Un reino para la esposa del dragón

La boda será mañana

Soren sonrió, aunque sus ojos conservaron la seriedad.

—Nuestro último intento de conquistar el Reino del Norte terminó en una derrota. Perdimos a muchos hombres y varios de nuestros dragones resultaron heridos.

Vera miró a Onyx.

—¿Y por qué querían conquistarlo?

—Tienen oro —respondió él, como si fuera la explicación más evidente del mundo—. Y nos gusta el oro.

Vera tuvo que contener una sonrisa.

Aquello era cierto. El Reino del Norte poseía enormes reservas de oro y piedras preciosas. Su riqueza superaba la de muchos territorios vecinos.

—Conoces ese reino, Vera —continuó Soren—. Sabes cómo funciona su ejército, dónde están sus fortalezas y cuáles son sus puntos débiles. Podrías ayudarnos a conquistarlo.

—¿Y qué tendría que hacer?

—Convertirte en la jinete de Onyx y conseguir que los otros dos grandes dragones también te acepten. Con tu ayuda, podríamos someter el reino de tu padre.

Vera cruzó los brazos.

—¿Y qué gano yo?

—Serás la esposa del Rey Dragón. Tendrás tu propio palacio, riquezas y una posición que ninguna otra mujer de nuestro reino podría alcanzar. Además, después de la conquista, tendrás acceso a una fortuna considerable.

Vera negó con la cabeza.

—El dinero no me interesa.

Onyx soltó una carcajada.

—Entonces no tenemos nada más que ofrecerle. Habrá que matarla.

Vera giró hacia él.

—¡Deja de decir que vas a matarme!

—Me convertiste en humano. Es lo que mereces.

—¡Tú intentaste matarme primero!

—¡Porque eras una bruja!

—¡Y tú eres un dragón insoportable!

Soren cerró los ojos un instante y respiró profundamente.

—¿Pueden dejar de comportarse como niños?

Los dos guardaron silencio.

Soren se volvió hacia Vera.

—Te daré lo que pidas.

Ella dejó de mirar a Onyx.

No tenía dinero ni un lugar al que ir. Si su padre descubría que había escapado, no tendría ninguna oportunidad de defenderse. Y, por lo que había escuchado, aquel reino odiaba a Jeremías tanto como ella.

Podía ser una oportunidad. Quizá la única que tendría.

—Quiero dos cosas —dijo.

—Te escucho.

Vera sostuvo la mirada de Soren.

—Cuando invadamos el Reino del Norte, quiero ser yo quien mate a mi padre. Y también quiero acabar con todos los miembros de su corte.

El silencio se extendió por la habitación.

No estaba pidiendo una recompensa. No estaba negociando una posición ni una fortuna.

Quería sangre.

Soren no apartó la mirada.

—Dalo por hecho. ¿Qué más?

—Quiero vivir muchos años. Tantos como ustedes.

Onyx sonrió de lado.

—Eso último depende de mí. Y la respuesta es no.

Vera frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—La sangre del Rey Dragón posee propiedades extraordinarias —explicó Soren antes de que Onyx pudiera continuar—. Si la consumes, podrás prolongar tu vida durante muchos siglos.

Vera volvió lentamente la cabeza hacia su futuro esposo.

—¿Vas a cooperar o tendré que conseguir esa sangre a la fuerza?

Onyx comenzó a reír.

—¡Qué atrevida, bruja! Nadie ha conseguido arrancarme siquiera una gota. Los que lo han intentado terminaron convertidos en cenizas que el viento se llevó.

—Se te olvida que ahora eres humano y...

—Vera —la interrumpió Soren—, según los escritos, la sangre del Rey Dragón solo conserva sus propiedades cuando se extrae de su forma de dragón.

Onyx la miró con una sonrisa triunfal.

—Quiero verte intentarlo cuando recupere mi forma. No durarías ni cinco segundos.

Vera lo observó unos instantes.

Después sonrió.

—¿Sabes qué? Hoy tengo ganas de arruinarle la vida a alguien. Acepto casarme con la bestia.

—¡No! —protestó Onyx—. ¡Yo no he aceptado!

Soren se acercó a Onyx y bajó ligeramente la voz.

—Tu deber está con nuestro reino. Eres el Rey Dragón. Si debes casarte con una Odesa, te casarás con ella.

Onyx apretó la mandíbula.

—Es que no me gusta.

Vera levantó una ceja.

—Ya tenemos algo en común.

Soren decidió ignorarlos.

—Tu deber no está sujeto a discusión. No se hable más. La boda será mañana.

Vera abrió los ojos.

—¿Mañana?

Pero Soren ya se dirigía hacia la salida. Mael y Victor lo siguieron, y los demás hombres abandonaron también la habitación.

Vera permaneció inmóvil, intentando procesar aquella última noticia.

¿Una boda? ¿Al día siguiente?

Cuando levantó la mirada, Onyx seguía junto a la puerta. La observaba con una sonrisa que no le inspiraba ninguna confianza.

—La única vida que vas a arruinar es la tuya —dijo él.

Vera le dedicó una mirada asesina.

—Te voy a dejar sin sangre, bestia salvaje.

Onyx perdió la sonrisa.

—¡Inténtalo!

Se dio media vuelta y salió de la habitación con pasos furiosos.

Vera lo siguió con la mirada.

Al día siguiente se casaría con el Rey Dragón. Y, por lo visto, su futuro esposo estaba haciendo todo lo posible para que quisiera asesinarlo.




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