Una estrella en el ejercito.

Capítulo 3: Los tacones no son equipo reglamentario.

Leyha Eysmar.

Llegué a formación a las cinco con cincuenta y nueve segundos de la mañana. Lo sé porque el sargento Barrios tenía un cronómetro en la mano y la cara de un hombre que lleva años esperando que alguien se equivoque.

-Cincuenta y nueve segundos -dijo, decepcionado-. Qué lástima.

-¿Lástima por qué? -pregunté, jadeando.

-Porque yo ya tenía preparado el cepillo de dientes.

Y me lo mostró. Era un cepillo de dientes rosado, de cerdas gastadas, con una etiqueta que decía "LETRINAS - USO EXCLUSIVO DE CASTIGO". Se notaba que lo había usado muchas veces, sobre todo por la expresión de tristeza que tenía.

-Guárdelo, sargento -le dije-. Todavía me queda tiempo para meter la pata.

-Eso nunca lo dudé, Eysmar.

Aquel día aprendí tres cosas. Primero, que diez kilómetros son exactamente el doble de cinco, algo que mi cerebro se negaba a procesar. Segundo, que se puede sudar por zonas del cuerpo que uno ni sabía que existían. Y tercero, que a los seis kilómetros uno ya no cree en Dios y a los siete ya le pide perdón por no creer.

Terminé la carrera en último lugar, un poco por detrás de una tortuga que, según el flaquito, "avanzaba con dignidad". Se llamaba Pipe, el flaquito, y había decidido adoptarme como su proyecto de caridad personal.

-Vas mejorando -me dijo, mientras yo yacía boca arriba sobre el pasto, con la lengua afuera.

-¿De verdad?

-Ayer te perdiste. Hoy llegaste.

-Eso es un logro.

-Es un milagro. Llegaste en una ambulancia, pero llegaste.

Había sido solo un cuarto de ambulancia, en realidad. Un cabo me recogió en el kilómetro ocho, en un jeep, porque me vio caminar en círculos hablando sola. No cuenta. Insisto, no cuenta.

Pero lo peor aún estaba por venir. Porque aquel día, al regresar al dormitorio, me esperaba una carta oficial pegada en mi litera. La leí con las manos temblorosas:

*"ORDEN DEL DÍA: Se notifica a la recluta Eysmar, Leyha, que a partir de mañana debe presentarse con el calzado reglamentario. Se prohíbe el uso de tacones, plataformas, zapatillas con brillos y cualquier calzado que no sea una bota militar. Firmado: General S. Davis."*

Me quedé mirando la hoja. Después miré mis pies. Llevaba puestos mis últimos tacones, los que había logrado salvar del embargo escondidos dentro de mi mochila: unos Louboutin rojos, con suela de charol y un valor sentimental incalculable.

-Brunilda -dije-. ¿Esto es una broma?

-No -respondió ella, sin levantar la vista de la revista de tanques que leía-. El general es muy estricto con el calzado.

-Pero... yo uso tacones. Los tacones son mi identidad. Son mi esencia.

-Son un riesgo laboral.

-Son arte.

-Son un peligro público. El otro día un cabo se quedó cojo por tu culpa.

-Fue un accidente.

-Fue en la nuca, Leyha.

Entendí que no iba a ganar esa discusión. Pero tampoco pensaba rendirme tan fácil. Yo era la reina de los conciertos, y las reinas no se rinden: negocian.

Así que a la mañana siguiente, después de la formación, del desayuno y de una breve crisis existencial en la fila del comedor, me dirigí al almacén de intendencia, un galpón enorme lleno de cajas, uniformes y un olor a naftalina que podía noquear a un buey.

Detrás del mostrador había un hombre bajito, de bigote enorme y lentes de fondo de botella, que se llamaba, según la placa de su pecho, *Teniente Nepomuceno Ballesteros*. Estaba clasificando calcetines con una concentración casi religiosa.

-Buenos días, teniente -dije, con mi mejor sonrisa de portada de revista.

-No vendemos autógrafos -respondió sin levantar la vista.

-Oh, no. Yo vengo por un tema de calzado.

-Botas. Talla.

-Verá, tengo un pequeño problema. Mi piel es muy sensible al cuero rígido. Me salen ampollas, hematomas, y a veces, incluso, desmayos.

-Botas. Talla.

-Y mis pies son un instrumento delicado. Yo canto con los pies. Es una técnica. Se llama "proyección plantar".

Por fin levantó la vista. Tenía los ojos diminutos detrás de los cristales, y me miró como se mira a un insecto particularmente tonto.

-Eysmar -dijo despacio-. Usted es la del tanque de agua.

-No tiene por qué usar esa expresión.

-La del comedor de oficiales.

-Fue un desvío.

-La de la cortina.

-Eso es... no hablemos de eso.

-Talla -repitió, con una paciencia sobrehumana.

-Treinta y siete -murmuré, derrotada.

Desapareció entre los estantes y volvió con una caja enorme. La abrió con ceremonia, como quien muestra un tesoro. Dentro había un par de botas negras, de cuero duro, con cordones gruesos y una suela tan gruesa que parecía diseñada para aplastar tanques.

-Aquí tiene -dijo con orgullo-. Botas de combate. Reforzadas. Con puntera de acero.

Las tomé. Pesaban lo que una ancla.

-Esto... ¿son del tamaño correcto?

-Son del tamaño que hay.

-Parecen... para un hombre de cuarenta y cuatro.

-Y medio. Pero tenemos calcetines gruesos. Muy gruesos. Pruébeselas.

Me las probé. Me sentí como un niño que se había metido en los zapatos de su padre. Intenté dar un paso y las botas se quedaron pegadas al suelo. Di otro paso y me tropecé con mis propios pies. Estiré los brazos para recuperar el equilibrio, me agarré de una estantería, la estantería se inclinó, y de pronto empezó a caer una avalancha de cajas.

Cuarenta cajas de calcetines. Treinta de gorras. Veinte de cinturones. Y, para rematar, un maniquí con uniforme de gala que se desplomó sobre mí con una elegancia espantosa y me dejó tendida en el suelo, abrazada a un soldado de plástico que parecía muy satisfecho con la situación.

Hubo un silencio.

-Lo siento -dije, con la cara aplastada contra el pecho del maniquí.

El teniente Ballesteros dejó caer su lápiz. Despacio, se quitó los lentes, los limpió con una gamuza, se los volvió a poner y me miró con una resignación infinita.




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