Leyha Eysmar.
Si alguna vez te dicen que una marcha nocturna es "una experiencia formativa", corre. Corre en dirección contraria, y si tienes botas de combate, quítatelas y corre descalzo.
El día empezó con entrenamiento. Mucho entrenamiento. Tanto, que a las nueve de la mañana yo ya había perdido la fe en mis piernas.
—¡RECLUTAS! —ladró el sargento Barrios desde una tarima—. Hoy, el general Davis ha decidido que el pelotón de Eysmar necesita... refuerzo.
—¿Mi pelotón? —susurré a Pipe—. ¿Tengo un pelotón?
—Somos nosotros. Los inútiles.
—Yo no soy inútil.
—Ayer incendiaste una sopa.
—Eso es talento mal canalizado.
El sargento nos miró uno por uno, con las manos en la cintura.
—Primera prueba: la pista de obstáculos.
Treinta soldados miraron hacia el campo. Yo también. Y se me bajó el alma a los pies.
Era una cosa monstruosa. Había un muro de tres metros, una red de cuerdas colgantes, un foso de barro, una barra horizontal para trepar, un túnel de alambre de púas y, al final, una cuerda sobre un estanque que tenía, según el cartel, "AGUA NO POTABLE (NI SIQUIERA PARA ANIMALES)".
—Esto no es para humanos —dije.
—Es para soldados —respondió el sargento.
—¿Y hay diferencia?
—Los soldados no preguntan.
Empezamos. Pipe saltó el muro con una agilidad inesperada, como una ardilla con complejo de héroe. Brunilda lo escaló como si fuera una escalera de casa. Yo me quedé al pie, mirándolo con la dignidad de quien contempla el Everest.
—Eysmar —gritó el sargento—, ¡suba!
—Estoy planeando mi estrategia.
—¡Su estrategia es subir!
Agarré la cuerda. Me impulsé. Subí un metro. Resbalé medio. Subí otro. Resbalé uno. Después de cinco minutos de lucha heroica, estaba en lo alto del muro, jadeando, con las uñas rotas, y entonces descubrí el verdadero problema: tenía que bajar.
—¡Salte! —gritó el sargento.
—¡Es muy alto!
—¡Salte, Eysmar!
—¡Si me rompo algo, le mando la factura!
Cerré los ojos. Salté. Aterricé de culo, con un golpe seco y un quejido digno de ópera. Todos se quedaron mirándome en silencio, hasta que una voz, desde el fondo, dijo:
—Diez de diez por el estilo.
Era el flaquito, claro.
Seguí con la red de cuerdas, donde me quedé enganchada del cinturón y colgué durante cuatro minutos como un jamón. Seguí con el foso de barro, donde perdí una bota, encontré una rana y lloré brevemente. En el túnel de alambre de púas, arrastrándome como una lombriz, enganché mi pelo, o lo que quedaba de él, y tuve que ser rescatada por dos cabos que, mientras me desenganchaban, murmuraban cosas como "pobre mujer" y "qué le hicieron".
Cuando llegué a la cuerda del estanque, ya estaba cubierta de barro, sangre de rasguño y una profunda desesperanza. Me agarré a la cuerda, me balanceé hacia el otro lado y, a mitad de camino, me di cuenta de que olvidé un detalle fundamental: la cuerda no llegaba hasta la orilla.
—Sargento —grité—, ¡la cuerda es corta!
—¡Es parte del ejercicio!
—¡¿Cuál es el ejercicio?!
—¡Aprender a soltarse!
Me solté. Caí al estanque con un chapuzón monumental, hundiéndome hasta el cuello en un agua de color sospechoso. Cuando emergí, tosiendo, con un alga en la cabeza, escuché los aplausos. Eran treinta soldados, el sargento y, en lo alto de una colina, de pie junto a un árbol, un hombre alto con las manos a la espalda.
El general Davis nos observaba en silencio. No aplaudía. No se movía. Pero por la manera en que sus hombros subían y bajaban, juraría que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no reírse.
El segundo entrenamiento fue la clase de combate cuerpo a cuerpo, que se dio después de un almuerzo que no comí porque el cabo Pinzón me prohibió acercarme a cualquier cubierto (y porque aún me temía).
—Eysmar —dijo el instructor, un gigante llamado Sargento Ortuño, con brazos como troncos—, vamos a practicar defensa personal. Usted será mi pareja.
—¿Yo?
—Usted.
—¿No hay alguien más pequeño?
—Hay uno más pequeño, pero es Pipe, y no queremos matarlo.
—Gracias —murmuró Pipe.
Me colocaron frente a él. Era un hombre del tamaño de una puerta, con una mandíbula que parecía tallada a hachazos.
—Voy a sujetarla del brazo —explicó—. Usted debe zafarse con la técnica que le enseñé.
—¿Qué técnica?
—La del giro y palanca.
—No me enseñó eso.
—Se lo expliqué ayer.
—Ayer me dormí.
—Lo sé. Roncaba.
Me sujetó la muñeca con una suavidad engañosa. Yo giré, como me pareció que había que hacer, tiré hacia abajo, pegué un salto, perdí el equilibrio y, de alguna forma que aún no logro explicar, terminé sentada sobre su espalda, con su brazo doblado hacia atrás y él gritando como un cerdo.
—¡AUXILIO! —aulló el gigante—. ¡ME ROMPE EL BRAZO!
—¡Lo siento! ¡No sé cómo lo hice!
—¡SUÉLTEME!
—¡No sé cómo se suelta!
Pasaron dos minutos de caos, tres cabos y un botiquín antes de que lograran separarnos. El instructor Ortuño se quedó sentado en el suelo, sobándose el hombro, mirándome con una mezcla de miedo y respeto.
—Eysmar —dijo con voz débil—, es usted la persona más peligrosa de la base.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Todos me dicen eso.
La noche cayó como una manta de terciopelo oscuro. Mientras el pelotón se reunía en el patio, con mochilas de veinte kilos a la espalda y linternas, el general Davis apareció frente a nosotros, tan severo y tan perfecto como siempre.
—Reclutas —dijo con voz grave—, esta noche haremos una marcha de quince kilómetros por terreno boscoso, sin luz artificial, orientándonos con brújula y mapa. Cada pelotón recibirá un punto de destino. El primero en llegar, gana. El último, limpia los establos.
—¿Establos? —murmuré.
—Hay establos —susurró Pipe—. Con caballos. Y cosas.
—¿Qué cosas?
—No quieres saberlo.