Leyha Eysmar.
Pipe tenía razón: los rumores en una base militar viajan más rápido que una bala y con mucho menos control de calidad.
Para el desayuno, ya había tres versiones circulando. La primera decía que el general y yo nos habíamos besado detrás del escenario. La segunda, que nos habíamos casado en secreto en la capilla del cuartel. La tercera, la más popular, que yo era hija ilegítima del general y que por eso me protegía.
—¡Eso es absurdo! —chillé en la fila del comedor—. ¡Tiene treinta años más que yo!
—Dieciocho —corrigió Brunilda.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo busqué en su expediente.
—¿Tienes acceso a su expediente?
—Tengo amigas en administración.
El Oso, con una bandeja en la mano, se acercó con aire conspirador.
—Yo oí que le regaló unas botas.
—¡Fue el teniente Ballesteros!
—El teniente dice que no.
—¿Cómo que no?
—Dice que él solo entregó las botas, pero que la caja y la nota las dejó otra persona.
—¿Qué persona?
—Una de uniforme impecable y cara de piedra.
Me llevé la bandeja al pecho como un escudo. En ese momento, el cabo Pinzón, desde detrás del mostrador, me miró con ojos de lástima.
—Eysmar —dijo—, no se le acerque a la sopa. Hoy es de lentejas. No quiero otra erupción verde.
—Cabo, jamás volvería a...
—Lo sé. Pero la última vez dijo lo mismo.
Comí mi plato de lentejas con la cabeza gacha, soportando miradas, cuchicheos y un par de silbidos que me hicieron desear convertirme en una lenteja.
El entrenamiento de ese día era "supervivencia en terreno natural". Es decir, dejarnos solos en el bosque con una navaja, una cuerda y cero instrucciones útiles.
—Reclutas —nos dijo el sargento Ortuño, parado frente a una pared de árboles—, hoy aprenderán a identificar plantas comestibles, refugios improvisados y fuentes de agua. Les daré tres horas. Quien no regrese a tiempo, limpiará los baños.
—Siempre los baños —suspiró Pipe.
—Es la única amenaza que funciona.
Nos dividieron en parejas. A mí me tocó, por supuesto, con Pipe, quien aceptó su destino con la resignación de un mártir.
—Muy bien —dije mientras entrábamos al bosque—. Primero buscaremos algo de comer.
—Con cuidado. Hay plantas venenosas.
—No me digas. ¿Cómo se distinguen?
—El sargento dijo que las venenosas tienen hojas de tres puntas.
—¿Como estas?
Miré a mi alrededor. Todo, absolutamente todo el suelo estaba cubierto de plantitas verdes y brillantes de tres hojas cada una.
—Eh... sí. Como esas.
—Entonces... están por todas partes.
—Qué mala suerte.
Caminamos un rato. Intenté recoger bayas, pero Pipe me detuvo justo antes de que me las llevara a la boca, explicando que eran "del tipo que te manda al hospital". Intenté beber de un arroyo, pero Pipe vio un animal muerto río arriba y casi se desmaya. Intenté construir un refugio con ramas y hojas, pero se desplomó sobre nosotros con la elegancia de un castillo de naipes.
—Estamos haciendo un trabajo excelente —dije, con una rama en el pelo.
—Estamos haciendo un trabajo inexistente.
A la hora y media, ya agotados, nos topamos con un claro precioso, cubierto de una alfombra de hojas verdes y relucientes. En el centro había un tronco caído, perfectamente cómodo.
—Aquí descansaremos —anuncié, dejándome caer sobre el follaje.
—Leyha, no creo que...
—Shhh. Estoy comunicándome con la naturaleza.
Me recosté sobre las hojas. Qué suaves eran. Qué frescas. Qué agradable la sensación en las manos, en los brazos, en el cuello, en las mejillas, en la cara. Me restregué un poco, cerré los ojos y suspiré de placer.
—Leyha —dijo Pipe, con una voz extrañamente aguda—. Esas hojas...
—Son una delicia.
—Tienen tres puntas.
Abrí un ojo. Miré la hoja que tenía en la mano. Tres puntas.
—Pipe.
—¿Sí?
—¿Qué dijo el sargento de las hojas de tres puntas?
—Que eran... hiedra venenosa.
—¿Y qué hace la hiedra venenosa?
—Pica. Mucho.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Entonces sentí la primera comezón. Muy leve, apenas un cosquilleo en el antebrazo. Después, otro en el cuello. Después, uno en la mejilla. Y, de pronto, como si alguien hubiera encendido una alarma, todo mi cuerpo empezó a arder.
—¡AAAAAH! —grité.
—¡No te rasques!
—¡NO PUEDO NO RASCARME!
—¡Si te rascas se propaga!
—¡YA SE PROPAGÓ!
Y era cierto. En cuestión de minutos, mis brazos se hincharon, mi cara se llenó de ronchas rojas y mis manos parecían guantes de boxeo. Tenía los ojos como rendijas, los labios hinchados como los de un pez y el cuello tan inflamado que parecía tener una segunda cabeza en formación.
—Leyha —murmuró Pipe, retrocediendo con las manos extendidas—. Estás... diferente.
—¿Qué tan diferente?
—Como un tomate con ojos.
Corrí hacia el cuartel gritando, rascándome y llorando al mismo tiempo, mientras Pipe corría detrás de mí, gritando "¡NO TE RASQUES!" y "¡ESPÉRAME!" alternativamente. Cruzamos el patio a toda velocidad. Un cabo se hizo a un lado para dejarnos pasar. Dos soldados soltaron las bandejas. Un sargento se persignó.
Irrumpí en la enfermería como un huracán, derribé un carrito de gasas, aplasté un frasco de alcohol y me desplomé sobre la camilla más cercana, gimiendo.
—¡Auxilio! —dije con voz ronca—. ¡Me muero! ¡Díganle a mi abuela que sí tenía razón!
Una enfermera de pelo canoso y cara de haber visto todo lo que hay en este mundo se acercó con una linterna, me abrió el párpado con un dedo, me miró la lengua, me levantó la manga y soltó un silbido largo.
—Hiedra venenosa —diagnosticó—. Del tipo grave. Con complicaciones.
—¿Complicaciones?
—Se frotó la cara con las hojas.
—Era un colchón natural.
—Era un campo de batalla. Cuarentena inmediata. Siete días.
—¿Siete? ¿Y mi entrenamiento?