Un reino para la esposa del dragón

No puedo

A la mañana siguiente, Vera despertó rodeada de mujeres.

—Buenos días, mi señora.

No tuvo tiempo de responder. Dos de ellas apartaron las sábanas, otra abrió las cortinas y una cuarta comenzó a preparar la ropa que llevaría.

—Un momento. ¿Qué está pasando?

—Es hora de prepararla para la ceremonia.

—¿Qué ceremonia? Solo digan que nos casamos y ya.

Ninguna respondió.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, ya la estaban ayudando a desvestirse.

La llevaron a un baño amplio, donde la esperaba una tina llena de agua perfumada con flores. La bañaron, cuidaron su piel y la secaron con toallas suaves. Después llegó el turno del vestido.

Era una pieza de gasa dividida en dos colores, negro y blanco. La tela caía con ligereza sobre su cuerpo y se ajustaba a su cintura antes de extenderse en una falda vaporosa.

Luego se ocuparon de su cabello. Lo peinaron con delicadeza, trenzaron algunos mechones y entrelazaron pequeñas rosas blancas entre sus ondas oscuras.

Vera permaneció frente al espejo mientras las mujeres terminaban de arreglarla.

—Está hermosa, mi señora —comentó una de ellas.

Otra asintió con entusiasmo.

—El Rey Dragón no podrá apartar los ojos de usted.

Vera sonrió, aunque no supo qué responder.

¿Hermosa?

En el Reino del Norte nadie la había llamado así.

Su estatura, sus curvas, el cabello negro y ondulado, sus ojos oscuros... Nada encajaba con los gustos de la nobleza. Allí admiraban a las mujeres pequeñas, de cabello lacio y ojos claros. A ella le habían dedicado años de comentarios y miradas que dejaban claro que no cumplía con aquel ideal.

Habían encontrado mil maneras de recordarle que no era bonita.

Y ahora unas desconocidas parecían empeñadas en convencerla de lo contrario.

Cuando terminaron, la acompañaron hasta un carruaje.

Mael la esperaba en el interior. Al verla, abrió los ojos con sorpresa.

—¡Por todos los dragones! Está preciosa, mi señora.

Vera acomodó la falda antes de sentarse frente a él.

—Me siento extraña.

—¿El vestido?

—No. Que tantas personas me hayan visto sin ropa esta mañana.

Mael soltó una carcajada.

—Me temo que esa es una de las desventajas de tener un séquito. Tendrá que acostumbrarse.

—No estoy segura de querer hacerlo.

El hechicero sonrió y acomodó las manos sobre su bastón.

—Espero que esté tranquila. Hoy vendrán muchísimas personas. Prácticamente todo el reino quiere presenciar la boda.

Vera lo miró con desconcierto.

—¿Cómo es posible que todos lo sepan? Apenas llegué ayer.

—Mi señora, somos un reino de dragones. Las noticias literalmente vuelan.

Mael soltó una pequeña risa, pero enseguida adoptó una expresión más seria.

—Por cierto, hay algo que debería advertirle.

Vera lo miró con cautela.

—¿Qué cosa?

—Nadie sabe cómo será la personalidad del Rey Dragón en su forma humana. Onyx ha pasado siglos convertido en una criatura de escamas, garras y fuego. Así que... le deseo mucha suerte.

Vera lo observó en silencio.

—¿Eso pretendía tranquilizarme?

—Hice mi mejor esfuerzo.

—Pues fue bastante malo.

Mael sonrió.

Vera bajó la mirada hacia sus manos. Había otra cosa que no se atrevía a preguntar.

¿Qué ocurriría cuando llegara la noche?

Onyx era su esposo. ¿Esperaría compartir la cama con ella? Nunca había estado con un hombre y, desde luego, no quería que su primera experiencia fuera con alguien que le provocaba más ganas de discutir que de acercarse.

Quizá debería empezar a dormir con una daga debajo de la almohada.

El carruaje se detuvo.

—Mi señora, hemos llegado. Es hora de su boda.

Vera se asomó por la ventana.

Y se quedó paralizada.

El recinto estaba abarrotado. Cientos de personas ocupaban los alrededores de un enorme edificio de cristal. Los invitados vestían con elegancia y se agrupaban en los jardines, mientras varios dragones sobrevolaban el lugar. Algunos eran enormes; otros, mucho más pequeños, daban vueltas alrededor de la construcción como si tampoco quisieran perderse el acontecimiento.

Todo el reino estaba allí.

Para verla casarse con un dragón.

Vera sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—No puedo.




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