Un sueño real

8. Cuídalos por las dos

Amelia se levantó de la cama con cuidado, procurando no despertar a Gael, que dormía profundamente con los labios entreabiertos y una paz que contrastaba con el torbellino que ella sentía en el pecho. Dio un último vistazo a la habitación y de nuevo la punzada regresó: esa certeza absurda de conocer cada rincón, cada objeto, como si hubiera vivido allí antes.

El aire se sentía más pesado a medida que cruzaba el umbral. Salió al pasillo con la respiración acelerada, intentando sacudirse esas imágenes fugaces que aparecían en su cabeza: ella —o alguien como ella— acomodando aquella manta sobre la cama, ordenando los libros de la estantería, tarareando una melodía que no podía identificar.

Se detuvo unos segundos para apoyarse en la baranda de la escalera, intentando recuperar el control. Fue entonces cuando escuchó una voz grave y educada a su espalda.

—Señorita Cruz —dijo Williams, el mayordomo, con su porte impecable—. El señor Vernier la espera en su despacho para hablarle de las rutinas del pequeño.

Amelia asintió sin decir nada. La garganta se le había secado. Agradeció la formalidad del hombre, porque en ese momento no se sentía capaz de sostener una conversación.

Descendió las escaleras con pasos medidos, como si cualquier sonido más fuerte pudiera romper el delicado equilibrio que intentaba mantener. Frente a la puerta del despacho, dudó un instante antes de tocar. Tres golpes suaves resonaron contra la madera.

—Adelante —respondió una voz ronca desde dentro.

Abrió y lo encontró sentado tras el buró, los codos apoyados sobre la superficie, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. La luz que entraba por la ventana lateral bañaba su rostro y dejó al descubierto su palidez extrema. Sus labios estaban resecos y una fina capa de sudor perlaba su frente.

Amelia dio un paso al frente, con el ceño fruncido.

—¿Está bien? —preguntó, notando de inmediato la fiebre en sus ojos enrojecidos.

Leonard intentó incorporarse, enderezando la espalda, como si ese simple gesto pudiera ocultar su estado.

—No es nada… solo estoy un poco cansado —murmuró, intentando mantener el tono firme, aunque la voz le traicionó.

Ella lo miró con incredulidad. La tensión en su mandíbula le indicaba que estaba haciendo un esfuerzo consciente por mostrarse fuerte.

—Tiene fiebre —afirmó, sin darle opción a réplica.

Se acercó hasta quedar a su lado y, sin pensarlo demasiado, apoyó la mano en su frente. La piel ardía bajo sus dedos. Leonard cerró los ojos un instante ante ese contacto, una sensación extraña mezclándose con el calor de la fiebre.

—Voy a pedir ayuda —dijo Amelia con tono resuelto.

No esperó su respuesta. Llamó a Williams y, entre ambos, lo ayudaron a ponerse de pie. Leonard apenas protestó, lo cual confirmó a Amelia que su estado era peor de lo que él admitía. Lo condujeron hasta su habitación, donde él se dejó caer sobre la cama con un suspiro profundo.

—Traeré agua, buscaré unas pastillas —informó ella, buscando en su bolso hasta encontrar un blíster de pastillas.

Le alcanzó un vaso con agua y dos comprimidos.

—Tómelos —ordenó con suavidad, pero con una firmeza que no admitía discusión.

Leonard obedeció, bebiendo despacio mientras la miraba desde debajo de las pestañas. Había algo en esa mujer… en su manera de moverse por la habitación, que le provocaba una sensación inquietante. No era solo su cuidado; era la naturalidad con la que parecía conocer ese espacio.

No entendía cómo, pero en ese momento supo que no podría alejarse de él… ni de Gael.

Permaneció de pie junto a la cama, observando cómo Leonard, agotado, respiraba con dificultad. La fiebre le había enrojecido las mejillas y sus labios se veían resecos, tensos. El cabello, revuelto, caía sobre la frente perlada de sudor. El hombre que siempre imponía con su porte, el que había visto caminar por las oficinas como si nada pudiera derribarlo, ahora yacía vulnerable, con el ceño apenas fruncido por el malestar.

«Nunca lo había visto así…» pensó, sintiendo cómo un nudo le apretaba la garganta. «Y no sé por qué me duele verlo así, como si… como si me importara demasiado.»

No lo pensó, simplemente mojó una toalla en el agua fresca que Williams había traído minutos antes y la colocó con cuidado sobre su frente. Leonard abrió los ojos, apenas una rendija gris, y la miró como si no terminara de reconocerla.

—No tienes que… —su voz fue apenas un murmullo, áspero por la fiebre.

—Shhh —lo interrumpió ella, con suavidad—. No hables, solo descansa. Nada es más importante que nuestra salud.

Leonard cerró los ojos, pero no pudo evitar que un pensamiento fugaz lo golpeara.

«Melissa solía cuidarme así…» El recuerdo lo hirió y lo reconfortó a la vez. No quería compararla, no quería que esa mujer nueva, esa empleada, ocupara un espacio que aún le pertenecía a su esposa, pero había algo en la forma en que sus manos se movían, en la firmeza tranquila de sus gestos, que le resultaba insoportablemente familiar.

Amelia, mientras tanto, trataba de concentrarse en lo que hacía, evitando mirar demasiado tiempo su rostro. Pero no podía ignorar la sensación que le recorría el pecho: una mezcla de preocupación genuina y un extraño vínculo que no entendía. Lo había sentido con Gael… ahora lo sentía con él y lo peor… es que una parte de ella quería protegerlos a los dos con todo.




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