Un Villano Perfecto

Antes Del Amanecer

La noche había caído sobre el reino como un manto silencioso. No había luna visible; solo un cielo oscuro salpicado de estrellas que parecían observarlo todo, como testigos de algo que estaba a punto de comenzar.

El primero en moverse fue Dravenor.

Avanzaba solo entre las sombras, su figura fundiéndose con la oscuridad como si siempre hubiera pertenecido a ella. Se detuvo en lo alto de una estructura abandonada, respiró hondo y comenzó a reunir maná en su espada. Sin embargo, justo antes de liberar el ataque, su mente viajó al recuerdo de aquella despedida.

Antes de partir hacia el torneo, la reina había pedido hablar con cada uno de ellos por separado.

Cuando fue su turno, lo recibió con una sonrisa tranquila, casi misteriosa.

-Pocos saben esto -le dijo-, pero poseo muchas magias. Una de ellas es la capacidad de ver fragmentos del futuro a través de mis sueños. No lo veo todo... solo aquello que el sueño decide mostrarme.

Luego, con cuidado, colocó en sus manos un antiguo pergamino.

-Este es un pergamino de tres fases. Contiene magia divina.

El elfo oscuro abrió los ojos con sorpresa.

La reina continuó explicando que aquel pergamino no enseñaba magia común: estaba dividido en tres hechizos, y cada uno decidiría por sí mismo si quien intentaba aprenderlo era digno. Nadie podía forzar su poder.

-Debes entrar siempre solo cuando intentes usarlo -advirtió-. Por ahora, solo debes aprender el primer hechizo. Y úsalo únicamente como último recurso.

Fue entonces cuando reveló algo aún más inquietante: la magia divina se había extinguido hacía tanto tiempo que ya nadie la recordaba. Aun así, su verdadero potencial solo podía alcanzarse cuando era usada junto a compañeros en los que se confiara plenamente.

-Además -añadió-, aún no dominas tus dos bendiciones secretas. Cuando lo hagas... entenderás.

El recuerdo se desvaneció.

Dravenor volvió en sí, apretó los dientes y finalmente liberó el hechizo. La noche se iluminó por un instante con un destello silencioso.

No muy lejos de allí, bajo esa misma noche, el segundo de los héroes también se preparaba.

Karos se encontraba de pie en un claro, con los sentidos alertas y el cuerpo tenso. Mientras reunía energía para lanzar su hechizo, otro recuerdo emergió en su mente: su conversación con la reina.

Ella había comenzado contándole una verdad olvidada.

-Los semihumanos no siempre fueron una raza sin reino -le dijo-. Hubo un tiempo en que no existían cinco naciones... sino seis.

Le habló de una antigua nación semihumana, gobernada por el Gran Rey de las Bestias, poseedor de la magia de invocación más poderosa que el mundo había conocido. Un rey respetado incluso por las demás naciones.

Hasta que fue traicionado por su propio hermano, quien, consumido por la envidia y deseoso del trono, lo asesinó mientras dormía. No sabía que el poder del rey era lo único que impedía que los otros reinos atacaran a los semihumanos, pues temían su fuerza.

Cuando los demonios se enteraron de la muerte del Rey de las Bestias, atacaron sin demora.

El reino fue destruido, y los pocos sobrevivientes vagaron de nación en nación. Con el paso de los siglos, no solo el mundo olvidó aquella nación... también los propios semihumanos lo hicieron.

Pero no fue lo único que se perdió.

-Existía una profecía -continuó la reina-. Decía que algún día nacería un semihumano capaz de usar la magia divina del antiguo rey. Ese ser uniría nuevamente a todos los semihumanos en una sola nación.

Entonces, igual que a Dravenor, le entregó el pergamino de tres fases.

Le explicó que los hechizos decidirían si era digno, que por ahora solo debía aprender el primero y que la magia divina alcanzaba su mayor fuerza cuando se luchaba junto a aliados verdaderos.

El recuerdo terminó.

Karos abrió los ojos, lanzó su hechizo y el aire vibró con un rugido contenido.

La tercera figura también se movía bajo la misma noche.

Lyra meditaba en silencio, suspendida en el aire. Con cada respiración absorbía poco a poco el maná de la naturaleza mientras se preparaba para atacar. Antes de hacerlo, su mente volvió al momento en que la reina había decidido contarle una historia que casi nadie conocía.

La reina le habló de una pareja que, tiempo atrás, había llegado a su reino pidiendo ayuda: una hermosa hada y su esposo, un elegante elfo. Los acogió sin hacer preguntas, creyendo que solo buscaban proteger a su hija mestiza de la esclavitud.

Pero el padre le contó la verdad.

Muchos años atrás, cuando los elfos no tenían contacto con otras razas, un elfo que vivía aislado encontró a un hada gravemente herida. La cuidó... y se enamoraron. De ese amor nació una niña.

La niña nació con magia divina: un poder único que le permitía usar el maná de forma ilimitada y perfecta.

Aprendió sola durante un tiempo, hasta que un día un poderoso elfo hechicero, de rango rey mago, llegó herido tras luchar contra un dragón. La familia lo salvó y, al notar el inmenso poder de la joven, decidió entrenarla adecuadamente.

Con el tiempo, ambos se enamoraron. Para poder casarse, no tuvo más opción que contarle toda la verdad al rey de los elfos.

El rey aceptó... con condiciones.

Debían vivir en el castillo. La joven sería entrenada y vigilada. Y jamás podrían tener un hijo dentro del castillo.

Ella entrenó hasta alcanzar el grado de maga divina. Vivían felices, sin saber que el rey solo la veía como un arma. La necesitaba para la guerra que se aproximaba... pero la odiaba.

Los altos elfos, la realeza, eran considerados la cúspide de la magia, capaces de alcanzar como máximo el grado de semidios. El miedo a que nacieran más niños con un poder superior lo llevó a planear su traición.

Cuando estalló la guerra entre dioses y demonios, el reino elfo estuvo a punto de caer. Fue la maga divina, mitad elfa y mitad hada, quien detuvo la destrucción con su poder.




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