se acercó, observó a Onyx con sus expresivos ojos marrones.
—Mi señor, esto no es magia.
—¿Qué?
—No existe ningún hechizo que pueda producir una transformación como esta.
Vera dejó de prestarles atención, cuando se dio cuenta que sobre la mesa había pan, frutas, carnes y varias fuentes con comida. Su estómago protestó al instante.
—Bueno, de todas formas, voy a morir.
Se acercó y tomó un trozo de pan.
—¿Cómo puedes tener apetito? —gritó Onyx.
Vera lo ignoró, mientras comía las fresas-
—Mi señor, esta mujer no es una bruja —insistió el hechicero.
—Te lo dije, idiota —respondió ella con la boca llena.
Onyx la miró con irritación.
—¿Entonces qué es?
—Una Odesa.
Vera levantó la cabeza.
—¿Una qué?
—Una mujer con la capacidad de convertir dragones en humanos. No se trata de magia, sino de una particularidad de su linaje.
Onyx frunció el ceño.