Dravenor se despertó de un salto al escuchar el grito de su madre, quien le advertía que ya era tarde y que Lyra y Karos lo estaban esperando afuera. Cuando ella salió de la habitación, Dravenor en un instante, ya estaba completamente listo. Su madre no le dio demasiada importancia, aunque en su mente celebró en silencio que su hijo fuera un Verdadero prodigio. Tras una breve charla, Dravenor escuchó los gritos impacientes de sus amigos y salió corriendo de la casa, no sin antes despedirse.
Antes de cruzar la puerta, su madre lo detuvo un segundo tomándolo suavemente del brazo.
—Ten cuidado hoy —dijo con una voz más seria de lo habitual.
Dravenor frunció ligeramente el ceño.
—¿Pasa algo?
Ella dudó por un instante, pero luego sonrió.
—Nada que debas preocuparte… solo tengo un mal presentimiento.
Dravenor asintió con calma.
—Volveré antes de que oscurezca.
—Eso espero
—respondió ella, observándolo salir con una mezcla de orgullo y preocupación.
En el camino al instituto, el ambiente estaba cargado de expectación.
—El torneo se acerca demasiado rápido —murmuró Karos, cruzándose de brazos
—Y ya sabes cómo termina siempre para Rose.
Lyra suspiró, mirando el camino frente a ellos.
—Nunca pasamos de la siguiente fase. Cada año es lo mismo…
Dravenor los observó y sonrió con tranquilidad.
—Tal vez porque siempre creemos que será igual
—dijo. Pero yo siento que esta vez será diferente.
Karos lo miró con duda.
—¿De verdad lo crees?
—Sí
respondió Dravenor con firmeza
— Algo va a cambiar.
Lyra asintió lentamente.
—Entonces quiero creerlo también.
El viento soplaba suavemente mientras caminaban, moviendo las flores luminosas que bordeaban el camino. Algunas emitían destellos azules y violetas al ser tocadas por la brisa, como si respondieran a una música invisible.
—Aun así…
—añadió Karos tras unos segundos
—. Los otros reinos tienen guerreros mucho más experimentados. No será fácil.
Dravenor lo miró de reojo.
—Nunca dije que lo sería.
Lyra sonrió levemente.
—Pero eso es lo que lo hace emocionante, ¿no?
Karos soltó una pequeña risa.
—Supongo que sí… o aterrador.
En lo alto del cielo, varias criaturas cruzaban lentamente el horizonte: aves gigantes con plumas cristalinas que reflejaban la luz del sol, y pequeños dragones alados que dejaban estelas brillantes a su paso.
Uno de ellos descendió brevemente, posándose en una rama cercana antes de volver a elevarse con un chillido agudo.
—Nunca me acostumbro a eso
—dijo Karos mirando al cielo.
—Es normal aquí
—respondió Lyra con dulzura
—. Pero en otros reinos… ni siquiera existen.
Al llegar al instituto, una presencia imponente captó de inmediato su atención.
El rector Dante los esperaba a la entrada.
Era un híbrido entre humano y hada: alto, de complexión fuerte y porte elegante. Sus alas translúcidas brillaban con destellos iridiscentes, y su cabello plateado caía hasta los hombros.
Su mirada firme y su voz profunda imponían respeto sin necesidad de alzar el tono.
El ambiente alrededor de Dante parecía distinto. El aire era más denso, como si la magia misma se inclinara ante su presencia. Algunos estudiantes que pasaban cerca bajaban la voz automáticamente, evitando interrumpir aquel momento.
Con un gesto solemne, Dante los llamó.
—Han sido solicitados por la Hada que gobierna el reino de Rose
—les informó
—. Deben acompañarme de inmediato.
Karos abrió los ojos con sorpresa.
—¿La gobernante… quiere vernos a nosotros?
Lyra llevó una mano a su pecho,
claramente nerviosa. —¿Hicimos algo mal?
Dravenor permaneció en silencio, observando atentamente al rector.
Dante los miró uno por uno antes de responder.
—Si hubieran hecho algo mal… no estaría aquí para invitarlos.
Su tono no era duro, pero tampoco relajado. Era directo.
—Han llamado la atención del reino. Eso es todo lo que necesitan saber… por ahora.
Dravenor inclinó ligeramente la cabeza.
—Entiendo.
Pero en su mente, una leve inquietud comenzó a crecer.
Sin permitir preguntas, los condujo hasta un lujoso carruaje que aguardaba frente al instituto. Estaba adornado con grabados dorados y cristales encantados que reflejaban la luz como si estuvieran vivos. Seis majestuosos caballos alados, de pelaje blanco y plumas resplandecientes, tiraban del carruaje. Con un poderoso batir de alas, se elevaron y dieron inicio al viaje.
Cuando el carruaje despegó, Karos se aferró al asiento.
—Nunca… me voy a acostumbrar a esto.
Lyra soltó una pequeña risa nerviosa.
—Es hermoso… pero da miedo.
Dravenor, en cambio, observaba en silencio por la ventana, con una mirada profunda.
Durante el trayecto, ninguno de los tres habló. A través de las ventanillas, el paisaje se desplegaba como una pintura viva: extensos campos verdes atravesados por ríos cristalinos, bosques antiguos cuyos árboles parecían tocar el cielo y montañas lejanas envueltas en una niebla luminosa. Pequeñas aldeas aparecían entre los valles, mostrando la convivencia armoniosa de las distintas razas del reino.
A medida que avanzaban, comenzaron a aparecer criaturas más extrañas. En uno de los lagos, enormes peces de escamas doradas saltaban fuera del agua dejando estelas de luz. Más adelante, una manada de ciervos con cuernos brillantes corría en perfecta sincronía, desapareciendo entre los árboles como sombras vivas.
Incluso el cielo cambiaba ligeramente de tonalidad, pasando de un azul claro a un tono más profundo y mágico, como si se acercaran a un lugar donde la energía del mundo se concentraba.
Finalmente, el carruaje descendió frente a un castillo majestuoso.
Sus altas torres blancas se alzaban hacia el cielo, rodeadas de jardines flotantes y cascadas que caían sin origen visible. Los muros estaban cubiertos de enredaderas brillantes y antiguas runas que resplandecían con magia pura.