La sala elevada del coliseo está envuelta en un silencio tenso.
Antes de avanzar, la reina de las hadas se detiene unos instantes en la entrada, observando desde lo alto la arena.
Sus ojos recorren a los combatientes, deteniéndose brevemente en los demonios.
Criaturas brutas... -piensa con frialdad- fuerza sin refinamiento. Solo saben destruir... pero incluso las bestias pueden ser útiles si se les guía correctamente.
Una figura aparece a su lado.
-Majestad... ¿está segura de esto? -pregunta otra hada, de alas más pequeñas y mirada inquieta.
La reina no la mira.
-Durante años envié a Rous al torneo -dice con calma-... y durante años fracasaron.
El hada baja la mirada.
-Nunca lograron clasificar...
-Porque siempre ganaban otras razas... -continúa la reina, con un leve tono de desprecio- enanos... duendes... criaturas inferiores que apenas entienden el verdadero poder.
Hace una pausa.
-Pero esta vez es distinto.
Finalmente gira el rostro hacia ella.
-Esta vez lograron entrar.
El hada duda.
-Pero... Rous sigue siendo débil comparado con las grandes naciones...
La reina sonríe suavemente.
-No importa.
Sus ojos brillan con ambición.
-No necesito que ganen.
El silencio se vuelve pesado.
-Solo necesito que lleguen lo suficientemente lejos... para que yo pueda asegurar la victoria.
El hada abre ligeramente los ojos.
-¿Y después...?
La reina da un paso al frente.
-Después... reclamaré Rous como parte de mi territorio.
Sus alas se agitan levemente.
-Lo purificaré.
El hada traga saliva.
-Entiendo... majestad...
Sin decir más, la reina avanza hacia la sala.
La reina de la Nación de las Hadas avanza con paso elegante, sus alas plegadas, su expresión serena solo en apariencia. Frente a ella, recostado en su trono de obsidiana, el rey demonio la observa con una sonrisa lenta, calculadora.
-No suelo recibir visitas sin sangre de por medio -dice él-. Habla, reina. ¿Qué te trae a mi lado de la arena? Ella no se inmuta.
-Un acuerdo -responde-. Uno que beneficiará a ambos.
El demonio ladea la cabeza, interesado. La reina continúa.
-Mis hadas y tus demonios eliminarán a los participantes restantes. Principalmente... a los del reino de Rose. Juntos abriremos camino hasta la final. Cuando llegue el momento, dejaremos que las hadas ganen el torneo.
El demonio ríe suavemente.
-¿Y qué gano yo?
Las alas de la reina se despliegan apenas.
-Territorio. Cuando las hadas gobiernen el torneo, te ayudaremos a someter a los orcos. Más tierras. Más influencia. Lo que siempre has querido.
El rey demonio guarda silencio unos segundos. Luego se incorpora.
Sus ojos brillan con un tono rojizo más intenso.
-Interesante... -murmura-. No esperaba que las hadas descendieran tan bajo.
Da un paso adelante.
-Aliarse con demonios... para aplastar a un reino menor.
La reina no reacciona.
-Los débiles no merecen permanecer.
El demonio sonríe más ampliamente.
-Entonces coincidimos.
-Acepto.
No por ambición... sino por conveniencia.
-Este torneo es un requisito -añade-. Mientras participemos, somos reconocidos como nación independiente. Eso impide que los demás interfieran en nuestros asuntos.
La reina asiente, satisfecha.
Pero en su mente, otro pensamiento florece.
Cuando ganemos... tendré aliados suficientes para reclamar a Ruos como parte de mi territorio. Su tierra será purificada.
Sonríe.
El trato está hecho.
En la arena, el rugido del público anuncia un nuevo combate.
Un orco entra primero. Enorme, cubierto de cicatrices, con un hacha que parece demasiado pesada para cualquier otra raza. Cada paso suyo hace temblar el suelo.
El aire se vuelve más pesado a su alrededor.
-Es Grash... el destructor... -susurra alguien entre el público.
Frente a él, un caballero humano ajusta el agarre de su espada. Su armadura está dañada. Su respiración es irregular.
Sus manos tiemblan... pero no retrocede.
Si caigo aquí... todo termina...
Todos saben quién debería ganar.
El orco sonríe mostrando sus colmillos.
-Te aplastaré -gruñe.
El orco ataca.
El primer golpe obliga al humano a retroceder.
-¡Impacto Titánico!
El hacha golpea el suelo y levanta una explosión de arena.
El segundo rompe parte de su defensa.
-¡Quebrantahuesos!
El impacto sacude la armadura del caballero.
El tercero lo arroja al suelo.
El público contiene el aliento cuando el orco alza el hacha para el golpe final.
-Humano débil -gruñe.
El caballero apoya la espada en la arena y se levanta con dificultad.
Cierra los ojos un instante.
Respira.
No puedo perder... no aquí...
Cuando los abre, su postura ha cambiado.
Deja caer el escudo roto. Afirma la espada con ambas manos. La hoja emite un brillo contenido, firme, controlado.
Una energía azul comienza a recorrer la espada.
-...Arte de Espada... -murmura.
El orco carga, confiado.
-¡Aniquilación Brutal!
El humano da un paso al frente.
-Corte Absoluto.
El impacto libera una onda de energía que atraviesa la defensa del orco y lo golpea de lleno. El cuerpo verde es lanzado hacia atrás y cae pesadamente sobre la arena.
El suelo se agrieta.
El aire queda en silencio.
Silencio.
El orco no se levanta.
-Victoria del humano -resuena finalmente.
El caballero se retira sin celebrar, perdiéndose entre los pasillos exteriores del coliseo. Necesita aire. Calma.
Su respiración es pesada.
Su cuerpo tiembla por el esfuerzo.
Entonces lo ve.
Un cuerpo tendido entre las sombras.
Se acerca con cautela y frunce el ceño al reconocerlo.
-¿Dravenor...?
El joven yace inconsciente, su respiración débil pero estable. No hay sangre reciente, pero su expresión revela un agotamiento extremo.