Te lo dejo por paz, por desespero, la mitad del colchón y este bolero, que se muere de frío en la esquina; te regalo las horas malditas y la fe que me rompes a gritos cuando cruzas la puerta vecina.
Yo no guardo rencor, no hace falta, si la herida de nuevo se ata, y me duele hasta el simple respirar; aprendí a negociar con la ausencia, a medir con callada paciencia lo que cuesta dejarte marchar.
Vete libre con tus ilusiones, con tus manos sin marcas ni peones, que aquí me quedo yo con mi cruz, abrazando los restos de un suelo donde ya ni los fantasmas del hielo se atreven a apagar esta luz.
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