El suelo del coliseo tembló cuando el ogro dio un paso al frente.
Era enorme, de piel verdosa oscura y músculos densos como piedra. Cada respiración suya salía como un gruñido profundo cargado de maná bruto. Frente a él, suspendida a varios metros del suelo, flotaba su oponente: un hada de alas azuladas, cuerpo esbelto y ojos brillantes de poder arcano.
Las pantallas mágicas enfocaron el centro del campo.
-¡Comienza el combate! -anunció el árbitro.
El hada se movió primero.
Decenas de símbolos luminosos aparecieron a su alrededor y una lluvia de proyectiles de luz comprimida salió disparada. El ogro alzó los brazos y una barrera de maná terrestre surgió frente a él. Los impactos explotaron uno tras otro, levantando polvo y destellos.
—Buen control… pero no lo suficiente.
—Ese ogro ni siquiera se ha movido en serio…
Sin perder tiempo, el ogro golpeó el suelo.
El terreno se quebró y pilares de roca se alzaron violentamente. El hada batió las alas, esquivó, giró en el aire y liberó una corriente de viento cortante que destrozó varios pilares antes de que la alcanzaran.
-¡Qué velocidad…! -murmuraron en las gradas.
—Apuesto cincuenta monedas al hada.
—Estás loco… mira el tamaño de ese ogro.
El hada descendió envuelta en fuego azulado y se estrelló contra el pecho del ogro como un proyectil. El impacto resonó como un trueno y lo empujó varios metros atrás.
Pero no cayó.
Rugió.
El maná a su alrededor se volvió caótico. Arrancó una roca del suelo y la lanzó con fuerza brutal. El hada la esquivó por poco, pero la explosión rompió su barrera a medias y la lanzó contra el suelo.
Antes de que pudiera levantarse, el ogro ya estaba sobre ella.
El hada creó un domo de luz. El primer golpe lo sostuvo.
El segundo lo agrietó.
El tercero lo destrozó.
Su maná se dispersó. La respiración se volvió irregular.
—No puede seguir…
—Se acabó…
-Demasiada técnica… -gruñó el ogro-. Muy poco cuerpo.
Con un último golpe preciso, la dejó inconsciente.
-¡Victoria para la Nación Orco! El coliseo reaccionó con aplausos, murmullos y silencios incómodos. El cuerpo del hada fue retirado envuelto en luz curativa.
—Te lo dije… fuerza bruta.
.
—Perdí todo…
La magia no siempre vencía a la fuerza. Más adentro del bosque del torneo, un joven humano avanzaba con paso firme. Su armadura era ligera, pulida, adornada con los colores de su nación. En su mano sostenía una lanza encantada.
Un mestizo… o un chico bestia, pensó.
Eso es lo que debería encontrar.
En su reino, el rey hablaba de igualdad y De convivencia.
Él no creía en eso.
Nosotros somos superiores, se dijo. Ellos son monstruos útiles, nada más.
-Si aparece uno de ellos… -murmuró-, le enseñaré su lugar.
-¿Buscas un monstruo?
La voz surgió desde los árboles.
Las ramas crujieron y Karos salió de la espesura. Alto, musculoso, colmillos visibles, ojos dorados. Su presencia era pesada, dominante.
-Aquí lo tienes.
El humano lo miró… y se rió.
-¿Tú? No eres nada. Si acaso… un esclavo.
Karos inclinó levemente la cabeza.
-Soy Karos -dijo con calma-. Portador de la magia de invocación ancestral. Y futuro Rey de las Bestias.
El humano volvió a reír.
-Patético.
Durante un instante, una presión invisible recorrió el campo.
Otra vez… esa mirada…
Desprecio… miedo… ignorancia…
-Te voy de liberar De tu existencia maldita.
-Demasiadas palabras dijo Karos.
El humano, furioso, atacó con la lanza mágica. El golpe brilló… pero no encontró su objetivo.
Karos desapareció.
Apareció a su lado y descargó un solo golpe en su pecho. El humano salió volando, rompiendo troncos.
-Claro que no somos iguales -dijo Karos-. Nosotros no odiamos ni subestimamos a nadie.
El humano escupió sangre y gritó:
-¡Magia de invocación! Dominación. Una quimera emergió rugiendo y atacó.
-Magia de invocación -respondió Karos-. Tigre de Fuego.
El tigre apareció envuelto en llamas y destruyó a la quimera en un solo choque.
—¡La destruyó de un golpe!
—Eso no es normal…
Karos ya estaba frente al humano, sus garras a un centímetro de su garganta.
-Lucharé a tu nivel -dijo-. Solo invocaciones. Sin fuerza física.
Si uso todo… esto termina ahora…
Pero no… tengo que demostrarlo… a su manera…
El humano gritó lleno de rabia.
-¡Mi magia domina cualquier bestia!
¡Por eso tengo las mejores!
Invocó todo lo que pudo.
Tres dragones: fuego, hielo y agua.
Un zorro gigante de trueno.
Una quimera.
Una serpiente venenosa colosal.
El aire se volvió pesado.
El suelo tembló.
El bosque crujió.
—¡Eso es demasiado!
—¡Ese humano está loco!
—¡Va a aplastarlo!
Karos retrocedió.
Activó hechizos de mejora y se convirtió en un borrón. Esquivó llamas, hielo, colmillos y rayos a velocidad imposible.
Una llamarada alcanzó su hombro.
El impacto lo hizo girar en el aire.
Su piel se quemó.
Pero no cayó.
Duele…
Pero… no voy a retroceder…
Una cola lo golpeó desde un costado.
Salió disparado contra el suelo.
El impacto levantó tierra.
Por un segundo… no se movió.
—¡Le dio!
—¡Eso fue directo!
—¡Se acabó!
Karos se levantó lentamente.
Respiración pesada.
Mirada firme.
Esto es mejor…
Así es como debe ser…
-No puede huir para siempre…
-Es cuestión de tiempo…
Karos pensaba mientras esquivaba. No puedo invocar ahora.
No las arriesgaré.
No las voy a obligar…
No soy como él…
El humano cayó de rodillas. Su maná se agotó. Las bestias se detuvieron.
Karos se plantó frente a ellas.
Sus ojos se tornaron rojos.
Sus garras crecieron.
-Modo Alfa. Hechizo: Liberación y Las invocaciones desaparecieron como humo.