Una estrella en el ejercito.

Capítulo 1: El "te lo dije" más caro de mi vida.

Leyha Eysmar.

Mi abuela siempre decía: *"Leyha, mija, el mundo da muchas vueltas."*

Yo asentía mientras me probaba el tercer abrigo de piel del día, y ese fue mi error. Las vueltas del mundo no avisan. La mía llegó disfrazada de contador.

Se llamaba Ricardo, y yo lo llamaba "mi hombre de confianza". Tenía sonrisa de comercial de pasta dental, manos suaves y una forma de decir "tranquila, yo me encargo" que me hacía suspirar como si me estuvieran recitando poesía. Durante ocho años le firmé todo lo que me puso delante sin leerlo, porque yo era la reina de los conciertos y las reinas no leen la letra pequeña. Las reinas cantan, y que lean los plebeyos.

Un martes, Ricardo desapareció. No dejó una nota ni una explicación, y ni siquiera tuvo la decencia de dejarme el café que me traía todas las mañanas. Se llevó mis cuentas, mis propiedades, mis dos mansiones y mis tres autos. Se llevó hasta el jacuzzi con forma de corazón, que ni siquiera cabía por la puerta. Todavía hoy no entiendo cómo lo hizo, y sospecho que alguien lo ayudó con una grúa.

Lo descubrí el miércoles, cuando mi tarjeta fue rechazada en una tienda de zapatos. Fue la primera vez en mi vida que una cajera me miró con lástima, y créanme, la lástima de una cajera duele más que cualquier crítica de revista.

—Seguro es un error del sistema —le dije, sonriendo con los dientes.

—Seguro —respondió ella, con la voz que se usa para hablarle a un perro que se lastimó la pata.

Por la tarde llegó mi mánager, Gustavo, un hombre que había sudado con cada una de mis giras y que ahora sudaba con más ganas.

—Leyha —dijo—, tenemos que hablar.

Nunca nadie ha dicho esa frase para anunciar algo bueno. Mi mánager se sentó, se quitó los lentes, se los volvió a poner y empezó a llorar.

—Nos dejó en la ruina. A los dos.

—¿A los dos?

—Yo también le confié mis ahorros.

Me miró. Lo miré. Durante un largo minuto, dos adultos que habían llenado estadios lloraron abrazados en una sala que no sabían por cuánto tiempo seguiría siendo suya.

Y no lo fue por mucho tiempo. El jueves vinieron los bancos, el viernes los abogados y el sábado los embargos. El domingo un tipo con chaleco naranja y cero sentido del humor se llevó mi piano de cola. Yo estaba en pijama de seda, sosteniendo una taza, y me quedé mirando cómo cargaban el instrumento por las escaleras.

—¡Cuidado con la tapa! —grité—. ¡Ese piano tocó con Pavarotti!

—Ahora va a tocar con otro dueño —respondió el hombre, sin ninguna emoción.

A los diez días de mi quiebra ya había aprendido más de economía que en toda mi vida. Aprendí, por ejemplo, que una mansión con quince baños no se vende en un fin de semana. Aprendí que los amigos famosos tienen la peculiaridad de dejar de responder los mensajes cuando uno deja de pagar las cuentas de los restaurantes. Y aprendí que las fans, que me juraban amor eterno, se las arreglan para olvidarlo con mucha eficacia cuando uno aparece en las redes con la misma ropa dos veces.

Intenté de todo, lo juro. Intenté levantarme sin rendirme, como siempre me dijo mi abuela.

Primero organicé un concierto benéfico para mí misma. Lo llamé "Leyha: una estrella en apuros" y puse entradas a precio solidario. Vendí catorce. Ocho se las compró mi mánager llorando, tres las compró una señora que se confundió de evento y una la compró un niño que quería una foto con un mono. El día del concierto, el sistema de sonido se fundió a los cuarenta segundos, la luz se fue en la tercera canción y una paloma se metió al auditorio y se me posó en la cabeza. Terminé cantando a capela, con una paloma de sombrero y trece espectadores. El catorceavo fue el mono, que se aburrió y se fue a mitad del segundo coro.

Después probé como influencer de cocina. Mi plan era brillante: yo, con mi fama, cocinando platos exóticos y regalando sonrisas. Alquilé una cocina ajena, compré ingredientes a crédito y encendí el fuego con la confianza de una chef de estrella Michelin. Mi primer video se llamó "Flambeado de la reina". Mi primer y único video, debería decir, porque el flambeado se convirtió en incendio, el incendio se volvió una columna de humo y la columna de humo trajo a cuatro camiones de bomberos. Uno de los bomberos me reconoció.

—¿Usted no es la cantante?

—Fui —respondí, con el delantal chamuscado y el pelo todavía humeando.

Me tomó una foto. La subió con el título "Reina de los conciertos incendia cocina". Fue mi video más visto en años.

Probé suerte como cantante en un bar de karaoke, porque pensé que cantar siempre era mi fuerte. El dueño, un tipo bigotón y de pocas pulgas, me puso a prueba un jueves por la noche. Elegí una balada, cerré los ojos y solté toda mi alma. Cuando terminé, el silencio fue absoluto. Abrí los ojos y vi a tres borrachos tapándose los oídos, a una mesera escondida bajo el mostrador y al dueño, con cara de paciente en el dentista.

—Mire, señorita —me dijo—, usted tiene mucho talento, pero... ¿podría cantar más bajito?

—¿Bajito?

—Es que asusta a los clientes.

Mi voz. La que había hecho llorar a medio continente. La que arrancaba aplausos de sesenta mil gargantas. Me pidió que la bajara porque asustaba a un grupo de borrachos.

Esa noche me quedé sentada en la acera con mi guitarra prestada, mirando cómo llovía. Porque, claro, no podía faltar la lluvia. En el momento exacto en que me iba a levantar, pasó un taxi, pisó un charco y me bañó de pies a cabeza, sin disculparse siquiera. Yo, que había viajado en jets privados, terminé empapada, sin paraguas y con la dignidad por el suelo.

Para colmo, cuando saqué mi celular para pedir un auto, me di cuenta de que lo habían bloqueado por falta de pago.

Caminé tres horas hasta el departamento que me quedaba. Lo llamo "departamento" por cortesía, porque era un cuarto de dos por dos, con una ventana que daba a un muro y un vecino que practicaba el trombón a las cinco de la mañana. El casero me había avisado que, si no pagaba la renta antes del viernes, me quedaría en la calle. Era miércoles. Tenía once dólares y un yogur vencido.




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