Te lo dejo todo: las tazas que ya nadie desborda,
la mitad del colchón donde la noche pesa como plomo
y este silencio de perros hambrientos que dejaste como todo.
No te guardo rencor, qué desperdicio.
El rencor exige memoria fresca,
y yo apenas tengo fuerza para recordar en qué rincón tirar las latas de cerveza.
Aprendí a hacer café solo para uno,
a medir el agua calculando tu ausencia,
a mirar la puerta sabiendo que ya es una pared.
Dicen que el tiempo lo cura todo,
pero mienten,
el tiempo solo vuelve más dura la costra sobre la misma herida de siempre.
Vete tranquila con tus promesas nuevas,
con tus manos limpias de culpa.
Aquí me quedo yo,
abrazando los escombros de este amor de banqueta,
donde hasta los fantasmas se fueron porque les dio vergüenza tenernos cerca...