Leyha Eysmar.
Cuando uno se acuesta con el cuerpo molido, el cerebro suele ser misericordioso y se apaga. El mío, no. El mío me dio una última noticia antes de dormirme: *"Leyha, mañana empieza lo bueno."*
Y lo bueno empezó antes de que saliera el sol.
La corneta sonó a las cinco y media con un chillido que parecía un pato siendo estrangulado dentro de mi oído. Salté de la litera como si me hubieran lanzado un cubo de agua helada, me golpeé la cabeza contra la litera de arriba y aterricé sobre mi compañera de cuarto, una recluta fornida llamada Brunilda, que soltó una grosería tan creativa que la anoté mentalmente para una futura canción.
—¡Mi codo! —gritó Brunilda.
—¡Mi cráneo! —respondí.
—¡Tu trasero está sobre mi cara!
—¡Pues respira por la nariz!
Afuera, alguien golpeaba la puerta con un palo.
—¡DE PIE, RECLUTAS! ¡EL QUE NO ESTÉ EN FORMACIÓN EN TRES MINUTOS LIMPIA LAS LETRINAS!
—¿Qué hora es? —pregunté, con la voz de un fantasma.
—Las cinco y treinta y uno.
—Querrás decir "la hora a la que los gallos se suicidan".
Me puse el uniforme al revés, descubrí que me lo había puesto al revés, me lo quité, me enredé en la manga, perdí una bota, la encontré dentro de mi propia litera y salí corriendo con la camisa mal abotonada y una expresión de pánico absoluto. Llegué a formación en dos minutos y cincuenta y nueve segundos. Logré un récord, pero nadie me felicitó, porque estaba demasiado ocupada tratando de no vomitar.
Afuera hacía un frío que hubiera deprimido a un pingüino. El patio estaba a oscuras, apenas iluminado por unos reflectores que parpadeaban como luces de discoteca barata. Los reclutas formaban en cuatro filas perfectas, tiesos como postes, y yo me coloqué al final, con las piernas temblando y los dientes castañeteando como castañuelas.
Entonces apareció él.
El general Samuel Davis cruzó el patio con las manos a la espalda y una expresión que no cambió ni un milímetro desde que lo vi en el barro. Su paso era tan firme que parecía que el suelo se apartaba para dejarlo pasar. No tenía una sola arruga en el uniforme, y juro que ni el viento se atrevía a despeinarlo. Todo en él era duro, de arriba abajo. Tenía la mandíbula de piedra, los hombros de acero, la mirada de granito y, según los rumores, un corazón del mismo material que el hueso de un elefante: viejo, macizo e imposible de quebrar ni con un martillo neumático.
—Buenos días, reclutas —dijo.
—¡BUENOS DÍAS, MI GENERAL! —gritaron todos.
—¡Buenos días, mi general! —grité yo, un segundo más tarde y una octava más alta, con tono de soprano en plena ópera.
Treinta cabezas se giraron hacia mí. El general no se movió. Solo sus ojos grises se deslizaron hacia mi lugar con lentitud sepulcral.
—Señorita Eysmar.
—Mi general.
—¿Esto es una formación o una audición?
—Es que estoy muy motivada, mi general.
—Está motivada y desafinada. Ambas cosas son un problema.
Siguió la inspección. Fue pasando fila por fila, revisando botas, cinturones, gorras y botones. A cada paso, un recluta se encogía como una pasa. Cuando llegó a mí, se detuvo y bajó la mirada despacio, como un juez a punto de dictar sentencia.
—Aretes —dijo.
—¿Perdón?
—Lleva puestos aretes de diamante.
—Son de fantasía.
—Brillan demasiado para ser de fantasía.
—Es que yo hasta la fantasía la hago de lujo, mi general.
Un recluta soltó una risita y recibió una mirada que lo marchitó en el acto. El general volvió a mí. Juro que le tembló un músculo de la mandíbula, como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano por no sonreír, o por no ahorcarme. Con él, nunca se sabía.
—Veinte flexiones. Ahora.
—¿Con o sin aplausos?
—Cuarenta.
Me tiré al suelo, apoyé las manos en el cemento helado y empecé. Hice una. Hice dos. A la tercera, mis brazos empezaron a temblar como gelatina. A la cuarta, sentí un crujido sospechoso en el hombro. A la quinta, le pedí perdón a mi abuela por todas las veces que me dijo que hiciera ejercicio. A la séptima, caí de bruces con la cara contra el piso.
—Ocho —dijo el general desde arriba.
—Fueron siete.
—Ocho. Ha tropezado con su propia nariz y eso cuenta como flexión.
Las otras treinta y dos las hizo mi dignidad, desde lejos y con mucho dolor.
El resto de la mañana fue una cadena de desgracias digna de un documental sobre catástrofes naturales:
**Desastre uno: la carrera.** Cinco kilómetros. Los primeros trescientos metros los hice con cierta elegancia. A los quinientos, ya estaba en el último lugar. A los mil, había perdido de vista a mi pelotón. En el kilómetro dos tomé un desvío que me pareció lógico, seguí un sendero que me pareció prometedor y terminé, con la lengua afuera y sin aliento, en el comedor de oficiales, frente a siete coroneles que desayunaban tranquilamente.
—Buenos días —dije, con un trozo de pan que acababa de agarrar de una mesa—. ¿Esto es la meta?
Nadie respondió. Uno de los coroneles dejó caer su tenedor. Otro se atragantó con el café. Un tercero levantó la mano muy despacio y señaló la puerta. Salí caminando hacia atrás, con el pan en la boca y cero remordimientos.
**Desastre dos: el tiro.** En la práctica de puntería nos entregaron fusiles. Yo había visto armas en películas, y por eso me sentía completamente cualificada. Me tumbé en la posición correcta, cerré un ojo, apunté al cono que estaba a cincuenta metros y apreté el gatillo. El cono ni se enteró. En cambio, la bala rebotó, pegó en una barandilla, desvió su trayectoria y fue a dar a un tanque de agua que estaba junto a la caseta de los oficiales. El tanque explotó como una fuente de ópera, empapando a un coronel que salía de la letrina en ese preciso instante.
—¡¿QUIÉN HA SIDO?! —rugió el coronel, chorreando como un perro mojado.
Todos los reclutas giraron la cabeza hacia mí. Hasta Brunilda. Hasta el gato mojado.