Un Villano Perfecto

Vientos De Cambios

Las enormes puertas de la sala del trono se abrieron con un sonido profundo y solemne.

Dravenor, Karos y Lyra avanzaron escoltados por dos guardias reales vestidos con armaduras blancas adornadas con símbolos dorados. Cada paso resonaba sobre el mármol pulido del suelo, reflejando la luz que descendía desde los altos vitrales encantados.

La sala era majestuosa. Columnas de cristal mágico se elevaban hasta el techo abovedado, donde flotaban pequeñas luces como estrellas suspendidas en el aire. Al fondo, sobre una plataforma de piedra blanca cubierta por enredaderas vivas, se encontraba el trono.

Y en él, la gobernante de Rose.

-Bienvenidos, representantes de la Academia de Rose -dijo una voz suave, pero con una autoridad incuestionable-. Acérquense.
Los tres obedecieron, inclinándose respetuosamente.

La Hada Reina descendió del trono con un movimiento elegante. Era alta y esbelta, con piel clara que parecía emitir un brillo natural. Sus alas eran grandes, translúcidas, con tonos iridiscentes que cambiaban de color según la luz. Su cabello dorado caía en ondas hasta la cintura, y sus ojos, de un verde profundo, parecían observar más allá de lo visible.
Vestía un largo vestido blanco con detalles en plata y verde esmeralda, bordado con runas antiguas que pulsaban lentamente.

-Dravenor Nocturnal -dijo, mirándolo directamente-. Karos de la Tribu Felina del Sur. Lyra Aelwyn.
Cada uno sintió un leve estremecimiento al escuchar su nombre en labios de la reina.

-Es un honor conocerlos -continuó ella-. Los felicito. Han sido elegidos no solo por su talento, sino por representar los valores de este reino: cooperación, respeto y fortaleza. Rose deposita grandes esperanzas en ustedes.

Lyra hizo una reverencia impecable. -Haremos todo lo posible por no decepcionarla, su majestad.

Karos asintió con una sonrisa algo nerviosa. -Daremos lo mejor de nosotros.

Dravenor inclinó la cabeza con seriedad.

-Así será.

La reina sonrió con suavidad.

-Antes de hablar de asuntos importantes, acompáñenme. No todo debe tratarse con solemnidad excesiva.
Con un gesto de su mano, la sala cambió. El trono se desplazó lentamente hacia un costado, y una mesa circular apareció en el centro, cubierta por una delicada vajilla de porcelana y una tetera humeante cuyo aroma llenó el ambiente.

-Té de pétalos de luna -explicó la reina mientras tomaba asiento-. Relajante y revitalizante.

Los tres se sentaron frente a ella, algo tensos al principio.
Karos tomó la taza con cuidado, olfateó el contenido y bebió un sorbo. Sus orejas felinas se alzaron de inmediato. -¡Esto está increíble!
Lyra reprimió una risa. -Intenta no parecer tan sorprendido, Karos. Estamos frente a la reina.

-Lo siento, lo siento... -murmuró él, aunque dio otro sorbo.
Mientras la conversación continuaba de forma cordial, Dravenor se inclinó ligeramente hacia Lyra y Karos, hablando en voz baja.

-Oigan... ¿soy el único que siente que su presencia impone más que la de cualquier maestro?
Lyra asintió despacio. -Es impresionante... y hermosa. Parece salida de una leyenda.
Karos bajó aún más la voz. -Yo diría que impone tanto que si me mira fijo cinco segundos más, me transformo en estatua.
Lyra le dio un leve codazo. -Compórtate.

La reina, que claramente había notado el murmullo, sonrió con diversión.
-No se preocupen -dijo con calma-. Sé que mi apariencia suele causar impresiones... variadas.
Los tres se sobresaltaron.

-¡P-perdón, su majestad! -exclamó Karos de inmediato.
Ella rió suavemente. -No es una reprimenda. Es agradable verlos relajarse. Me alegra saber que los representantes de Rose no solo son fuertes, sino también humanos... en el sentido más amplio de la palabra.
Dravenor la observó con atención. No percibía hostilidad alguna, pero sí una inteligencia profunda... y algo más, una sensación difícil de explicar.

-Ahora bien -continuó la reina-. Los he llamado porque el Torneo Interreinos de este año será distinto. Y ustedes están en el centro de ese cambio.
El ambiente se volvió serio de inmediato.
Dravenor apretó ligeramente la taza entre sus manos.
El presentimiento que había tenido esa mañana volvió con fuerza.
Algo, sin duda, estaba a punto de cambiar.




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