Un Villano Perfecto

Sueños

En una pradera cubierta de flores de fuego, Deiby se encontraba de pie, en completo silencio, observando a una imponente bestia. Aquella criatura se asemejaba a un gigantesco tigre blanco, con rayas negras y ojos dorados.

Deiby, inmóvil, veía cómo la bestia se acercaba poco a poco. De pronto, esta abrió la boca y, con una voz femenina, le preguntó:
-¿Cuáles son las cinco grandes naciones?

En ese instante, Deiby despertó sobresaltado, rodeado por las risas de sus compañeros de clase. Al darse cuenta de que quien realmente le había hecho la pregunta era su maestra de Historia, respondió de inmediato:
-Las cinco grandes naciones son la nación humana, la nación élfica, la nación de las hadas, la nación demoníaca y la nación orco.

La maestra, mostrando cierto enojo, replicó:
-Muy bien, señor Nocturnal, pero le recuerdo que, por más prodigio que sea y por más recomendaciones que tenga en nuestra academia, todos somos iguales. Dormirse en plena clase es una falta de respeto para todos los presentes.

Deiby, claramente avergonzado, respondió en voz baja:
-No volverá a pasar...

La maestra suspiró.
-Siempre dices lo mismo. Es todo por hoy.

Y salió del salón.

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Apenas la puerta se cerró, Karos, un joven hombre bestia y compañero de Deiby, se acercó con una sonrisa divertida. Era alto, de complexión fuerte y con orejas felinas que reaccionaban a cada sonido.

-A veces parece que la maestra te odia -comentó cruzándose de brazos-. Te mira como si hubieras hecho algo terrible.

Deiby solo suspiró.

Antes de que pudiera responder, otra compañera se acercó. Era Lyra, una joven mitad elfa y mitad hada, con cabello plateado, ojos lilas y un par de pequeñas alas translúcidas que batían suavemente.

-No lo odia -dijo ella con tono tranquilo-. Solo pasa que Deiby siempre encuentra la forma de quedarse dormido. Hasta parece un don especial.

Los tres rieron, sabiendo que era verdad.

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Al salir de la academia, caminaron juntos por las calles del reino de Rose, iluminadas por flores mágicas y luces flotantes que despertaban al caer el sol. Era un pueblo donde distintas razas convivían sin prejuicios.

Karos avanzaba con las manos detrás de la cabeza, mientras su cola oscilaba despreocupadamente.
Lyra caminaba a su lado, moviendo las alas con pequeños y suaves aleteos.

-No puedo creer que ya tengamos quince años -comentó Lyra-. Nuestro último año en la academia... se pasó volando.

-Lo bueno -añadió Karos- es que estamos en Rose. Si estuviéramos en otro reino, ninguno estaría aquí tan tranquilo.

Lyra bajó la mirada.
-En la nación élfica o en la de las hadas me verían como una falla. Un híbrido no es bien recibido.

Karos asintió.
-Y los hombres bestia como yo serían esclavos en la nación humana. Es triste, pero así es.

Deiby, con su piel oscura, cabello blanco y ojos brillantes, añadió en voz más baja:
-Los elfos oscuros tampoco somos bienvenidos en la mayoría de los reinos...

Karos le dio un golpecito en el hombro.
-Pero aquí eso no importa. En Rose somos personas antes que razas.

Lyra sonrió con sinceridad.
-Y gracias a eso, estamos juntos.

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Cuando Deiby llegó a casa, dejó su bolso sobre la mesa y soltó un largo suspiro. Su madre, ocupada organizando frascos de hierbas luminosas, lo observó con una sonrisa comprensiva.

-Déjame adivinar -dijo ella-. ¿Te dormiste otra vez en clase?

Deiby se hundió en la silla.
-No es mi culpa, mamá. Papá no me deja descansar con tantos entrenamientos. Me levanta antes del amanecer y termino agotado. ¿Cómo quieren que no me duerma?

Su madre se acercó y lo acarició con ternura.
-Tu padre solo quiere que seas fuerte. Toda nuestra familia ha entrenado desde joven.

-Sí, pero también sigo soñando con esa bestia -murmuró él-. Siempre es lo mismo: esa pradera y esa voz. Ya estoy cansado.

Ella lo miró con paciencia.
-Los sueños pueden significar muchas cosas, pero no estás solo en esto.

Deiby levantó la vista y frunció el ceño.
-Y tú tampoco ayudas. También me cargas con clases de magia...

Su madre soltó una risa suave.
-Hace años superaste mi nivel, Deiby. Si te doy clases es solo para mantenerte en forma, no porque tenga algo nuevo que enseñarte.

En ese momento, la puerta principal se abrió y su padre entró. Alto, fuerte y con el semblante siempre serio tras entrenar.

-¿Hablando de magia y entrenamiento sin mí? -preguntó con calma.

Se acercó a su hijo.
-Deiby, ya estás listo para tu última lección. Es hora de que aprendas la técnica suprema de nuestra familia.

Los ojos del chico se ensancharon.
-¿De verdad? ¿Hoy?

-No. Esa técnica no se aprende en la casa -respondió su padre-. Lo haremos en el bosque, y será en otro momento. Antes debes descansar bien.

La tensión en Deiby se aflojó.
-Menos mal...

Se sentaron a cenar juntos, conversando sobre la academia, el entrenamiento y los extraños sueños que lo perturbaban. La atmósfera se volvió tranquila y cálida.

Tras la comida, con el cuerpo cansado pero el corazón un poco más en paz, Deiby se levantó.
-Me voy a dormir.

Sus padres lo despidieron con una mirada llena de cariño mientras él subía las escaleras hacia su habitación, sin saber si esa noche volvería a encontrarse con la misteriosa bestia de ojos dorados.




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