Un Villano Perfecto

Comienzos

De repente, Deiby empezó a oír fuertes gritos y llantos. Por instinto, él también comenzó a llorar. No entendía qué estaba sucediendo; quería ver qué pasaba y dónde estaba, pero su cuerpo no respondía.

Los gritos se detuvieron de golpe y fueron reemplazados por voces de alegría, aunque eso no calmó su angustia. Deiby estaba mucho más preocupado por la extraña incapacidad de moverse.

Entonces sintió cómo alguien lo levantaba con cuidado y lo llevaba hacia una mujer. En el momento en que ella lo sostuvo, una sensación de calma recorrió su pequeño cuerpo. Al observarla, notó que era joven, de piel oscura, con un largo cabello blanco que caía sobre sus hombros. También distinguió sus orejas puntiagudas: era una elfa.

Antes de que pudiera procesarlo, la mujer intentó amamantarlo. Deiby quiso resistirse, pero no podía hablar ni mover su cuerpo. Aunque la situación le resultaba desconcertante, no tuvo opción más que alimentarse. El cansancio lo venció rápidamente y, sin poder evitarlo, cayó en un profundo sueño.

Mientras dormía, Deiby cayó en un sueño aún más profundo. Se encontró flotando en un espacio vacío y silencioso, sin forma ni color. Allí, una voz resonó en su mente: era la del dios que había conocido antes de reencarnar. La voz le recordó cada detalle de su vida pasada: su muerte, la verdad detrás de su sufrimiento, el engaño de quienes habían dicho quererlo y el juramento que había hecho para buscar venganza en su nueva vida.

En ese lugar sin tiempo, apareció una mano hecha de luz que se extendió hacia él. Deiby intentó tomarla, pero justo antes de tocarla, el sueño se desvaneció.

Abrió los ojos.

La mujer elfa volvió a aparecer frente a él, sosteniéndolo con ternura. En ese instante comprendió que había reencarnado. Recordó su pasado, su dolor y la ardiente sed de venganza que lo había acompañado hasta la muerte. Sin embargo, sabía que ahora no tenía poder alguno. Antes debía entender dónde estaba y qué podía hacer en este nuevo mundo.

Aunque escuchaba todo claramente, no podía hablar. Su cuerpo seguía siendo el de un recién nacido.

La mujer lo acarició y lo entregó a otro adulto. Era un hombre alto y musculoso, de piel oscura y cabello corto pero blanco, igual al de ella. Lo tomó con cuidado y, con una sonrisa cálida, dijo:

-Hola, pequeño. Yo soy tu padre.

Luego lo colocó frente a un espejo.

Por primera vez, Deiby se vio a sí mismo: un bebé elfo oscuro. Su piel tenía un tono gris profundo, casi negro, típico de los elfos oscuros. Sus ojos, aunque aún recién abiertos y algo turbios, brillaban con un matiz plateado que parecía reflejar la luz. Pequeñas mechitas de cabello blanco nacían en su cabeza, contrastando con su piel oscura. Sus orejas puntiagudas eran diminutas pero perfectamente definidas, y su expresión -aunque infantil- dejaba entrever una extraña mezcla de inocencia y lucidez que no pertenecía a un recién nacido común.

Al verse así, tan pequeño e indefenso, lo entendió con absoluta claridad: sus planes de venganza tendrían que esperar. Le quedaba un largo camino antes de recuperar la fuerza necesaria para cumplir el pacto que había hecho.




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