Una bailarina al borde del abismo

Capitulo 1: La fiesta

La lluvia golpeaba con fuerza la ventana, el viento hacía bailar las cortinas y las luces iluminaban el cielo nocturno.

Ana estaba enfrente de la ventana observando el espectáculo, la fuerza de la naturaleza; el aire húmedo llenó sus pulmones con una suave exhalación. Un golpe la trae a la realidad.

—Señorita Ivanov —dijo una voz suave y elegante—. Su madre la espera en el salón principal.

—Ok, bajaré en media hora —dijo Ana arreglándose el cabello.

—Imagino que quiere terminar de arreglarse —dijo el elegante hombre mientras cerraba la pesada puerta de madera.

Ana no le contestó, siguió observando la tormenta detrás de la ventana.

Después de una profunda exhalación, Ana decidió ir en busca de su compañero del crimen.

En vez de ir al lobby, subió al penthouse. En lo que las puertas del ascensor se abrieron, el ruido la golpeó como una ola. Las personas se amontonaban alrededor, había gente en todas partes. El olor del humo, las luces y el sudor la mareaban; le costaba orientarse ante tanto ruido, dondequiera que miraras había gente.

Ana decidió buscar en los lugares de siempre; siguiendo su instinto, decidió empezar en el baño. Empujando a la gente al pasar logró alcanzar la puerta del baño.

Alex estaba ahí, rodeado como siempre de sus grandes amigos o seguidores, como sea que lo quieras ver.

—Alex, prometiste que me acompañarías a la reunión de mamá.

—Sí, claro, amor, enseguida voy —dijo mientras se apuraba el trago.

Sus amigos empezaron a silbar como idiotas y a decir una sarta de estupideces que Ana decidió ignorar, como todo lo que a Alex se relaciona. Como, por ejemplo, la mancha de labial que hay en el cuello de su camisa blanca, o lo dilatado de sus pupilas, o cómo se apoya sobre la superficie del baño como si su vida dependiera de eso.

Ya no podía reconocer al que había sido su alma gemela, su mejor amigo, el dulce chico con mejillas regordetas, rojas como manzanas, el que con una sola sonrisa podía iluminar toda la oscuridad que a Ana siempre parecía seguirla.

Porque así era Ana: una nube gris, solitaria en el infinito azul del cielo.

Un amigo le pasa una pastilla a Alex. Este se da la vuelta para que Ana no lo vea tomarse la pastilla. Al muy estúpido se le olvida que está en un baño, donde Ana claramente ve lo que está haciendo atravez del gran espejo.

—En un segundo salgo, amor —dice mientras se arregla la ropa.

Al entrar al ascensor Alex se ve mucho mejor; su castaño cabello se ve peinado, la camisa en su lugar. Como si lo de hace un rato nunca hubiese pasado.

—¿Y de qué es el premio esta vez? —dice Alex con voz ronca.

—No lo sé, supongo que por inventar un nuevo método para salvar vidas, supongo —dice Ana con cansancio.

Porque de eso estaba cansada, de todo: de Alex y su creciente dependencia a las drogas, de su exigente y brillante madre, del colegio, de su vida, de todo. Ana estaba cansada de todo, tan cansada que el cuerpo le pesaba una tonelada, como si estuviera moviendo rocas en la espalda.

Las puertas del ascensor se abren en un elegante salón; al contrario de la otra fiesta, esta era mucho más elegante y sofisticada. Hombres con elegantes trajes hablaban en todos lados, mujeres en largos y coloridos vestidos sostenían sus tragos como si de salvavidas se tratasen. La suave melodía del piano lo envolvía todo. En el centro de todos estaba su madre, una mujer elegante de suave piel morena, sus rizos estaban atados encima de la cabeza en forma de un clásico moño, maquillaje perfecto, todo en su lugar. Porque eso era su madre: perfección.

—Llegas tarde, Annika —suelta su madre mientras arregla un mechón suelto de su cabello.

—Lo siento, tía, nos confundimos de piso —contesta Alex con su habitual salamería, mientras le da un beso en la mejilla a mi madre.

—Alex, qué alegría verte por aquí, ¿cómo está tu madre?

—Muy bien, tía, lamenta no haber venido, pero tú sabes las responsabilidades del trabajo y eso.

—Claro, cariño, me imagino; salúdala de mi parte, ¿quieres? —dice mi madre mientras se va.

En eso apagan todas las luces y enfocan a mi madre. Un hombre de abundante panza sube al escenario.

—Con ustedes la homenajeada de esta noche, la neurocirujana Astrid Rodríguez. Por favor, suba a recibir su premio.

Mi madre sube con delicadeza las escaleras, se acerca al señor; este le da un apretón de manos mientras le entrega una placa.

—Este premio es para esa pequeña niña que creció en las crueles calles de Caracas, para esa chica que se quedó en su casa estudiando, que decidió seguir cuando todos le decían que iba a fallar…

Mientras su madre seguía hablando, Ana se desconectó; su madre podría hablar toda la noche si quería de su triste y pobre vida en Venezuela. Ana vio por la ventana, la tormenta seguía. Ana podía escuchar los rugidos del viento. Por el rabillo del ojo podía ver el perfil de Alex; se notaba cómo temblaba su mandíbula, cómo de vez en cuando se rascaba la nariz. Ana tenía que reconocerlo: si no lo conocieras tan bien como ella, dirías que era un chico bien educado; pese a todo, mantenía una firme postura, espalda recta, cabeza levantada.

A menudo se preguntaba qué pasó con su alma gemela; este no era el chico con el que jugaba de niña, el que lloraba cuando le gritaban o cuando fallaba un examen. Lo que sí era seguro es que a Alex siempre le importó lo que otros opinaran de él. Siempre fue un chico tímido e inseguro, le daba miedo hablar. Solía esconderse detrás de Ana cuando el personal se acercaba. Solían jugar a que ella era su intérprete con el resto del mundo.

La imagen de Alex con su disfraz de Batman y el de Ana con una tiara en la cabeza, su largo vestido de princesa, hizo sonreír a Ana.

—¿De qué te ríes? —pregunta Alex.

—De nosotros, ¿te acuerdas cómo te escondías detrás de mí y me obligabas a pedir tu comida en el comedor del hospital?

La nostalgia inundó la cara de Alex, una tenue sonrisa se dibujó en sus labios.




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