Vera estaba sola en el carruaje.
—Estás loca —se dijo—. Completamente loca.
Miró hacia el edificio de cristal. Cientos de personas esperaban su llegada. Los dragones sobrevolaban el recinto y, en algún lugar de aquel lugar, estaba el hombre con quien iba a casarse.
No. No podía hacerlo.
Se levantó de golpe, apartó la falda del vestido y abrió la puerta del carruaje.
Bajó con cuidado para no tropezar con la tela y comenzó a correr en dirección contraria.
No había avanzado demasiado cuando un rugido hizo retumbar todo el lugar.
Las conversaciones se apagaron. Los invitados se quedaron inmóviles y hasta los dragones que volaban sobre el recinto parecieron detenerse.
Vera frenó en seco.
Se giró lentamente.
Onyx estaba allí.
De pie, con el rostro endurecido y una expresión que no presagiaba nada bueno. Caminó hacia ella con pasos firmes.
—¿Qué haces?
Vera intentó recuperar el aliento.
—No puedo hacer esto. No puedo.
Onyx frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que no puedo. Así de simple.
Él negó con la cabeza.
—¿Sabes que yo he pagado esta boda? Hasta ese vestido que llevas puesto.
Vera miró su ropa.
—Lo siento.
Onyx parpadeó.
—Cuando invadas el reino de mi padre, puedes cobrarte las molestias.
Durante unos segundos, Onyx la observó sin decir nada. Después soltó una carcajada.
—¡Eres increíble!
—Gracias.
—¡No era un cumplido!
La sonrisa desapareció de su rostro. Se acercó, la levantó en brazos y comenzó a caminar hacia el edificio.
—Vamos. Terminaremos con esto.
—¡No! ¡Bájame!
Vera empezó a golpearle los hombros.
—¡No quiero casarme contigo!
—¡Cállate, bruja!
—¡No me llames bruja!
—¡Entonces deja de comportarte como una!
—¡Te odio!
—¡Ya tendrás tiempo de odiarme después de la ceremonia!
Onyx cruzó la entrada sin prestarle atención a sus protestas. Vera seguía forcejeando cuando una mujer se atravesó en su camino.
—¡Onyx, espera!
Él se detuvo.
La desconocida miró a Vera y después al Rey Dragón. Tenía el cabello rojo y una expresión que no parecía precisamente amistosa.
—Si ella no quiere ser tu esposa, puedo ocupar su lugar —anunció con absoluta seguridad—. Soy mitad Odesa. Puedo hacerlo.
Vera dejó de forcejear.
Miró a la mujer.
Luego miró a Onyx.
—¡Bien! ¡Problema resuelto!
Se bajó de los brazos de Onyx y acomodó su vestido. Después observó a la desconocida de pies a cabeza.
La mujer seguía mirándola con una expresión de profundo desprecio.
Vera sonrió.
—Bueno, que sean felices.
Se dio media vuelta y comenzó a alejarse.
Un segundo rugido hizo temblar el recinto.
—¡Apártate, Bella! —bramó Onyx, dirigiéndose a la mujer—. ¡Ella es mi esposa!
Vera se detuvo.
¿Su esposa?
¿No acababa de ofrecerle una sustituta?
Onyx la alcanzó, le tomó la mano y prácticamente la arrastró hasta una mesa donde estaban preparados los documentos de matrimonio.
—Siéntate.
—No me des órdenes.
—¡Vera!
—¡Onyx!
Él señaló el documento.
—Firma ese papel. Ahora mismo.
Vera lo miró con indignación.
—No puedes decirme qué hacer.
Se puso de pie.
Onyx soltó otro rugido. Algunos invitados retrocedieron y varias copas temblaron sobre las mesas.
Vera lo miró sin moverse.
Él esperaba que retrocediera, que bajara la cabeza o que al menos mostrara un poco de temor.
Pero ella seguía allí, con los brazos cruzados y una expresión de absoluto fastidio.
Onyx ladeó la cabeza.
—¿No te asusta?
—¿Debería?
Él la observó unos segundos.
—Solo firma el papel.
Vera resopló y volvió a sentarse.