Una estrella en el ejercito.

Capítulo 4: La reina del comedor.

Leyha Eysmar.

Hay castigos que uno ve venir desde lejos, como un tren sin frenos, y otros que llegan disfrazados de ascenso. El mío llegó disfrazado de ascenso.

-Eysmar -dijo el sargento Barrios durante la formación, con una sonrisa que me dio más miedo que su cepillo de dientes-. A partir de hoy, y por orden directa del general, queda usted asignada al servicio de cocina.

-¿A la cocina? -repetí, con los ojos brillantes-. ¿A cocinar?

-A ayudar.

-Pero yo cocino divino.

-Usted incendió una cocina ajena.

-Eso fue una confusión entre "flambear" y "carbonizar". Cualquiera se equivoca.

-Dieciocho bomberos se equivocaron con usted, según el parte.

-Eran cuatro.

-Para el parte eran dieciocho. El general lo redondeó hacia arriba.

Así fue como, a las tres de la tarde, me encontré frente a las puertas de la cocina del cuartel, un galpón enorme, lleno de vapor, ollas del tamaño de bañeras y un olor a repollo que hubiera hecho llorar a un ejército entero. Con mi delantal blanco, mi gorro de cocinero y mis botas reglamentarias, que ya empezaban a ablandarse, me sentía como la heroína de una película de guerra... aunque una de las malas.

Al fondo, de pie sobre una caja de madera para que lo vieran mejor, había un hombre mínimo, redondo y rojo como un tomate, con un cucharón en la mano y una expresión de general en medio de una batalla.

-¿Eysmar? -gritó, con una voz de trueno que no coincidía con su tamaño.

-Presente.

-Yo soy el cabo Teodoro Pinzón, jefe de cocina, maestro de ollas y último defensor del buen sabor en este ejército. ¿Sabe usted cocinar?

-Un poquito.

-¿Un poquito cómo?

-Hago un huevo frito espectacular.

-¿Con aceite o con lágrimas?

-Con... ¿ambas?

El cabo Pinzón cerró los ojos y respiró hondo, como si le hubieran pedido que cuidara un volcán.

-Muy bien -dijo con la paciencia de un santo ya cansado-. Le voy a dar una tarea sencilla. Algo que no pueda arruinar. Tiene delante una olla de sopa para quinientos hombres. Solo debe vigilar que no hierva. Si ve que se acerca a hervir, baja el fuego. ¿Entendido?

-Entendidísimo.

-Es muy sencillo. Vigila, y no toques nada.

-No toco nada.

-Voy al almacén a buscar sal. Cinco minutos.

-Cinco minutos.

-Cinco. No seis. No diez. No "me dio sed y me fui al baño". Cinco.

-Cabo, soy un soldado.

-Eso es lo que me preocupa.

Se fue, con la espalda tiesa y el cucharón apretado como quien lleva un rosario. Me quedé sola frente a la olla, que era del tamaño de un jacuzzi y burbujeaba con un líquido de color indefinido, algo entre marrón y gris, con trozos flotantes que no me atreví a identificar.

-Hola -le dije a la sopa-. Soy Leyha. Vamos a llevarnos bien.

La sopa burbujeó, sin comprometerse.

Pasaron dos minutos. Yo, con mi mejor postura de vigilante, no despegaba los ojos de la superficie. Pasó el tercer minuto. Una burbuja explotó, y yo respondí con un gesto firme de aprobación. En el cuarto minuto, se me ocurrió que, si yo había cantado en los mejores teatros del mundo, mi talento no podía desperdiciarse en una simple vigilancia. Una artista debe aportar. Una artista debe mejorar.

-Le falta sabor -me dije, probando con un cucharón-. Le falta... carácter.

Miré a mi alrededor. Sobre la mesa había frascos, bolsas y tarros de todos los colores. Tomé uno al azar. Decía "COMINO". Eché una cucharada. Tomé otro. Decía "PIMENTÓN". Eché dos. Tomé un tercero, un bote grande, con una etiqueta medio borrada. Leí: "...ICA...". Pensé que decía "Pimienta" y no se me ocurrió pensar que podía decir "Pólvora Ceremonial de Artillería" o "Lejía Industrial de Alta Pureza".

Me incliné hacia la olla con el frasco en la mano, para echarlo con elegancia, como una chef de estrella Michelin, y entonces ocurrió: el frasco se me resbaló de los dedos.

Cayó en cámara lenta. Yo lo vi caer, estiré el brazo, di un salto hacia adelante y en ese instante mi bota izquierda, reforzada y de suela gruesa, pisó un charco de aceite que había junto a la cocina. Patiné, salí volando con los brazos extendidos, como un ángel borracho, y mi cuerpo entero se estrelló contra el costado de la olla.

La olla se movió. Una sola vez. Un temblor profundo, grave y solemne, como el de un volcán que se despierta.

Después hubo un silencio.

-Esto no puede ser bueno -murmuré.

La sopa empezó a burbujear con más fuerza. Primero, pequeñas burbujas. Luego, burbujas medianas. Después, burbujas del tamaño de una pelota de tenis. Se oyó un gorgoteo cavernoso, como si algo enorme estuviera tragando saliva. Un vapor verdoso salió de la olla y llenó la cocina con un perfume indescriptible, mezcla de repollo hervido, pólvora quemada y calcetines viejos.

-No, no, no, no -dije, retrocediendo-. Bájate. Ya está. No hiervas. Por favor.

La sopa no me hizo caso.

El primer chorro salió disparado hacia el techo como un géiser, golpeó una viga y volvió a caer en forma de lluvia verde. El segundo fue más potente: una columna de espuma color pistacho, espesa y burbujeante, que subió, subió y subió hasta formar una nube que empezó a avanzar por la cocina como una ola vengativa.

-¡CABO PINZÓN! -grité.

La espuma devoró una mesa. Devoró dos estantes. Devoró un carrito de cubiertos, que salieron volando con un estrépito metálico. Yo salí corriendo hacia la puerta, resbalé tres veces, me caí, me levanté, me volví a caer, y finalmente conseguí llegar a la entrada trasera, que daba al patio del comedor.

Justo en ese momento, las puertas del comedor se abrieron.

Y entró la comitiva.

Aquel día, por mala suerte, por desgracia, por una conspiración cósmica de las que solo me pasan a mí, el cuartel recibía una visita de inspección: un coronel de gala, de uniforme impecable y bigote recién encerado, acompañado de dos capitanes, un sargento mayor y un oficial con un portapapeles. Venían a revisar las instalaciones, a probar la comida y a dar su veredicto. Y habían escogido, justamente, ese momento para cruzar las puertas de la cocina.




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