Una estrella en el ejercito.

Capítulo 6: Concurso de talentos.

Leyha Eysmar.

Hay tres cosas que un soldado jamás debe hacer en un concurso de talentos militar: improvisar, prender fuego a algo y subestimar a un micrófono viejo. Yo hice las tres.

Pero vamos por partes.

El concurso se anunció esa misma mañana, durante la formación, con la solemnidad de una declaración de guerra.

—Reclutas —dijo el sargento Barrios, con las manos a la espalda—. Mañana por la noche se celebra el Concurso Anual de Talentos de la Base Fuerte Roble. Participación obligatoria para cada pelotón. Un acto por pelotón. Duración máxima: cinco minutos.

—¿Y qué se gana? —preguntó el Oso.

—Honor.

—¿Algo más?

—Un día libre de limpieza de letrinas.

Treinta reclutas contuvieron el aliento. Yo sentí que me hablaban de la gloria eterna.

—¿Y qué se pierde? —preguntó Brunilda.

—El honor. Y el pelotón perdedor limpia las letrinas del ganador durante una semana.

Silencio.

—Eysmar —dijo el sargento, mirándome fijamente—, usted es la jefa de pelotón. Y, según los rumores, una especie de celebridad.

—Soy la reina de los conciertos —aclaré, con la barbilla en alto.

—Entonces el acto de su pelotón está en sus manos.

Treinta pares de ojos se clavaron en mí con la expresión de quien confía su vida a un piloto que acaba de confesar que nunca ha volado.

—Tranquilos —dije—. Esto es lo mío.

—Eso es justo lo que nos preocupa —susurró Pipe.

Antes del ensayo, sin embargo, teníamos entrenamiento. Porque en el ejército, lo único que nunca se cancela es el sufrimiento.

—¡PRIMERA ACTIVIDAD! —bramó el sargento Ortuño, el gigante de brazos de tronco al que casi le rompí el hombro—. ¡ORDEN CERRADO!

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Marchar —respondió Pipe—. En línea recta, al mismo paso, todos juntos.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Fácil.

No fue fácil.

Primero, aprendí que existen cuatro tipos de giro: a la derecha, a la izquierda, media vuelta y "no, Eysmar, el otro lado". Segundo, que "paso redoblado" no significa "bailar", como yo había supuesto. Y tercero, que cuando treinta personas marchan a un mismo ritmo, la única que se desfasa se nota desde el espacio.

—¡IZQUIERDA! —gritó el sargento.

Treinta botas giraron a la izquierda. Una giró a la derecha. Chocó con el Oso, que chocó con Brunilda, que chocó con Pipe, que cayó sobre un cabo que pasaba por allí, y el efecto dominó terminó en una pila humana de reclutas jurando en tres idiomas.

—Perdón —dije desde el fondo del montón.

—Eysmar —suspiró el sargento Ortuño, con una calma peligrosa—, ¿cuál es su izquierda?

—Esta —dije, levantando la mano derecha.

—Esa es la derecha.

—Entonces es mi izquierda de verdad. Es que mi cuerpo está volteado.

Le dedicaron cuarenta minutos de ejercicios solo a mí. Cuarenta minutos de marchar en solitario por el patio, con el sargento gritando "¡IZQUIERDA!" y yo girando con la determinación de un trompo ebrio. Al final lo conseguí, lo juro. Di un giro perfecto a la izquierda. Fue tan impecable, tan limpio, tan marcial, que el sargento dejó de gritar y me miró con orgullo.

—¡Eso es, Eysmar! ¡Así se hace!

Sonreí. Me sentí poderosa. Y entonces, por pura emoción, di un paso atrás para celebrarlo y caí de espaldas en una zanja que no estaba ahí cuando empecé.

—¿Quién cavó eso? —gritó Ortuño.

—Fue el sargento Barrios —informó Pipe—. Es para el sistema de drenaje.

—¡Pues que le pongan una señal!

—Está la señal —dije desde el fondo de la zanja, levantando un cartel enlodado—. Me cayó encima.

Esa noche, el auditorio de la base, un galpón enorme que olía a madera vieja y a naftalina, se llenó de soldados, cabos, sargentos y oficiales. En las primeras filas, con sillas de honor, estaban los altos mandos, incluido el general Davis, sentado con las piernas cruzadas y la expresión de quien asiste a una ejecución. A su lado, el coronel Valdivia, el de la sopa, me lanzó una mirada que podría haber derretido el hierro.

Detrás del telón, el pelotón de Eysmar ensayaba nerviosamente.

—Muy bien —dije, con las manos en las caderas—. Lo he pensado bien. Haremos un número musical. Yo cantaré, y ustedes harán los coros y la coreografía.

—¿Coreografía? —repitió el Oso, aterrado.

—Una sencilla. Pasos básicos.

—Leyha, nosotros marchamos. No bailamos.

—Hoy bailaremos. Con sentimiento.

—¿Y qué vas a cantar? —preguntó Brunilda.

—Mi mayor éxito. "Reina de los corazones".

—¿Esa que se escucha en todas las radios?

—Esa. Ya verán cómo los conquisto.

—¿Y los instrumentos?

—Hay un micrófono. Con eso me basta.

Pipe se asomó por una rendija del telón, observó la sala llena de uniformes, y se puso del color de la leche.

—Leyha, hay mil personas.

—Perfecto. Tengo experiencia con las multitudes.

—Hay un general.

—Eso es un incentivo.

—Hay un coronel que quiere ahorcarte.

—Eso es una motivación extra.

—Hay... un ministro.

Me quedé inmóvil.

—¿Un ministro?

—Sí. Con corbata. Mira, en la fila tres.

Miré. Efectivamente, en la tercera fila, entre dos oficiales de gala, había un hombre de traje oscuro, calvo y con cara de aburrimiento perpetuo. Se secaba la frente con un pañuelo y miraba su reloj cada diez segundos.

—Es el Ministro de Defensa —susurró Brunilda—. Vino a supervisar. Ya se quejó de la comida, del calor y del olor.

—¿Qué olor?

—El de la espuma verde.

—Qué quisquilloso.

El maestro de ceremonias, un capitán con voz de locutor de radio, subió al escenario.

—¡Damas y caballeros, soldados y oficiales! ¡Bienvenidos al Concurso Anual de Talentos! ¡Nuestro primer acto: el Pelotón Alfa, con una demostración de malabares con granadas inertes!

Aplausos. Los del Pelotón Alfa salieron con granadas de plástico y empezaron a lanzarlas al aire, una tras otra, con una precisión irreprochable. Cuando terminaron, el público aplaudió con entusiasmo.




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