Las gradas más altas del coliseo permanecían reservadas para aquellos cuyo juicio pesaba más que la sangre derramada en la arena. Allí, separados por antiguas alianzas y viejos rencores, los líderes de cada raza observaban el torneo con miradas muy distintas.
El primero en romper el silencio fue el caudillo de los orcos, un gigante de piel verdosa surcada por cicatrices rituales. Sus colmillos asomaron en una mueca que no era burla, sino respeto.
-Ese mestizo... Kyra -gruñó-. Su fuerza no es común. No lucha como orco ni como humano, pero su poder es real. Mis guerreros lo sintieron antes de caer. Si sigue así, será un nombre que los clanes recordarán.
No todos compartían esa calma.
Desde el extremo opuesto, la reina de las hadas se levantó de su asiento, sus alas brillando con una luz iracunda. El aire a su alrededor vibró.
-¡Una vergüenza! -exclamó-. ¿Derrotadas por mestizos? ¿Por razas impuras? Mis hijas están dejando que esos... híbridos manchen el prestigio del reino feérico. No es falta de poder, es debilidad de espíritu.
Algunos líderes murmuraron, otros sonrieron en silencio.
El rey humano, de porte sobrio y voz firme, habló sin alzar el tono, pero con un peso imposible de ignorar.
-Tal vez esta derrota sea necesaria -dijo-. Ojalá les enseñe humildad. Ojalá les dé sabiduría. Si este torneo logra que veamos el valor en todas las razas, entonces la sangre derramada no habrá sido en vano.
Una risa baja y áspera resonó entonces.
-Qué discurso tan noble -intervino el señor demonio, recostado en su trono de obsidiana-. Nosotros no compartimos esa preocupación. Enviamos a nuestros peores guerreros. Y aun así... será suficiente.
Los ojos carmesíes del demonio brillaron con diversión.
Los elfos, en cambio, no se molestaron en debatir. Su líder apenas inclinó la cabeza y pronunció unas pocas palabras:
-Hasta ahora... ninguna batalla ha valido la pena.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire justo cuando un nuevo combate era anunciado.
El rugido de un orco sacudió la arena cuando entró en combate. Portaba un hacha colosal y su cuerpo estaba cubierto de runas de guerra que ardían con furia ancestral. Golpeó el suelo con tal fuerza que la arena se elevó en nubes densas.
El demonio, frente a él, apenas se movió.
Cuando el orco atacó, descargando toda su fuerza en un solo golpe, el demonio desapareció en una estela oscura. En un parpadeo, reapareció detrás de su oponente.
Un solo movimiento.
Un golpe seco, preciso, casi indiferente.
El orco cayó de rodillas antes de comprender qué había ocurrido. Su hacha golpeó el suelo, y su cuerpo le siguió poco después. Inconsciente. Derrotado.
El demonio ni siquiera miró Atrás al abandonar la arena.
Desde las gradas, el señor demonio sonrió.
Antes de ese desenlace, sin embargo, el combate había revelado mucho más de lo que el público alcanzó a comprender en un primer vistazo.
Las runas que cubrían el cuerpo del orco no eran simples adornos. Cada símbolo grabado en su piel representaba un antiguo pacto de guerra, activado mediante la circulación de maná bruto. Al cargar su ataque, esas runas brillaron con mayor intensidad, reforzando sus músculos, endureciendo su piel y amplificando la fuerza de su golpe a niveles devastadores. No era un ataque improvisado, sino una técnica conocida entre los clanes como "Furia Ancestral", un estado temporal donde el guerrero sacrifica resistencia por un aumento explosivo de poder.
El demonio, por su parte, no había esquivado por reflejo... sino por cálculo.
La estela oscura que dejó atrás no era solo velocidad. Era una técnica de desplazamiento conocida como "Paso Umbrío", una manipulación del maná oscuro que le permitía desvanecerse brevemente entre planos, evitando el impacto físico. Durante ese instante, su presencia desaparecía por completo, lo que explicaba por qué el orco no pudo reaccionar.
Cuando reapareció, el demonio ejecutó un golpe dirigido con precisión quirúrgica hacia un punto específico entre el cuello y el hombro: un nodo de energía vital. Ese ataque, aunque aparentemente simple, interrumpió el flujo de maná del orco, desactivando sus runas en el acto.
Por eso cayó.
No fue solo fuerza... fue conocimiento.
El último combate del día enfrentó a un humano armado con espada y escudo contra una hada de alas translúcidas, pequeñas chispas de luz danzando a su alrededor.
El humano atacó primero, confiado, con golpes rápidos y bien entrenados. El hada retrocedía, esquivando con gracia, como si danzara en el aire.
Entonces, cambió el ritmo.
Un destello cegador inundó la arena. Raíces de luz surgieron del suelo, atrapando las piernas del humano. Antes de que pudiera reaccionar, una ráfaga de energía lo lanzó contra el suelo con violencia.
El silencio duró un segundo.
Luego, la campana sonó.
La hada había ganado.
Desde lo alto, la reina feérica apretó los puños, su furia apenas contenida. No era una victoria gloriosa... pero era una victoria al fin.
Y el torneo, lejos de calmar las tensiones, solo acababa de encenderlas aún más.
Pero, al igual que en el combate anterior, lo ocurrido fue más complejo de lo que aparentaba.
El humano no era un simple espadachín. Su estilo se basaba en una disciplina conocida como "Guardia de Acero", una técnica defensiva que combinaba resistencia física con control preciso del maná. Cada golpe que lanzaba no buscaba solo impactar, sino medir la distancia, forzar una reacción y abrir una oportunidad. Su escudo, además, estaba reforzado con una fina capa de energía que amortiguaba ataques mágicos menores.
Durante los primeros intercambios, logró acercarse más de lo que el público notó. Incluso alcanzó a rozar el ala de la hada, obligándola a elevarse ligeramente más de lo habitual.
Pero las hadas no combaten como los humanos.
La aparente retirada de la hada era, en realidad, preparación. Cada movimiento dejaba tras de sí pequeñas partículas de maná lumínico que se adherían al terreno. Invisibles al ojo común, esas partículas formaban un patrón.