El silencio en el bosque de cristal no era natural.
Las hojas, translúcidas como fragmentos de luna, permanecían inmóviles, como si el propio mundo contuviera la respiración. En lo alto, sobre un trono tejido de raíces blancas, la reina de las hadas observaba el horizonte con una calma que no le pertenecía a la paz... sino al cálculo.
Por un instante, cerró los ojos.
Y el recuerdo volvió.
La mesa larga.
La oscuridad densa.
La sonrisa del rey demonio.
-"Territorio... más influencia..."
Las palabras aún resonaban como un eco venenoso.
Sus dedos se deslizaron lentamente sobre el brazo del trono. No había duda, no había arrepentimiento... solo expectativas.
Entonces, su mente se extendió.
No como un grito.
No como una orden.
Sino como un susurro que atravesó la distancia.
-Espero... que tus demonios no me decepcionen.
La respuesta no tardó.
Llegó desde las profundidades... cargada de fuego, orgullo... y algo más peligroso: diversión.
-No te preocupes, reina de las hadas...
-Te aseguro que esta vez... te sorprenderán.
Los labios de la reina se curvaron apenas.
No era una sonrisa.
Era algo más frío.
Más preciso.
-Entonces no falles -susurró, aunque sabía que él podía sentirlo-. Porque yo... no lo haré.
El vínculo se rompió.
El bosque volvió a quedar en silencio.
Pero algo ya había cambiado.
Las piezas estaban en movimiento.
Y esta vez... nadie estaba jugando limpio.
El bosque del torneo no tenía nada de natural.
Los árboles eran demasiado altos.
Las sombras, demasiado densas.
Y el aire... estaba cargado de una energía que hacía que incluso respirar se sintiera pesado.
En medio de ese silencio inquietante, dos figuras descansaban sin preocupación aparente.
Uno estaba recostado contra el tronco de un árbol, con los ojos entrecerrados, como si todo aquello le aburriera profundamente. El otro permanecía sentado sobre una roca, jugando distraídamente con una pequeña llama oscura que danzaba entre sus dedos.
-Esto es decepcionante... -murmuró el primero, sin abrir los ojos-. Esperaba algo más... caótico.
El de la roca soltó una risa baja.
-Paciencia. Apenas está comenzando.
El viento se detuvo.
Y entonces-
Una onda de magia atravesó el bosque.
Invisible, pero imposible de ignorar.
Las hojas vibraron.
La llama en la mano del demonio titiló violentamente.
El aire... se tensó.
Ambos abrieron los ojos al mismo tiempo.
Silencio.
Luego, una sonrisa.
-Ah... -susurró el de la roca, ladeando la cabeza-. Eso no fue cualquier cosa.
El otro se incorporó lentamente, estirándose como si acabara de despertar de una siesta.
-No... -respondió, ahora con una sonrisa afilada-. Uno de los nuestros acaba de caer.
Hubo un breve momento de quietud.
Y después-
El demonio de la roca se puso de pie, dejando que la llama oscura se expandiera por su brazo antes de desaparecer.
-Entonces ya empezó...
El otro soltó una risa suave, casi emocionada.
-Por fin.
Se miraron.
Y en sus ojos no había enojo.
No había tristeza.
Solo... emoción.
-¿Crees que fue Rous? -preguntó el de la roca.
-Si lo fue... -respondió el otro, tronándose el cuello- espero que no muera demasiado rápido.
-Sería una decepción.
-Totalmente.
Un nuevo pulso de magia, más lejano, recorrió el bosque.
Esta vez, más débil.
Pero suficiente.
El demonio sonrió.
-Es hora de empezar con la diversión.
El otro dejó escapar una carcajada baja.
-Ya era hora.
La energía oscura comenzó a filtrarse a su alrededor, distorsionando levemente el aire.
Sin prisa.
Sin miedo.
Solo con una certeza:
El juego... había comenzado.
Y ellos... no pensaban quedarse atrás.
El choque retumbó entre los árboles.
Una onda de impacto barrió el suelo, levantando tierra, hojas y fragmentos de corteza en todas direcciones.
-¡Maldito monstruo! -gritó una de las hadas, retrocediendo en el aire mientras sostenía su brazo herido.
Frente a ellas, el orco respiraba con fuerza.
Alto.
Masivo.
Cubierto de cicatrices.
Su piel verdosa estaba marcada por cortes recientes, algunos aún humeantes por la magia de las hadas... pero ninguno lo suficientemente profundo.
-¿Eso es todo? -gruñó, mostrando los colmillos-. Esperaba más de las famosas hadas.
La segunda hada descendió a su lado, jadeando, con restos de luz acumulándose en sus manos.
-No bajes la guardia... -susurró-. Es más resistente de lo que parece.
-Lo sé.
El orco dio un paso al frente.
El suelo crujió bajo su peso.
-Se acabó el juego.
Desapareció.
Un parpadeo.
Y ya estaba frente a ellas.
-¡CUIDADO!
El hacha descendió con una fuerza brutal.
La primera hada apenas logró levantar una barrera de luz-
CRASH
La barrera se rompió al instante.
El impacto la lanzó contra los árboles, atravesando ramas como si fueran nada.
-¡Agh-¡
La segunda hada atacó de inmediato.
-¡Lanza de luz!
Un proyectil brillante salió disparado directo al pecho del orco.
Impacto.
Explosión.
El humo cubrió la escena por un segundo.
...Y entonces-
El orco salió de él caminando.
Herido.
Quemado.
Pero sonriendo.
-Eso dolió... -dijo, girando el cuello-. Ahora me toca a mí.
Apareció frente a la segunda hada antes de que pudiera reaccionar.
La agarró del cuello.
-Se acabó.
La levantó del suelo.
El aire a su alrededor comenzó a vibrar mientras levantaba el hacha con la otra mano.
-Muere.
-Qué escena tan aburrida.
La voz no venía de las hadas.
Ni del orco.
Ambos se detuvieron.