Un reino para la esposa del dragón

Un poco de explicación

Vera fue trasladada a una habitación bastante más agradable de lo que esperaba.

Aunque todo era extrañamente blanco.

—Mi nombre es Mael —se presentó el hechicero—. Y él es mi asistente, Victor.

—Un placer —respondió ella, todavía observando los con detalle lo lujosa y acogedora que era.

—Puede sentarse, señorita.

Victor le indicó uno de los sillones. Vera se acomodó y cruzó las piernas.

—¿Por qué todo es blanco en este palacio?

Victor sonrió.

—Los dragones responden de maneras impredecibles a los colores que no sean blanco y negro — explica Mael.

Vera asiente —Bien, ¿Qué pasa con ustedes? ¿Qué clase reino son?

Mael sonríe

— Este es el Reino de los Tres Dragones. Fue fundado por tres poderosos dragones que se unieron en matrimonio con tres Odesas. Desde entonces, el linaje real conserva la sangre de los dragones.

—¿Y eso qué significa?

—Que vivimos mucho más que los humanos.

—¿Qué tanto?

—Yo tengo cuatrocientos años.

Vera giró la cabeza lentamente hacia él.

—¿Cuatrocientos?

—Así es.

Ella lo examinó de arriba abajo.

—Pues se conserva bastante bien.

Victor soltó una carcajada.

No parecía tener más de cuarenta años.

—¿Y qué pasó con la bestia? —preguntó Vera.

Mael tomó la palabra.

—Onyx es el rey dragón. En nuestro reino, todos los hijos varones primogénitos nacidos en las familias de sangre dracónica se transforman en dragones al cumplir cinco años. A partir de entonces, reciben entrenamiento y pasan a formar parte de las fuerzas especiales del reino.

Vera lo escuchaba con atención.

—Pero hay una excepción —continuó el hechicero—. Aquel que nace con la marca de las tres llamas en la espalda está destinado a convertirse en el Rey Dragón.

—Como el señor Onyx —añadió Victor—. Lleva gobernando el ejército de fuego desde hace doscientos años.

—Demasiados años para alguien tan idiota — dice ella recordando como la tomo contra su voluntad y la llevó a ese reino.

Mael suspiró.

—Lo que queremos que sepa es que, en nuestro reino, el linaje de las Odesas se ha extinguido. O, al menos, eso creíamos. Hace más de 500 años que un rey dragón no toma su forma humana. Ni los tres grandes dragones, entre ellos el señor Onyx han podido ser montados.

Vera asintió despacio.

—Miren, creo que se están confundiendo, yo no lo hice humano, ni siquiera puedo explicar que pasó. Había un dragón, luego ya no, en cambio estaba ese cretino ahogándose.

Mael y Victor intercambiaron una mirada.

—Por favor, tenga paciencia con él —pidió Victor—. Ha pasado muchos años en forma de dragón.

—Es un bruto.

Los dos hombres volvieron a suspirar.

—El señor Onyx tiene que enfrentar algunos problemas ahora mismo —comentó Mael.

Vera se acomodó mejor en el sillón.

—¿Como cuáles?

Victor abrió la boca, pero no llegó a responder.

La puerta se abrió de golpe.

Onyx entró con el ceño fruncido y una expresión que Vera empezaba a reconocer demasiado bien.

—No voy a casarme contigo.

Mael cerró los ojos un instante.

—Esos, por ejemplo.

—No te lo pedí, bestia.

Onyx apretó la mandíbula.

—Lo diré otra vez: no voy a casarme contigo.

—Y yo te lo repito: estás loco.




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