Era una noche tranquila, tan silenciosa que incluso el viento parecía dormir. Pero ese silencio se rompió de golpe cuando dos gritos desgarraron la oscuridad.
Eran Karos y Lyra.
Ambos corrían desesperados por el bosque, huyendo de una criatura inmensa: un monstruo parecido a un oso, pero con cuernos curvados que brillaban con electricidad. Cada vez que esos cuernos chispeaban, un rayo se disparaba contra ellos, explotando en los árboles cercanos.
-¡No vamos a poder correr para siempre! -gritó Lyra, agotada.
-¡Solo un poco más! ¡El sello está cerca! -respondió Karos.
Cuando llegaron al antiguo sello grabado en piedra, Karos lo arrancó con un tirón tembloroso. En el instante en que el sello se rompió, la bestia desapareció en un estallido de luz.
Karos, jadeando, gritó:
-¿¡Acaso pretendías matarnos!?
Una voz fría respondió desde la oscuridad.
-Si eso los mata, no merecen ser mis alumnos.
La maestra emergió entre los árboles: una elfa oscura de piel pálida, ojos profundos y largo cabello blanco que brillaba como plata a la luna. Era la madre de Dravenor y maestra de ambos chicos.
-Acepté entrenarlos para el torneo -dijo cruzándose de brazos-. Y para avanzar, primero deben entrenar su cuerpo y su estado físico. Durante cuatro noches más invocaré bestias cada vez más fuertes... y el pergamino estará más lejos. No quiero quejas.
Ni Karos ni Lyra se atrevieron a replicar.
Esa misma noche, en otro lugar del terreno, Dravenor entrenaba con su padre. Aunque intentaba concentrarse, su mente estaba llena de preocupación por sus amigos. Sabía cómo se transformaba su madre al entrenar.
Pero no podía distraerse. Su padre avanzó de golpe y su espada chocó contra la de Dravenor con un estruendo metálico.
-Te dije que no apartaras la mirada -dijo con dureza.
El entrenamiento era cruel: luchar contra su padre usando solo la espada, sin magia. Su padre sí podía usar recuperación para no cansarse.
Golpes. Choques. Pasos forzados. Dravenor retrocedía, avanzaba, desviaba. Cada músculo le ardía. Pero no se rendía.
-No puedes pensar en otros durante un combate real -le dijo su padre mientras lo presionaba-. Sobrevive. Lucha. No pares.
Dravenor apretó los dientes.
-¡No pienso rendirme!
La noche avanzó entre chispas y jadeos.
Durante las siguientes noches, Karos y Lyra sobrevivieron a bestias cada vez más letales: lobos de sombra, monstruos de piedra, seres alados hechos de fuego. Siempre corriendo. Siempre buscando el pergamino. Siempre al borde del colapso.
Pero la cuarta noche llegó... y con ella, un dragón.
Karos y Lyra se quedaron paralizados ante la criatura gigantesca. Sus escamas eran negras, sus ojos rojos, su aliento fuego puro.
-¡Eso no es justo! ¡Nunca podremos vencer en velocidad a un dragón! -protestó Karos.
-¿Y quién te dijo que las batallas son justas? -respondió la maestra sin expresión-. Cuando enfrentes a alguien más fuerte, no ganarás con tus piernas. Confíen en su cerebro... y en su magia. Es mucho más fuerte ahora.
El dragón rugió, lanzando un mar de fuego. Lyra levantó un escudo mágico enorme, pero su energía estaba casi agotada. No podían seguir escapando.
En ese instante, ambos recordaron las palabras de su maestra.
Karos y Lyra dejaron de correr.
Lyra reunió toda su magia, sintiendo su poder multiplicado. Con un grito, creó un gigantesco escudo esférico que atrapó al dragón.
Karos, sintiendo su magia elevarse como nunca, invocó un espíritu superior de agua. Una serpiente colosal surgió, envolviendo el escudo y cubriendo todo con agua a presión.
La criatura quedó atrapada, inmovilizada, derrotada.
Habían pasado la primera parte del entrenamiento.
Mientras ellos celebraban exhaustos, Dravenor enfrentaba su propia última noche de entrenamiento físico. Sus golpes eran más veloces, sus pasos más firmes. Por primera vez, su padre era quien retrocedía.
La batalla fue feroz: estocadas, giros, bloqueos y técnicas avanzadas. Chispa tras chispa. Golpe tras golpe.
Finalmente, con un movimiento perfecto, Dravenor desarmó a su padre y lo obligó a retroceder.
-Pasaste la prueba -dijo su padre, orgulloso.
Comenzó entonces la segunda parte del entrenamiento.
Los maestros cambiaron de alumnos.
Karos y Lyra entrenaron con el padre de Dravenor.
Dravenor, por su parte, comenzó su entrenamiento con su madre.
El padre de Dravenor se colocó frente a Karos y Lyra sin decir palabra. En un instante avanzó hacia ellos y lanzó un ataque directo. Lyra levantó una barrera de inmediato mientras Karos invocaba una criatura para bloquear el avance.
El impacto fue brutal.
La primera noche fue un infierno para ambos. El padre no se detenía ni un segundo. Karos invocaba una criatura tras otra mientras Lyra levantaba barreras sin descanso. Cada vez que una invocación aparecía, el padre la destruía con facilidad y avanzaba nuevamente.
-¡No te detengas! -gritó Lyra.
-¡No lo haré! -respondió Karos mientras invocaba otra criatura.
El cansancio comenzó a dominar sus cuerpos, pero ninguno se rindió.
La segunda noche comenzó y esta vez ambos no solo se defendían, también atacaban. Karos invocaba criaturas que atacaban desde diferentes ángulos mientras Lyra reforzaba sus defensas y lanzaba energía para desviar ataques.
La tercera noche ya podían aguantar y atacar con fluidez. Sus movimientos eran más precisos, sus decisiones más rápidas y su coordinación mejoraba con cada segundo.
Pero la cuarta noche fue diferente.
El padre liberó más poder del que ellos creían posible.
El aire se volvió pesado.
Karos invocaba criaturas poderosas una tras otra mientras el padre las destruía.
-Esto terminará pronto -dijo el maestro - ya no les queda mucho maná.
Karos, jadeando, respondió:
-El único que no tiene maná eres tú.