Vera pasó la noche en vela.
No conseguía dormir. Estaba en otro reino y, en cuestión de unos pocos días, su vida había cambiado por completo. Había escapado de su encierro, sobrevivido a un ataque de dragones y terminado en un palacio donde pretendían casarla con uno de ellos.
Se levantó de la cama y caminó hasta el balcón.
Llevaba un delicado camisón que apenas la protegía del frío. Se abrazó a sí misma mientras contemplaba la ciudad.
Ignaroth era hermoso.
Las casas, construidas con piedra blanca y negra, se extendían a lo largo de calles limpias y bien cuidadas. A esa hora todavía había personas caminando, conversando y riendo frente a los pequeños establecimientos. No había guardias persiguiendo a los ciudadanos ni soldados vigilando cada esquina.
La gente parecía feliz.
Era algo que Vera no recordaba haber visto en su propio reino.
Desde que su padre se había casado con su madrastra, el Reino del Norte se había convertido en un lugar triste y vacío. Aquella mujer era ambiciosa, egoísta y despiadada. No quería a nadie, ni siquiera a sus propios hijos. Para ella, todos eran piezas que podía utilizar en sus negociaciones.
Sus hijas habían terminado casadas con hombres ricos, pero crueles. Sus hijos vivían intentando ganarse una aprobación que jamás recibirían.
Y Jeremías...
Su padre era un hombre sin voluntad, incapaz de enfrentarse a la mujer con la que había decidido compartir su vida. Había permitido que destruyera su familia y, cuando Vera empezó a ser una vergüenza, la apartó como si nunca hubiera existido.
Vera apretó los dedos sobre la baranda. No sentía ninguna lástima por él.
Volvió a mirar las calles iluminadas.
Al día siguiente se casaría con Onyx. No era el matrimonio que habría elegido, ni mucho menos el esposo que habría deseado. Sin embargo, necesitaba seguridad.
Al menos, aquel matrimonio le daría tiempo para descubrir cómo sobrevivir fuera de las paredes que la habían mantenido prisionera desde niña.
Odiaba tener que casarse, pero también tenía una oportunidad que no pensaba desperdiciar.
Comida, un techo y su preciada venganza.
No quería perdonarlo. Tampoco pretendía convertirse en una persona mejor para demostrarle nada a nadie. Quería que Jeremías recordara a la hija que había abandonado en aquella habitación fría. Quería que supiera que la muchacha que había intentado borrar de su vida tenía ahora el poder suficiente para enfrentarlo.
Esa sería su misión.
Sin embargo, había algo que no dejaba de rondarle la cabeza.
¿Por qué era una Odesa?