Capítulo 8
Salí de la tienda con el libro y la libreta apretados contra el pecho, casi sin poder creerlo. Los tenía en mis manos: un verdadero libro de medicina y una libreta donde podría escribir todo lo que aprendiera. El papel me parecía el más suave del mundo, y las letras… prometían todo lo que alguna vez soñé aprender. Caminé con paso ligero, con el corazón lleno de alegría. Nadie va a detenerme, pensé. Estaba tan perdida en mis pensamientos que no escuché los pasos que se acercaban detrás de mí.
—¡Muchacho! Oye, tú, muchacho. Me detuve de golpe. Miré a un lado y a otro, sin estar segura de si me llamaban a mí. Alcé la mano y me señalé el pecho. —¿Yo? —Sí, tú —repitió la mujer, haciendo un gesto para que me acercara—. Ven acá, por favor. Entonces recordé cómo iba vestida. El pantalón, la camisa, el sombrero… y todavía tenía la cara manchada de tierra. Me está llamando porque cree que soy un chico. Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro. Mi disfraz había funcionado. Me acerqué despacio, apretando aún más el libro contra mi pecho. Era una mujer mayor, de manos arrugadas y mirada amable. Junto a ella había un par de cajas pesadas descansando en el suelo. —¿Me podrías ayudar a subir estas cajas hasta la puerta de allá arriba? —me pidió—. Están muy pesadas para mí sola. Te pagaré cinco monedas por el favor. Cinco monedas.
Mis ojos se iluminaron. No era una fortuna, pero podía servirme. Recordé el orfanato. Allí cargaba sacos de grano, cajas, baldes y leña casi todos los días. Mis manos estaban acostumbradas al peso. Aquello no sería nada nuevo. —Claro que sí —respondí, intentando mantener la voz algo más grave. Me agaché para tomar la primera caja. La levanté con firmeza. Pesaba bastante, pero conseguí sostenerla. Subí los escalones y dejé la caja junto a la puerta. Después regresé por la siguiente. Una. Luego otra. Y otra más. Mientras trabajaba, una idea comenzó a crecer dentro de mí. No solo quería aprender. También quería ser capaz de valerme por mí misma.
Miré mis manos y sonreí. Quizá este era el verdadero comienzo de mi viaje. Cuando terminé, la mujer se acercó y me entregó las cinco monedas. —Aquí tienes, muchacho. Te las has ganado. Las recibí y las conté una por una. Veintiuna monedas. Había gastado parte de lo que tenía, pero ahora había recuperado cinco monedas con mi propio trabajo. Guardé el dinero cuidadosamente en mi bolso y emprendí el camino de regreso a la casa de Elizabeth. Miré el libro de medicina que llevaba conmigo. Mañana comenzaré el viajé. No quería molestar demasiado a Elizabeth ni a su prometido. Ya habían hecho mucho por mí y no quería aprovecharme de su amabilidad. Además, Elizabeth me había dicho que podía volver cuando quisiera, cada vez que no tuviera un lugar donde quedarme. Eso me tranquilizaba. Quizá no sabía dónde terminaría mi viaje. Pero sabía que, si alguna vez necesitaba regresar, tendría un lugar al que volver.Seguí caminando hacia la casa, apretando mi libro contra el pecho. Mañana comenzaría mi viaje.
— Fin del Capítulo 8 —