Un Villano Perfecto

Aprendizaje

Era un día calmado en el pueblo de Rose. Debajo de un gran árbol, se podía ver a Deiby recostado mientras leía un libro. Sin darse cuenta, comenzó a sumergirse en sus pensamientos.

Pensó que ya tenía diez años y que ahora su nombre era Dravenor Nocturnal, un elfo oscuro. Su padre, Raivyn Nocturnal, era el jefe de seguridad del pueblo, y su madre, Zelene Nocturnal, era maga y protectora de la comunidad.

Recordó que sus primeros años de vida habían sido muy extraños, porque conservaba todos los recuerdos de su mundo anterior. Entendía perfectamente todo lo que los demás decían, pero no podía hablar ni moverse bien. Además, sufría cada vez que lo bañaban o le cambiaban el pañal, sin mencionar las conversaciones incómodas que debía escuchar.

Con el tiempo, todo fue mejorando. Cuando cumplió cinco años, ya podía bañarse solo, hablar con claridad, leer y escribir; aunque decidió ocultar estas habilidades. Fue en esa etapa cuando comenzó su entrenamiento: con su padre aprendió el uso de la espada y con su madre, el arte de la magia.

En ese momento, una voz familiar rompió el silencio.

—Dravenor.

El joven levantó la vista y vio a su padre acercarse por el sendero del jardín. Raivyn llevaba su espada al cinturón y una expresión tranquila en el rostro.

—Pensé que estarías entrenando —dijo mientras se sentaba a su lado bajo el árbol.

Dravenor cerró el libro con calma.

—Ya entrené esta mañana.

Raivyn asintió lentamente, observándolo con atención.

—Sí… lo noté.

Dravenor sintió un leve escalofrío ante el tono de su padre.

En ese momento apareció Zelene, caminando con elegancia por el sendero de piedra que llevaba al árbol.

—¿Interrumpimos algo? —preguntó con una sonrisa suave.

—Solo estaba leyendo —respondió Dravenor.

Zelene se acercó y le acomodó con cuidado un mechón de cabello blanco que caía sobre su frente.

—Siempre has sido un niño muy curioso.

Luego miró el libro entre sus manos.

—Aunque a veces… parece que entiendes cosas que otros tardan años en comprender.

Dravenor sintió cómo su corazón se aceleraba.

—Solo… me gusta aprender —respondió intentando sonar tranquilo.

Raivyn soltó una pequeña risa.

—Eso es bueno.

El hombre miró hacia el bosque mágico que rodeaba el pueblo.

—Porque el mundo allá afuera puede ser… complicado.

Hubo un breve silencio.

Zelene observó a su hijo con una expresión difícil de descifrar.

—Pero tenemos la suerte de que nuestro hijo es especial.

Dravenor sintió que su estómago se tensaba.

—¿Especial…?

Raivyn lo miró de reojo.

—Todos los niños lo son.

Luego se levantó y estiró los brazos.

—Pero algunos… simplemente destacan más que otros.

Zelene sonrió suavemente.

—Aunque todavía es pronto para saberlo.

Ambos intercambiaron una mirada breve antes de comenzar a alejarse.

Dravenor los observó irse mientras un leve nerviosismo recorría su pecho.

Por un instante tuvo la extraña sensación de que sus padres sabían más de lo que decían… pero rápidamente sacudió la cabeza.

Seguramente solo estaba imaginando cosas.

Mientras observaba el cielo entre las hojas del árbol, Dravenor pensó también en el lugar donde vivía. El pueblo de Rose era pequeño, pero hermoso. Sus casas estaban construidas con madera clara y piedras luminosas extraídas del bosque mágico que lo rodeaba. Las calles eran amplias y limpias, decoradas con flores que cambiaban de color según la hora del día. En el centro se encontraba una plaza rodeada de comercios, talleres y puestos donde se ofrecían desde armas hechas por enanos artesanos hasta dulces preparados por hadas que usaban polvo brillante como condimento.

Lo más especial del pueblo era su gente. A diferencia de la mayoría de los reinos, donde las razas despreciadas eran esclavizadas o perseguidas, en Rose convivían en armonía hombres bestia, elfos oscuros, hadas, humanos, e incluso algunos híbridos. El hada gobernante había creado leyes estrictas para asegurar que todos fueran tratados con dignidad, y el pueblo había adoptado esa visión con orgullo.

Las diferencias culturales no separaban a los habitantes; al contrario, los unían. Era normal ver a un hombre bestia trabajando junto a un humano en la construcción de una casa, o a un elfo oscuro comprando talismanes a una hada comerciante. Las risas, los entrenamientos y las reuniones nocturnas alrededor de hogueras eran compartidas por todos. Incluso los niños crecían aprendiendo sobre las tradiciones de cada raza, entendiendo que la diversidad era parte de su fortaleza.

Rodeando el pueblo se extendía un enorme bosque mágico, lleno de criaturas tanto peligrosas como maravillosas. Este bosque protegía a Rose de cualquier invasor y, al mismo tiempo, ofrecía recursos que fortalecían a la comunidad. Sin embargo, también representaba un riesgo, por lo que los patrullajes eran constantes y la magia de defensa nunca se descuidaba.

Dravenor reflexionó también sobre la magia de ese mundo. Allí todos podían usarla, dividida en magia elemental, magia de ataque, defensa, curación, y otras dos ramas legendarias: la magia de creación y la magia de destrucción, que no se habían despertado en siglos. Existían además magias especiales otorgadas por la bendición de algún dios, aunque eran extremadamente raras.

Sabía que cuanto mayor era el poder mágico de alguien, más fuerte se volvía su magia. Y él poseía un poder inmenso, mucho mayor del que cualquiera imaginaba. También sabía que había nacido con dos bendiciones divinas, la de Creación y la de Destrucción, y hacía todo lo posible por ocultarlo.

Conocía, además, que el reino demonio y el reino de los orcos estaban en guerra constante con los otros reinos, disputando territorios y recursos. Era un conflicto que llevaba generaciones sin resolverse.

Finalmente, mientras cerraba el libro entre sus manos, Dravenor recordó el motivo por el cual había llegado a ese mundo. Aun así, aquella razón se volvía cada vez menos importante. El amor y la protección de sus padres habían llenado su vida de una felicidad que nunca antes había experimentado.




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