Una Bruja De Cuidado

CAPÍTULO 8

Elizabeth se quedó eclipsada por el torso desnudo de Azael, su piel blanca con sus cuadros del abdomen trabajados lo hacían parecer una escultura trabajada con mucho amor. Sus pupilas se dilataron cuando su vista se enclavó en sus tetillas, solo había estado con él en toda su vida y en aquellos momentos era tan inexperta que no se recordaba de sí sus labios recorrieron el torso de él. No, estaba segura que no lo había hecho, de haberlo hecho recordaría cada pedazo de esa desnuda piel. ¡Dios! Que necesidad sentía ella de levantar sus manos y tocarlo, necesitaba saber si todo en él era real o era un espejismo...

—¿Está bien señorita Theodora?

Elizabeth parpadeó varias veces, estaba tan desconcentrada que no se acordaba de que había cambiado su nombre. A regañadientes separó sus ojos del torso desnudo de Azael y levantó la vista para concentrarse en sus ojos que la miraban con una curiosidad y una sonrisa pícara, la misma sonrisa cuando la miraba hace nueve años atrás. Ella notó como su cuerpo se tensaba y la furia volvía a recorrerla, ¿cómo carajo se dejaba arrastrar por el cuerpo de aquel dios del olimpo? ¡No! ¡No! ¡Y mil veces no! Ella no podía volver a caer en la red de esa maldita araña devoradora de almas.

—Mis disculpas señor —siseó ella, pero aunque se cerebro la estuviera regañando por haberlo mirado su cuerpo aún no dejaba de reaccionar y sus cachetes la traicionaban con un ligero tono rojo.

—Se ha puesto roja, tal parece que nunca ha visto a un hombre —le preguntó Azael colocándose de nuevo la camisa sin dejar de mirarla.

Elizabeth notó que su pecho se alzaba de la furia, del genio que circulaba en su torrente sanguíneo mezclado con su magia, que si explotaba no tendría forma de pararla.

—¿Desea algo más señor? —preguntó ella desviando la conversación.

—Puedes retirarte, esta noche probaré un nuevo prototipo que tenemos, así que no te necesito y ahora como puedes ver la conferencia no ha salido bien, que extraño todo lo que ha sucedido... —susurró como si midiera sus palabras— ¿no le pareció a usted extraño señorita Theodora?

Elizabeth bajó su mano derecha, comenzó a jugar con su dedo índice restregándolo contra el pulgar, algo que hacía cuando estaba nerviosa. Vio como él detenía su vista en sus dedos y los separó enseguida, sabía que él podía reconocer esa manía de ella.

—Sí señor, no sabía que tenían sapos en este edificio.

Azael sonrió con sarcasmo y negó con la cabeza, mientras su vista estaba clavada en ella como si fuera un halcón.

—Llevo trabajando en esta empresa por años y nunca había visto una, me causa curiosidad por qué habrá salido hoy. ¿A usted no señorita Theodora?

—No lo sé señor, no conozco las costumbres de los animales.

—El sapo parecía estar poseído, solo me atacó a mí.

—Y al señor... ¿cómo se llamaba? Disculpe no recuerdo el nombre —dijo haciéndose la tonta.

—Brian... —susurró y levantó su mano para tocarse la barbilla, pensando sus palabras— Puedes retirarte señorita Theodora.

—Gracias.

—Un placer haberla conocido señorita Theodora —le dijo él tomándola por sorpresa y estiró su mano para estrecharla.

Elizabeth tendió su mano y notó como los dedos fríos de él cubrían su palma. Una extraña sensación, esa que sientes cuando reconectas con algo, que hace que tu cuerpo se estremezca y tu corazón palpite con tanta fuerza que tu pulso aumente.

—Igualmente señor.

—Está usted alterada señorita Theodora —murmuró Azael acariciando su pulso en la muñeca.

Elizabeth retiró su mano con rapidez y dio dos pasos hacia la puerta.

—Aún sigo afectada por lo que sucedió con el sapo.

—Me imagino.

—Con su permiso señor.

Elizabeth abrió la puerta y prácticamente corrió hasta el baño más cercano, necesitaba sentir que el agua fría recorría su rostro, por desgracia no podía tomar una ducha que calmara su agitado cuerpo. Podía sentir como sus bragas estaban humedecidas y odiaba el impacto que estaba causando él en ella.

—Esto fue un error, nunca debí venir —siseó y abrió el grifo para empaparse el rostro.

Cuando levantó su rostro soltó un gemido ahogado, su maquillaje negro estaba esparcido por sus mejillas. Vio a ambos lados y notó que solo ella estaba en el baño, pero sin querer arriesgarse caminó hasta uno de los cubículos y después de cerrar la puerta chasqueó sus dedos frente a su cara y esta volvió a la normalidad.

—Odio, odio esto que haces crecer en mí —gruñó sintiendo que su corazón no se tranquilizaba.

Con la furia circulando su cuerpo caminó hasta su oficina, vio que estaba vacía y soltó un suspiro, su mirada se concentró en el solitario tulipán que tenía encima de su mesa.

—No mereces si quiera tenerla a ella —masculló, movió su mano en dirección a la flor y esta se comenzó a marchitar.

Aprovechó para sentarse en su computadora, abrió el correo y pinchó el troyano que se había enviado ella misma. Después de navegar un rato por la red de la compañía tenía una lista de empleados que veían porno, otros que se dedicaban a jugar al solitario en vez de hacer su trabajo, otros que se dedicaban a apostar por las mujeres de la empresa y catalogarlas en una lista de quien entraba en el ranking de la más “sexy”.




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