Mientras los tres jóvenes avanzaban por caminos distintos sin saberlo, en lo más alto del palacio de Rose, la reina permanecía despierta.
En una sala amplia iluminada por antorchas de luz mágica, se encontraba reunida con varios invitados: los padres de Dravenor, de Karos y de Lyra. Todos habían sido llamados en secreto, lejos de la mirada del consejo y del pueblo.
El silencio pesaba en el ambiente.
-Cuando crucen las fronteras del reino -comenzó la reina con voz serena, aunque cansada-, nada será sencillo para ellos. No solo enfrentarán monstruos... también enfrentarán decisiones que cambiarán quiénes son.
Los padres se miraron entre sí, conteniendo la preocupación que ninguno quería expresar en voz alta.
-Mis últimos sueños... -continuó ella, apretando suavemente los dedos sobre la mesa- me han mostrado caminos difíciles. Dolor. Separaciones. Sangre. No puedo decir más... porque los sueños no muestran verdades completas, solo fragmentos que el destino permite ver.
La madre de Lyra bajó la mirada, aferrando sus manos.
-¿Entonces... no puede protegerlos más? -preguntó el padre de Karos.
La reina negó lentamente.
-He hecho todo lo que está en mis manos. Les he dado entrenamiento, recursos, aliados... pero el futuro ya no me pertenece a mí. Les pertenece a ellos.
Se levantó de su asiento e inclinó la cabeza ante los padres.
-Les pido perdón... por enviarlos a un mundo que no es justo, por obligarlos a cargar con responsabilidades que ningún joven debería tener.
Hubo un silencio largo, hasta que la madre de Karos habló con voz firme:
-Majestad... el futuro no es de los reyes ni de los dioses. Es de los jóvenes que se atreven a cambiarlo. Nuestros hijos eligieron este camino, y nosotros confiamos en ellos.
Los demás asintieron, uno a uno.
Poco después, la reunión terminó. Los padres comenzaron a retirarse, pero la reina levantó la mano suavemente.
-Lord y Lady Moonshadow... por favor, quédense un momento más.
Los padres de Dravenor se detuvieron.
Cuando la sala quedó vacía, la expresión de la reina cambió. Ya no era la soberana firme del reino, sino una mujer cargada de culpa.
-Hay algo que debo decirles... Cuando su hijo despierte por completo la bendición de la Destrucción... el precio será inmenso. No es un poder que se entregue sin reclamar algo a cambio. Él sentirá un dolor que ningún niño debería conocer.
La madre de Dravenor cerró los ojos un instante, respirando hondo.
-Lo sabemos -dijo con suavidad-.
Desde el día en que nació, supimos que su destino no sería sencillo.
El padre dio un paso al frente.
-El destino no se puede cambiar... pero sí se puede enfrentar. Si ese precio tan grande es lo que salvará al reino... entonces lo aceptamos.
La reina apretó los labios.
-...o podría ser lo que lo destruya -susurró.
La madre de Dravenor levantó la mirada, decidida.
-Entonces que no lo enfrente solo.
La reina los observó en silencio, y por primera vez esa noche, una leve esperanza cruzó su rostro.
-No lo estará. Sus amigos caminarán con él, y mientras ese lazo exista... incluso la destrucción puede convertirse en salvación.
A lo lejos, el viento nocturno recorrió las torres del castillo, como si el propio reino escuchara aquellas palabras.
Y sin que nadie en esa sala pudiera saberlo, en distintos puntos de la noche, tres jóvenes enfrentaban sus propios temores antes de partir.
Esa misma noche, Lyra regresó a la casa que había sido su hogar desde que nació.
Sus padres la esperaban despiertos. La mesa aún estaba servida, aunque nadie había tocado la comida. Cuando Lyra entró, su madre fue la primera en abrazarla con una fuerza que la tomó por sorpresa.
-Sabemos que eres fuerte -dijo su padre con voz seria-, pero el mundo fuera de Rose no es como aquí.
Lyra se sentó frente a ellos, escuchando en silencio.
-Habrá elfos que te mirarán con desprecio -continuó su madre-, y hadas que fingirán bondad solo para obtener ventaja. No todos los que sonríen lo hacen con buenas intenciones.
Lyra frunció el ceño.
-Pero... si veo algo injusto...
Su padre negó lentamente.
-No siempre podrás intervenir. Cada raza tiene sus propias leyes, por crueles que parezcan. Si te enfrentas a ellas sin pensar, no solo te pondrás en peligro tú... también pondrás en peligro a tus compañeros.
La madre de Lyra tomó sus manos.
-Por eso, pase lo que pase, apóyate en Dravenor y en Karos. No cargues con todo sola. Ustedes tres son más fuertes juntos que separados.
Lyra apretó los labios, con un nudo en el pecho.
-Prometo no actuar sola...
El ambiente se suavizó entonces. Su padre sacó una pequeña botella de jugo espumoso, una bebida que solo se abría en ocasiones especiales.
-Antes de que partas -dijo con una leve sonrisa-, queremos celebrar lo que ya has logrado.
-Estamos orgullosos de ti -agregó su madre-. No por el poder que tienes... sino por el corazón que llevas.
Chocaron las copas suavemente, y por unos minutos olvidaron el peligro y el destino.
Más tarde, ya en su habitación, Lyra se recostó mirando el techo, escuchando los sonidos tranquilos de la casa, y cerró los ojos con una sola certeza:
no importaba cuán oscuro fuera el mundo exterior... ella no lo enfrentaría sola.
En un barrio más modesto del reino, Karos regresaba a casa con el paso cansado pero el corazón inquieto.
El aroma de comida caliente lo recibió antes incluso de abrir la puerta.
-Llegaste -dijo su madre desde la cocina, forzando una sonrisa.
Su padre estaba sentado a la mesa, observándolo con atención.
-Hijo -comenzó-, fuera de Rose, los hombres bestia no son vistos como guerreros... sino como herramientas.
Karos apretó los puños.
-Para muchos reinos no serás más que un esclavo fuerte -continuó su madre-. Escucharás insultos y órdenes que no mereces.