Capítulo 6
Pedro tomó el equipaje y seguimos caminando. A pocas cuadras de la estación, llegamos a una casa blanca, grande, de dos pisos. Tenía grandes ventanales que brillaban bajo el sol y un patio lleno de flores que rodeaban la entrada. Nunca había visto un lugar tan bonito. Entramos. El interior era cálido y tranquilo. Elizabeth me llevó hasta una habitación en la planta alta. Abrió la puerta y me sonrió. —Esta será tu habitación mientras estés con nosotros. Espero que te sirva. Era pequeña, sí, pero muy acogedora. Tenía una cama limpia, una mesa junto a la ventana y una suave luz que entraba por ella. Me quedé mirando todo, sin atreverme casi a tocar nada. Me volví hacia Elizabeth. —Muchas gracias, Elizabeth. Eres muy buena persona. Ella sonrió y me acarició suavemente el brazo.
—Descansa un rato. Aquí estás a salvo. Asentí. Me senté en el borde de la cama y escuché cómo cerraba la puerta al salir. Estaba en un lugar nuevo, rodeada de personas que apenas conocía… pero, por primera vez desde que había escapado, no sentía miedo. Descansé un rato. Cuando desperté, ya era tarde. Me levanté deprisa. Había algo que quería conseguir antes de que terminara el día: necesitaba un libro de medicina y una libreta donde pudiera anotar todo lo que aprendiera durante mi viaje. Bajé las escaleras. Elizabeth estaba allí. —¿A dónde vas, Bella? —Voy a comprar unas cosas —respondí—. Estaré bien. Ella asintió. —Ve tranquila, pero ten cuidado. Me puse la capa y salí. Caminé durante un buen rato, disfrutando del aire fresco y de los paisajes que me rodeaban. Valle Verde era diferente a todo lo que había conocido hasta entonces. Sin embargo, mientras me acercaba a las tiendas, empecé a notar algo extraño. Las mujeres que caminaban por las calles se dirigían principalmente a las tiendas de telas, vestidos, hilos y objetos para el hogar. En cambio, los establecimientos donde se vendían herramientas, libros de medicina y otros artículos estaban frecuentados casi exclusivamente por hombres. Me pareció extraño. Quizá fuera simplemente una costumbre de Valle Verde, pero nadie parecía cuestionarla. Yo, en cambio, caminaba hacia una de aquellas tiendas y sentía las miradas sobre mí. Algunas personas parecían preguntarse qué hacía una muchacha por aquellos lugares. Seguí adelante. Finalmente encontré una tienda donde vendían libros de medicina y otros artículos relacionados con el oficio. Respiré hondo y entré. Había varios hombres sentados en unas bancas y otros comprando cosas. Me acerqué al mostrador con paso firme.
—Quiero comprar un libro de medicina y una libreta para escribir, por favor. El hombre que atendía me miró y soltó una carcajada. Algunos de los demás también rieron. —¿Para qué necesita una mujer ese tipo de cosas? —preguntó con burla—. ¿Acaso piensas estudiar medicina? —Sí —respondí sin bajar la mirada. Las risas aumentaron. —Las mujeres solamente están para la casa —dijo él—. Eso es cosa de hombres. ¿Por qué no vas a comprar vestidos, velas o agujas? Me quedé inmóvil, sintiendo las risas a mi alrededor. Entonces una mujer que estaba dentro de la tienda se acercó y me acompañó hacia la puerta. —Vete de aquí, niña —dijo con voz áspera—. No necesitas nada de eso. Me quedé afuera, en la acera. Estaba enojada. No entendía por qué no podía comprar un simple libro. ¿Acaso las mujeres solamente están para la casa? Apreté los puños. No quería marcharme sin encontrar una solución. Miré a mi alrededor. Entonces vi una tienda donde vendían ropa. Y una idea comenzó a formarse en mi cabeza. Una idea que quizá podía funcionar. Si no querían venderle esas cosas a una chica… entonces tendría que entrar como alguien más.
— Fin del Capítulo 6 —