El rey elfo observaba el campo de batalla a través del espejo de visión.
Su general permanecía arrodillado.
-Esos errores no sirvieron para nada -dijo el rey con frialdad, refiriéndose a los elfos que habían caído-. Pero al menos mostraron las fuerzas que poseen las otras razas.
El general no respondió.
El rey desvió la mirada hacia otra proyección.
-Nunca pensé que Rous fuera tan fuerte... -murmuró el rey de los humanos en su propia sala, con los brazos cruzados-. Si ganan... el mundo va a cambiar.
En un trono envuelto en sombras, el rey demonio sonrió apenas.
-Es hora de un sacrificio...
Muy lejos de allí, el rey orco solo observaba en silencio.
El bosque tardó en recuperar el sonido.
Las hojas aún caían lentamente, ceniza verde suspendida en el aire nocturno. El terreno estaba marcado por grietas, raíces expuestas y restos de energía que vibraban como ecos invisibles.
Karos se dejó caer contra el tronco de un árbol parcialmente carbonizado.
Respiraba pesado.
Lyra permaneció de pie unos segundos más, asegurándose de que no hubiera otra presencia oculta. Solo cuando estuvo segura permitió que la barrera residual que rodeaba el área se disipara por completo.
El silencio regresó.
Entonces sus piernas cedieron.
Se sentó junto a él.
-Eso fue demasiado cerca... -murmuró.
Karos dejó escapar una risa breve, sin humor.
-Nos estaban llevando al límite. No querían matarnos de inmediato... querían medir cuánto podíamos resistir.
Lyra asintió.
Sus manos aún temblaban ligeramente.
-El Sello Cero drenó más de lo que esperaba.
-Y la Fusión avanzada no es gratuita -respondió Karos-. Tres núcleos, un solo cuerpo... eso exige una sincronización que no puedo repetir hoy.
El viento se filtró entre los árboles muertos.
Lyra cerró los ojos un instante.
-Lo sabes, ¿verdad? No podemos usar hechizos de ese nivel continuamente.
Karos la miró de reojo.
-Lo sé.
Una pausa.
-No somos razas puras.
No lo dijo con amargura. Lo dijo como hecho.
-Los elfos pueden regenerar absorbiendo el bosque. Los demonios tienen reservas internas enormes. Las hadas canalizan sin romperse -continuó Lyra-. Nosotros no.
Extendió la mano frente a ella. Un leve destello apareció... y desapareció casi al instante.
-Un hechizo mayor por día. Tal vez dos si forzamos el límite.
-Y forzar el límite nos deja como ahora -añadió Karos.
Agotados. Vulnerables. Con el maná apenas suficiente para mantener defensas básicas.
-Nos queda uno fuerte cada uno. Y después, solo técnica.
Lyra abrió los ojos.
-Entonces debemos guardarlos.
-Sí.
El bosque parecía observarlos.
-Descansamos -decidió Karos-. Recuperamos lo que podamos antes del siguiente movimiento.
Lyra asintió.
-Y evitamos enfrentamientos directos hasta entonces.
A lo lejos, el coliseo seguía iluminado.
El torneo continuaba.
Pero en el bosque, entre raíces rotas y maná disperso, dos "errores" comprendían algo esencial:
No podían competir en cantidad.
Solo en precisión.
Y cada hechizo que quedaba...
Debía ser perfecto.
El aire todavía estaba denso cuando Dravenor terminó de incorporarse.
El humano permanecía a unos pasos de distancia, apoyado en su espada clavada en el suelo. Ninguno adoptó postura ofensiva.
No aún.
Dravenor respiró hondo.
El maná dentro de él era inestable.
-Sigues temblando -dijo el humano sin burla.
-Y tú apenas puedes mantenerte de pie -respondió Dravenor.
Silencio.
Ambos lo sabían.
Pelear en ese estado no sería un duelo.
Sería un desperdicio.
El humano retiró la espada del suelo, pero no la levantó.
-No vale la pena así.
Dravenor lo observó.
-Si peleamos ahora, uno ganará por agotamiento. No por fuerza.
-Y eso no demostraría nada.
El viento recorrió el coliseo semidestruido.
-Descansamos. Recuperamos maná.
-Y cuando ambos estemos al máximo...
El humano asintió.
-Entonces será un verdadero duelo.
No era una tregua amistosa. Era un acuerdo entre guerreros.
Dravenor apoyó una mano en el suelo, absorbiendo lentamente la energía dispersa.
Necesitaba tiempo.
Ambos cerraron los ojos por unos segundos.
El silencio volvió a instalarse.
Demasiado profundo.
Dravenor fue el primero en notarlo.
Algo cambió en el aire.
No era maná humano. No era energía élfica. No era salvaje como la orca.
Era más denso. Más antiguo. Más oscuro.
Una presión descendió sobre el coliseo.
El humano abrió los ojos al mismo tiempo.
-¿Lo sientes?
Una grieta negra se abrió en el centro del terreno.
El suelo se partió.
De la oscuridad emergió una silueta alta, cubierta por una armadura carmesí que parecía latir.
Dos ojos brillaron desde la sombra.
Una sonrisa apenas visible.
-Qué decepción...
La voz era grave. Fría. Divertida.
-Esperaba un espectáculo más... digno.
La presión aumentó.
Dravenor y el humano, aún debilitados, comprendieron lo mismo al instante:
No estaban listos.
El demonio dio un paso al frente.
El coliseo crujió.
Y la noche dejó de ser tranquila.