El cielo amaneció cubierto por nubes grises, densas, como si incluso el clima presintiera lo que estaba a punto de ocurrir. No llovía, pero el aire era pesado, cargado de una tensión invisible.
Las habitaciones asignadas a los participantes del torneo se encontraban dentro de una enorme estructura circular, adyacente al coliseo. Cada reino había recibido un ala distinta, separada por largos pasillos de piedra y puertas reforzadas con magia de contención. Aquella mañana, por órdenes estrictas de la organización, los participantes debían permanecer solos en sus habitaciones hasta el llamado oficial.
Dravenor estaba sentado en el borde de la cama, con la espada apoyada contra la pared. Tigo dormía hecho un ovillo a su lado. A través de la ventana, observaba las nubes desplazarse lentamente, sintiendo una presión familiar en el pecho.
Karos caminaba de un lado a otro en su habitación, la cola moviéndose con inquietud. No le gustaba estar encerrado... ni sentirse observado.
Lyra, en cambio, meditaba sentada en el suelo. El maná de la naturaleza fluía con dificultad allí; el lugar estaba saturado de magia artificial. Aun así, respiraba hondo, intentando mantener la calma.
No pasó mucho tiempo antes de que las puertas se abrieran.
Un aviso mágico resonó por todo el recinto, llamando a los participantes a salir y dirigirse hacia la arena central para la presentación de las reglas.
Los pasillos comenzaron a llenarse de figuras de distintas razas.
Fue allí donde ocurrió.
Lyra avanzaba sola por uno de los corredores cuando una risa baja y cargada de desprecio la detuvo.
-Vaya, vaya... -dijo una voz masculina-. Así que los rumores eran ciertos.
Frente a ella se encontraba un elfo alto, de complexión delgada pero claramente entrenada. Su piel era pálida, casi luminosa, y su cabello plateado caía liso hasta la mitad de la espalda. Vestía una armadura ligera de tonos verdes y dorados, adornada con símbolos élficos antiguos. Sus ojos, de un azul gélido, la recorrieron sin disimulo.
-Una mestiza -continuó-. Y además... acompañada por un elfo oscuro y una bestia.
Dravenor y Karos se detuvieron al escuchar el tono.
El elfo sonrió con arrogancia.
-Mi nombre es Eldric Vaelthar, de la Casa Alta de los Elfos del Norte -dijo,
llevándose una mano al pecho-. Y honestamente, me parece una ofensa compartir este torneo con... esto.
Sus ojos se clavaron en Dravenor.
-Los elfos oscuros deberían seguir encadenados bajo tierra.
Luego miró a Lyra, con una mueca aún más cruel.
-Y tú... ni siquiera deberías existir.
El aire se tensó de inmediato.
Karos dio un paso al frente, gruñendo.
Dravenor sintió cómo algo oscuro se agitaba en su interior.
Lyra apretó los puños, el maná respondiendo a su emoción.
-Retira lo que dijiste -dijo Dravenor con voz baja-. Ahora.
Eldric ladeó la cabeza, divertido.
-¿O qué? ¿Me atacarás aquí? Sería gracioso ver cuánto tardan en eliminarte del torneo.
Antes de que cualquiera pudiera moverse, una voz firme interrumpió la escena.
-Ya es suficiente.
Un joven humano se colocó entre ambos grupos. Vestía una armadura sencilla pero bien cuidada, con el emblema del reino humano grabado en el pecho. Tenía el cabello castaño oscuro y una mirada seria, analítica.
-Las reglas son claras -continuó-. Cualquier pelea antes de la arena implica descalificación inmediata.
Miró al elfo con frialdad.
-Guarda tu orgullo para el combate.
Eldric chasqueó la lengua, pero retrocedió.
-No valen la pena -murmuró antes de alejarse.
El humano se giró hacia ellos.
-No todos aquí pensamos igual -dijo simplemente-. Nos veremos en la arena.
Y se fue.
El silencio quedó flotando unos segundos.
-Gracias... -murmuró Lyra.
-No le agradezcas nada -respondió Karos-. Solo evitó que lo golpeáramos.
Poco después, todos los participantes fueron guiados hacia el coliseo.
La arena era aún más imponente vista desde dentro. Gradas colosales se elevaban en círculos perfectos, cubiertas por miles de espectadores. En lo alto, enormes pantallas mágicas flotantes mostraban la imagen del coliseo desde distintos ángulos.
-El Torneo Interreinos está siendo transmitido -anunció una voz amplificada- a todos los reinos del mundo.
Humanos. Elfos. Hadas. Orcos. Demonios.
Todos observaban.
En el centro de la arena se reunieron los grupos, cada uno compuesto por tres participantes.
El grupo de los humanos vestía armaduras bien trabajadas y túnicas reforzadas con magia. No destacaban por rasgos físicos extraordinarios, pero su postura segura y sus miradas calculadoras dejaban claro que confiaban en la estrategia y la disciplina. Observaban a los demás con una superioridad silenciosa.
A pocos metros se encontraban los demonios. A primera vista, eran muy parecidos a los humanos: cuerpos proporcionados, rostros definidos. Sin embargo, de sus frentes surgían cuernos curvados, y de sus espaldas se extendían alas oscuras, plegadas con cuidado. Sus ojos brillaban con tonos intensos, y una presión incómoda emanaba de ellos, como si el aire a su alrededor estuviera siempre cargado de peligro.
Más allá, el grupo de los orcos imponía respeto inmediato. Eran humanoides de piel verde, altos y mucho más fornidos que la mayoría. Sus mandíbulas dejaban ver colmillos medianos, y sus cuerpos estaban cubiertos de cicatrices.
Las mujeres orcas, igual de altas, eran algo más delgadas y ágiles, aunque la fuerza en cada movimiento seguía siendo evidente.
El grupo de las hadas parecía sacado de un sueño. Sus cuerpos eran esbeltos, casi etéreos, y sus alas translúcidas reflejaban la luz de la arena en tonos suaves y cambiantes. El maná natural fluía a su alrededor de forma constante, silenciosa y poderosa.
Los elfos, por su parte, se mantenían erguidos con una elegancia natural. Altos, de rasgos finos y miradas orgullosas, vestían armaduras ligeras y túnicas de tonos verdes y dorados. Cada uno de sus movimientos transmitía control... y desprecio hacia quienes consideraban inferiores.