Un Villano Perfecto

Historias

La Hada Reina dejó la taza de té sobre la mesa. El suave tintinear de la porcelana resonó en la sala como una señal invisible. Las luces flotantes del salón disminuyeron su brillo, y las columnas de cristal mágico parecieron oscurecerse levemente, como si el propio castillo estuviera escuchando.

-Antes de hablar del torneo -dijo con calma-, deben comprender por qué este mundo es como es. Ninguna decisión que tomemos ahora puede entenderse sin conocer el origen de nuestras heridas.

Dravenor sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda. Karos dejó de moverse, y Lyra se inclinó hacia adelante, atenta.

La reina alzó una mano y el aire frente a ellos se onduló. Una proyección etérea apareció, formada por luz y sombras.

-En el principio de los tiempos -comenzó-, las razas no se odiaban... pero tampoco se conocían. Humanos, elfos, hadas, hombres bestia... cada uno vivía aislado, limitado a convivir únicamente con los suyos. La magia ya existía, pero los dioses no interferían, y no existían las bendiciones.

Las imágenes mostraron antiguos asentamientos separados por enormes distancias.

-Con el paso de los siglos, la necesidad obligó a las grandes naciones a relacionarse. El comercio fue el primer puente. Cada raza poseía algo que las otras necesitaban... y ese intercambio cambió el mundo.

Los paisajes se transformaron en rutas comerciales, ciudades mixtas y mercados llenos de vida.

-Los últimos en aceptar esta convivencia fueron los elfos -continuó la reina, sin suavizar la verdad-. Antiguos, poderosos... y convencidos de su superioridad.

-De esas interacciones surgieron los amores prohibidos. Y de ellos, nacieron los mestizos.

La imagen de niños de distintas razas apareció... y luego fue aplastada por cadenas.

-Los altos elfos declararon esas uniones una aberración. Dictaron que toda mezcla de sangre era impura. Los mestizos... y también los elfos oscuros... fueron condenados a la esclavitud.

Karos gruñó en voz baja.

-Así comenzó la Era de la Esclavitud -prosiguió la reina-. Y poco después... las guerras por territorio.

Las imágenes se volvieron caóticas: ejércitos, fuego, ciudades cayendo.

-La guerra fue tan extensa, tan cruel, que incluso el equilibrio de los dioses se rompió. De ese caos nació un nuevo dios... uno que no debía existir.

Las sombras se condensaron hasta formar una figura colosal.

-El dios del Mal.

-Con un poder jamás visto, hizo algo que ningún dios había hecho antes: influir directamente en las razas mortales. Sembró odio, manipuló voluntades... y creó a los orcos y demonios como armas vivientes para destruir a los demás dioses.

La visión mostró reinos cayendo bajo hordas demoníacas.

-Para defender el mundo, los dioses restantes rompieron su propio juramento de no interferencia. Así nacieron las bendiciones divinas, otorgadas solo a guerreros dignos.

-La guerra terminó cuando el dios del Bien, usando su recipiente perfecto, derrotó al dios del Mal -dijo la reina-. Pero el mundo ya estaba marcado.

Las sombras se disiparon y nuevas figuras aparecieron: guerra, dolor, venganza... y amor.

-Desde entonces existen muchos dioses, y con ellos nuevas ambiciones. La esclavitud y los conflictos nunca cesaron por completo; solo cambiaron de forma.

La luz volvió al salón, pero el peso del pasado permaneció.

-Mucho tiempo después, en el reino de las hadas... nacieron dos niñas.

Una nueva imagen apareció.

-Una princesa, nacida en un castillo de cristal. Y otra... una mestiza, mitad humana, nacida en una pequeña casa escondida en el bosque.

-Ambas eran hijas del mismo rey -continuó-. Y ambas eran amadas por igual.

Las escenas mostraron dos vidas opuestas: lujos y maestros por un lado; silencio, secretos y estudios nocturnos por el otro.

-La niña mestiza era distinta a cualquier hada conocida. Poseía la bendición de la magia... y la del dios de la Sabiduría. Su poder superaba incluso al de la princesa.

-El rey sabía que el mundo jamás aceptaría a su hija bastarda. Por eso la ocultó y la protegió.

Una barrera mágica se alzó alrededor del bosque.

-Ese lugar se convirtió en un refugio para mestizos perseguidos. Con el tiempo... en un pequeño país.

Los años pasaron en la visión. La madre envejeció... y murió. La joven mestiza tomó el mando.

-Cuando el rey sintió que su vida llegaba al final -dijo la reina-, tomó una última decisión.

La escena cambió a una habitación silenciosa. El rey, ya anciano, yacía en su lecho. Frente a él estaba su hija legítima, orgullosa y tensa.

-Antes de coronarla, le confesó toda la verdad -continuó-. Le habló de su hermana mestiza, del amor prohibido con una humana, del refugio oculto y del nacimiento de Rous.

La princesa reaccionó con incredulidad... y luego con una ira contenida.

-El rey le impuso requisitos para recibir la corona.

Las palabras parecieron grabarse en el aire:

-Reconocer la independencia de Rous, aunque jamás pudiera hacerlo público. -Mantener el pacto de protección con la nación humana, donde la esclavitud está prohibida. -Y no perseguir ni atacar jamás a su hermana, aunque nunca la aceptara.

-La princesa aceptó -dijo la Hada Reina-. No por amor... sino por deber.

Dos coronas aparecieron en la visión: una, elevada ante una multitud; la otra, alzada en silencio dentro de la barrera del bosque.

-Desde entonces existen dos reinas -concluyó-. La reina de las hadas... y la reina mestiza de Rous.

La visión se desvaneció.

-La reina legítima cumple el juramento hasta hoy -añadió la Hada Reina-. Pero odia a su hermana. Y los juramentos se debilitan con el tiempo.

Dravenor sintió una presión familiar en el pecho. Por un instante, creyó ver reflejados en los vitrales unos ojos dorados observándolo desde más allá del castillo.

-Ese es el mundo que heredaron -dijo la reina-. Y por eso este torneo no será solo una competencia.




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