«Volvió a sus brazos… aunque ni él ni ella lo sepan todavía»
Amelia no sabía cómo había llegado hasta allí. Bueno, sí lo sabía. La supervisora le asignó el piso de presidencia aquella mañana sin previo aviso, y ella, como cada vez que la vida le empujaba a lo desconocido, bajó la cabeza y obedeció. Empujó el carrito con cuidado, sin hacer ruido, con los guantes puestos y el alma desordenada.
La puerta estaba entreabierta. Se asomó con timidez, y entonces vio al niño pequeño, de rostro dulce y expresión solemne, parado frente a los enormes ventanales como si esperara una señal del cielo con la mirada vacía. Había algo en su presencia que le sacudió el pecho, como una cuerda tensada que vibraba en lo más hondo de su ser.
No pensó, se agachó lentamente, sin palabras, solo con los ojos. Él giró la cabeza hacia ella y la miró, no con curiosidad, no con miedo. Con algo más, con reconocimiento.
No se conocían, no podían conocerse y, sin embargo… algo en su pecho se derrumbó como si una compuerta invisible se abriera y la llenara de una ternura abrumadora. El niño dio un par de pasos y tomó uno de los paños del carrito. Empezó a pasarlo sobre el suelo, torpemente, mientras soltaba una risita suave, se sonrió junto con él. La risa del niño era como un eco lejano, de algo amado, que le resultaba familiar.
Lo acompañó en el juego, doblando una toallita y limpiando a su lado, fingiendo que eso era lo más importante del mundo. Porque, en ese instante, lo era.
—¿Cómo te llamas, mi vida? —preguntó en voz baja, sin esperar respuesta.
Él no habló, aunque la miró con esos ojos verdes grandes, idénticos a los de alguien que no podía ubicar. Su mente empezó a llenarse de imágenes que no le pertenecían: una habitación con cortinas blancas, una risa idéntica a la que escuchaba ahora, una voz masculina diciéndole «Mel», con un tono que desgarraba y acariciaba a la vez.
Tragó saliva, un escalofrío recorrió su espalda, no entendía lo que pasaba. No sabía por qué, desde que había entrado a esa oficina, sentía que había regresado a un sitio que amaba sin haber estado nunca.
La mirada del niño se alzó hacia ella, y por un instante, sintió una punzada aguda en el pecho. Algo que se le quebró por dentro.
—Mi amor… —susurró, sin pensarlo, como si la palabra se escapara de una parte que ella no controlaba.
El niño dejó el paño. Se acercó a ella y la tocó, no con la inocencia de un niño que busca compañía, la tocó con una delicadeza que le hizo contener la respiración, como si él también sintiera ese hilo invisible que los unía, como si supiera algo que ella aún no recordaba del todo.
«¿Qué me pasa contigo, chiquitico...?» —pensó mientras apartó la mirada. Intentó racionalizarlo, pero el corazón le latía con fuerza y no era miedo; era algo más antiguo. Como si algo de ella se estuviera despertando.
Entonces, sintió un murmullo desde el fondo de su mente. Una voz que le pertenecía, pero que sonaba lejana y, aún así, propia. «Amor… sigue cuidándolo, por los dos».
Se quedó helada, sintió cómo se le erizaba la piel. No había pensado en esa frase antes. Nunca.
Llevó una mano al pecho, donde el corazón le latía como tambor de guerra. Quiso apartarse, pero el niño la sujetó por la muñeca con una manito cálida y firme. Ella lo miró entendiendo que algo más profundo que el tiempo los estaba uniendo.
No quería irse, lo supo en el instante en que terminó de limpiar el último rincón de aquella oficina cuando él tomó su mano. Gael no se había separado de ella ni un segundo, como si ese niño solitario y callado se hubiese aferrado a su presencia con la urgencia de quien encuentra algo perdido. Ella sintió lo mismo.
Aquel día marcaba un año exacto desde su regreso a la vida, literalmente. Recordaba el accidente con una claridad escalofriante: el sonido de los frenos, el golpe seco, el mundo poniéndose blanco. Luego… nada o al menos eso pensaba, hasta que una voz lejana, desesperada, atravesó la neblina.
—¡Está viva! ¡¡Está viva!!
La habían declarado fallecida por unos minutos. Los paramédicos estaban por cubrir su cuerpo cuando, de repente, su pecho se alzó con una bocanada de aire salvaje, como si su alma hubiese regresado desde un abismo. La llevaron de urgencia al hospital. Milagrosamente, no tenía lesiones internas. Solo confusión y una cicatriz delgada en el pecho que nunca logró explicar.
Desde entonces, la vida en ese país se le hizo cuesta arriba. Graduada en psicología en Cuba, no logró ejercer por falta de acreditaciones. Pasó un año sobreviviendo con la ayuda de su familia, de su novio, de la esperanza testaruda que se negaba a morir. Hace apenas una semana, había conseguido aquel empleo como personal de limpieza en una empresa de prestigio. No era su vocación, pero era un ingreso digno y eso bastaba.
Ese día, el mismo en que hacía un año exacto desde su renacer, la asignaron al piso de presidencia. Lo asumió como una coincidencia más, pero cuando entró a esa oficina y vio a Gael… supo que el destino le imponía un nuevo reto.
El pequeño la ayudó en todo: le alcanzaba los productos, le señalaba rincones olvidados, y la observaba con una intensidad imposible de ignorar. Ningún gesto de rechazo, ninguna señal de incomodidad. Solo confianza y una conexión imposible de explicar teniendo en cuenta lo que todos comentaban del pequeño en esa gran empresa.