El amanecer tiñó el cielo de Rose con tonos dorados y lilas, como si el propio reino quisiera despedirse con belleza.
Las calles, normalmente tranquilas a esa hora, estaban llenas de vida. Habitantes de todas las razas se habían reunido desde temprano en la plaza central; hoy no era un día cualquiera. Dravenor Nocturnal, Karos y Lyra partían hacia el Torneo Interreinos.
Banderas blancas y verdes ondeaban entre los edificios, adornadas con símbolos del pueblo. Las flores mágicas que bordeaban las calles brillaban con más intensidad que de costumbre, respondiendo a la emoción colectiva. No había miedo en el ambiente, solo esperanza.
-Nunca había visto a Rose tan despierta -murmuró Lyra mientras acomodaba su túnica.
Karos rió nervioso, moviendo la cola de un lado a otro.
-Si perdemos después de todo esto, no vuelvo jamás.
-No perderemos -respondió Dravenor con calma-. No después de todo lo que nos han dado.
La multitud se abrió a su paso. Ancianos, niños, comerciantes y guerreros levantaban la mano en señal de despedida. Algunos gritaban sus nombres; otros simplemente sonreían con orgullo. Dravenor sintió un nudo en la garganta. Por primera vez desde que había reencarnado, entendió lo que significaba pertenecer a un lugar.
En la entrada principal del pueblo los esperaban sus padres. Zelene fue la primera en abrazarlo, envolviéndolo con su magia cálida y protectora.
-No importa lo que pase -susurró-. Ya estamos orgullosos de ti.
Raivyn colocó una mano firme sobre el hombro de su hijo. Guardó silencio unos segundos antes de hablar.
-Confía en tu entrenamiento -dijo-. Y recuerda quién eres... no quién quieren que seas.
Karos recibió la despedida de varios miembros de la guardia local, hombres bestia que lo miraban como a un hermano menor. Lyra fue rodeada por hadas y mestizos que le entregaron pequeños amuletos de protección.
Entonces, el sonido de cascos resonó.
Un carruaje real avanzó lentamente por el camino principal. Era amplio, elegante y cómodo, construido con madera clara reforzada por runas de protección. A su lado marchaban guardias reales, y al frente caminaba la escolta principal: una mujer caballero real de la raza de los elfos. Su cabello rojo, corto, contrastaba con su piel clara. Vestía una armadura ligera pensada para la movilidad, y en su espalda llevaba una gran espada de hoja ancha marcada con antiguos símbolos élficos. Sus ojos verdes analizaban el entorno con precisión absoluta.
La Hada Reina descendió del carruaje.
-Este será su transporte hasta la sede del torneo -dijo-. Cómodo, protegido y escoltado como corresponde a los representantes de Rose.
Se volvió hacia la caballero.
-Seraphine, quedan bajo tu cuidado.
-Con mi vida, su majestad -respondió la elfa, inclinándose.
Un poco más atrás apareció el director del colegio, un humano de cabello negro semi largo, con algunas hebras plateadas que delataban su edad. Su túnica oscura estaba reforzada con tejido mágico, y su presencia imponía respeto inmediato. Era conocido en todo Rous como el mejor mago humano vivo.
-No pensaron que los dejaría ir solos, ¿verdad? -dijo con una sonrisa tranquila.
Los tres subieron al carruaje. Las puertas se cerraron y, cuando los caballos comenzaron a avanzar, todo el pueblo alzó la voz en una despedida unánime. El carruaje cruzó los límites de Rose, escoltado por Seraphine al frente y el director a un costado. Dravenor apoyó la cabeza en el respaldo y sintió, muy dentro de sí, una presencia conocida: ojos dorados observándolo desde la distancia.
Más allá de los últimos campos cultivados, el carruaje se detuvo ante una colina cubierta de musgo. A simple vista no parecía nada especial, pero cuando Seraphine levantó la mano, runas ocultas despertaron y la roca se abrió en silencio, revelando un amplio túnel de piedra tallada con precisión ancestral.
-Los túneles secretos de Rous -explicó el director-. Construidos para evitar el Bosque Viviente.
El carruaje descendió y antorchas mágicas se encendieron a su paso.
-El bosque no ataca cuerpos -añadió-. Ataca voluntades.
Dentro del túnel, el director se sentó frente a ellos.
-Durante el torneo, ustedes no serán solo estudiantes. Serán variables. Elementos que los dioses no pueden predecir.
-¿Y eso es malo? -preguntó Lyra.
El director miró a Dravenor.
-Para el orden actual... sí.
Tras varias horas, los túneles quedaron atrás. Un día después de la salida, el paisaje se transformó en amplias llanuras de hierba dorada bajo un cielo despejado.
-Es... tranquilo -comentó Lyra-. Demasiado.
-Las tierras humanas siempre lo son -respondió el director-. En apariencia.
Un rugido rompió la calma. Una bestia acorazada emergió de una colina y cargó contra el carruaje. Seraphine avanzó sin dudar. Un solo tajo limpio bastó para derribar a la criatura.
-Yo iba a ayudar -murmuró Karos.
-Era joven y torpe -respondió ella con total calma.
Horas después, un grupo de bandidos humanos los rodeó, armados con redes y cadenas.
-Bestias raras pagan bien en el sur -se burlaron.
-La esclavitud está prohibida -dijo el director.
-Las leyes cambian cuando nadie mira.
En segundos, los bandidos quedaron inmovilizados y luego inconscientes.
-¿Nos veían como cosas? -preguntó Karos.
-Siempre ha sido así -respondió Lyra.
Al caer la noche, murallas de piedra clara aparecieron en el horizonte. El reino humano anfitrión del torneo se alzaba imponente. Al entrar, las miradas de desprecio fueron evidentes.
-Monstruos... -susurró alguien.
-La esclavitud está prohibida -murmuró Dravenor-. Pero el desprecio no.
Las puertas se cerraron tras ellos. Habían llegado.
Y comprendieron que el torneo no solo pondría a prueba su fuerza, sino su derecho a existir en un mundo que nunca los aceptó.