Cantame cien veces

18. Diagnóstico.

Sentía como si me hubieran estado taladrando el cráneo durante horas.

Mis párpados se abrieron mientras las cosas dejaron de parecerme borrosas, tenía la sensación de que un camión me hubiese pasado por encima para hacer reversa y volver a aplastarme una vez más.

Recargué mi peso sobre los hombros incorporándome para visualizar mejor la habitación. Me quedó claro que estaba recostada en una cama que no era la mía, el blanco de las paredes y el aroma a desinfectante me dieron ganas de vomitar, y más aún al percatarme de la aguja intravenosa con suero clavada al brazo.

Estaba en un hospital.

Dejé caer la cabeza por segunda vez en la almohada, odiaba con toda mi alma las agujas. Sin embargo, no fui capaz de intentar quitármela, no porque no quisiera, sino porque una enfermera entró con una bandeja de comida y me pescó con las manos en la masa.

—Estás despierta —anunció dejando la bandeja sobre la mesada, con disimulo aparté las mías de mi antebrazo. —Dentro de una hora voy a cambiarte el suero y seguramente mañana en la tarde te den el alta.

—Buen dia.

El dolor en la parte trasera del cráneo que me resultaba infernal.

—Sufriste un desmayo y un golpe fuerte en la cabeza producto de la caída —anunció—. Las pruebas de sangre arrojaron anemia y un exceso de trabajo físico. Se solicitó a tus familiares que se pusieran en contacto con un especialista y hay una nutricionista al que le gustaría hablar contigo.

Quise negarme a la idea de seguir más tiempo metida allí dentro, pero solo perdería el tiempo buscando convencerlos.

—¿Voy a poder seguir con mis actividades fisicas? Soy porrista.

—No por el momento, me temo. Pero el especialista te dará más información cuando venga.

—¿Y mis padres siguen fuera? —pregunté.

Me dijo que no mientras me ayudaba a pasarme los alimentos de la charola metálica.

—Se fueron hace unas horas, pero también vinieron otros familiares, una niña le trajo flores —apunta hacia la otra mesa de luz, donde visualicé un ramo de margaritas blancas—. Se marcharon hace poco.

—¿Y no hay nadie más?

Le observé con algo de confusión. Ella se encogió de hombros y me regaló una sonrisa antes de ladear la cabeza. Me hubiera gustado fantasear con la idea que mi novio o mis amigos pudieran estar esperando del otro lado.

—El horario de visita es restringido, pero creo que todavía hay un chico, el que llamó a emergencias. ¿Lo dejo pasar?

No recordaba mucho de lo sucedido, pero sí haber estado discutiendo con Hayden antes de que todo se volviera negro, no podía ser él, es decir ¿qué razón tendría para visitarme? Mi corazón floreció con la idea de que se tratase de Max, por alguna razón pocas horas antes del partido lo habían suspendido del juego por una presunta pelea con alguno de sus compañeros.

No había querido comentarme más al respecto por el enfado y la impotencia que cargaba encima, pero tenía la esperanza de, a pesar de que no haberse encontrado allí en ese momento, se hubiera enterado de lo ocurrido y ahora hubiera decidido visitarme.

—Déjalo pasar— la curiosidad me terminó venciendo.

Traté de moverme, pero todo el cuerpo dolía como infierno, la enferma se marchó y yo me recompuse sobre la cama.

Observé que Hayden entraba con cuidado.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté. Tratando de no sonar decepcionada.

Cerré los ojos un momento. Eso me había sentado como una jarra de agua helada. Cuando volví a abrirlos, me obligué a mí misma a mirarlo a la cara. Fuera cual fuera mi expresión, hizo que Hayden apretara los labios.

—¿Cómo te encuentras?

Se acercó despacio, caminó hacia el sillón ubicado cerca de la cama, se había cambiado de ropa y ya no lleva el mismo sweater de ayer, supuse que debía ser casi mediodía, pero las cortinas de la habitación estaban cerradas y no lo podía asegurar.

—Me duele muchísimo la cabeza —confesé cuando se ubicó —Y solo me acuerdo estar de lor nervios antes de que todo se volviera negro.

—Fue culpa mía, no debí abrumarte tan deprisa. Tendría que haberlo previsto. Cuando te caíste, te golpeaste fuerte contra el suelo y me asusté. Por suerte había paramédicos cerca por el partido y la ambulancia llegó rápido.

—¿Me salí en ambulancia? —la sangre se me heló con solo pensar en todas las personas que pudieron haberlo presenciado. —¿Max se enteró? ¿Y mis amigos? ¿Y...

—Supongo que todos vendrán a visitarte luego. —me interrumpió.

Y quise creer que así sería, nunca fui fanática de los hospitales, solo los frecuentaba por Sarah y ya de por sí, eso me recordaba lo fatal que la pasaba ahí dentro, entre análisis de sangre y pruebas.

—No tendrías que haberte tomando la molestia de venir.

—No es una molestia.

—Ya, me imagino que sí.

—Siento que no me creas.

—Lo haría si no me hubieras mentido en la cara cuando confié en ti—protesté.

El recuerdo de la discusion todavia estaba demasiado presente como para dejarlo atrás.

—Ella me pidió que no contara nada de lo sucedido. Y me pareció lo correcto, porque conozca a tu novio o no, tenía que respetar su privacidad.

Y tenía razón, me gustara a mi o no, yo también debía respetar que él hubiera decidido no contármelo en su momento. Sus razones tendría, y yo solo esperaba que decidiera contármelas alguna vez.

—No vuelvas a mentirme.

—No va a pasar.

—Bien.

—Bien.

Nos envolvió el silencio.

—No voy a hacer la vista gorda del elfante en la habitación—confesó cuando se dejó caer sobre el sofá —. Nunca lidié bien con las situaciones bajo presión.

—No quiero hablar de eso.

Ladeeé la cabeza para negar, pero mi cara se volvió una mueca por el dolor.

—¿Qué sucede?

—Nada, solo me mareé. —mentí.

—¿Segura?

—Así es.

—¿Necesitas algo? Yo puedo...— tomó el control remoto de la mesada—Seguramente con esto puedas acomodarte mejor.

Presionó uno haciendo que mis piernas se alzaran de repente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.