Leyha Eysmar.
Salí de la cuarentena al quinto día, por buena conducta y porque la enfermera me confesó que ya no soportaba mis cantos de desesperación a las tres de la madrugada.
—Váyase —me dijo, abriéndome la puerta—. Y por lo que más quiera, no se acerque a ninguna planta.
—Ni a las de plástico, descuide.
Mi piel había vuelto a la normalidad, más o menos. Quedaban unas manchas rosadas en los brazos y una ligera hinchazón en el párpado izquierdo que me daba un aire de boxeadora retirada. Crucé el patio con la cabeza erguida, dispuesta a enfrentar al mundo, y el mundo me enfrentó a mí con treinta reclutas formados en fila, aplaudiendo.
—¡Bienvenida, momia! —gritó el Oso.
—¡Viva la momia! —coreó Brunilda.
—¿Quién les contó lo de la momia?
—Salió en el periódico —dijo Pipe, orgulloso—. Te hiciste famosa.
Me detuve. Respiré hondo.
—¿Y quién tomó la foto?
Todos se miraron entre sí, y entonces, desde el fondo de la formación, una mano tímida se levantó con lentitud. Era el teniente Ballesteros, el del bigote gigante, con una cámara colgada del cuello y una expresión de profundo arrepentimiento.
—Fui yo —confesó—. Pero es que había un pájaro.
—¿Un pájaro?
—Un jilguero. En el alféizar de la ventana. Yo soy aficionado a la fotografía de aves y, bueno, el pájaro estaba justo detrás de ustedes, y yo solo quería captar su plumaje...
—¿Y nos incluyó a nosotros?
—Salieron de fondo.
—¡Salimos en primera plana!
—El editor de la Gaceta Militar es mi primo.
—¡Teniente!
—Lo siento —dijo, retorciéndose el bigote—. Prometo que el pájaro salió precioso.
En ese momento se oyó un carraspeo grave. Todos nos pusimos firmes de inmediato. El general Samuel Davis cruzaba el patio con paso marcial, las manos a la espalda y la mirada de acero.
—Teniente Ballesteros —dijo sin alzar la voz—. Se queda sin cámara por un mes.
—Sí, mi general.
—Y sin bigote, si vuelve a publicar algo sin mi autorización.
El teniente se llevó las manos al bigote con horror.
—Sí, mi general.
—Eysmar.
—¿Mi general?
Me miró. Un instante. Quizá dos segundos. En esos dos segundos pasó entre nosotros un recuerdo tibio, como un olor a sopa de pollo, que ninguno de los dos mencionó.
—Se reincorpora al entrenamiento hoy —dijo, volviendo a su voz de piedra—. A las nueve, en el campo de tiro.
—¿Tiro? —se me quebró la voz—. ¿Otra vez?
—Es parte de su formación.
—Pero mi general, la última vez le di a un tanque de agua.
—Y a un coronel.
—Fue un daño colateral.
—Hoy será diferente —sentenció, y se alejó con paso firme.
Pipe se acercó, con cara de funeral.
—Hoy será peor —susurró.
El campo de tiro de la base era un descampado enorme, rodeado de lomas de tierra y señalizado con banderines rojos. Al fondo se alzaban filas de blancos de madera, con siluetas de cartón pintadas de negro. A mano derecha estaba la caseta de los oficiales, con su tanque de agua nuevo (reparado a costa de mi sueldo, que no existía). Y en lo alto de la caseta, coronando el techo, giraba un viejo gallo de bronce rojo.
—Ese es el Gallo Rojo —me explicó Brunilda, señalándolo con respeto—. Es el símbolo de la base. Lo instaló el fundador, el Mariscal Gaspar Robledo, hace ciento diez años.
—¿Un gallo?
—Era un hombre muy criado en gallinero.
—Qué casualidad.
—Dicen que da suerte. Si el Gallo Rojo cae, la base cae.
—Qué dramático.
—Es una tradición.
—Qué tontería.
—Leyha —dijo Pipe, tomándome del hombro—, por favor, jamás en tu vida le apuntes a ese gallo.
—¿Por qué le apuntaría?
—Porque eres tú.
El sargento Ortuño repartió fusiles. El mío era uno viejo, pesado, de culata de madera tallada y cañón largo que parecía más alto que yo. Lo sostuve como quien sostiene a un bebé ajeno: con las dos manos, a punta de brazos extendidos, sin saber dónde ponerlo.
—Eysmar —ladró el sargento—. ¿Por qué lo sostiene como a un gato?
—Es que tengo miedo de que se dispare solo.
—No se dispara solo.
—Eso dicen todos antes de que se dispare solo.
—Póngalo en el hombro.
—¿Dónde?
—En el hombro.
—¿En este?
—En el otro.
—¿Y este?
—¡EL DERECHO!
Me lo coloqué en el hombro izquierdo. Y luego, con una seguridad absoluta, giré el fusil hasta apuntar directamente al grupo de reclutas que esperaba su turno.
—¡AGÁCHENSE! —gritó alguien.
Treinta cuerpos se lanzaron al suelo como piezas de dominó. El sargento Ortuño me quitó el fusil de las manos con una rapidez que no habría sospechado en un hombre de su tamaño.
—Eysmar —dijo con voz temblorosa—. Nunca. Jamás. En ningún caso. Apunta a un compañero.
—Estaba calibrando.
—Ese fusil estaba cargado.
—¿En serio?
—Tiene balas de verdad.
—¿Y por qué no me avisó antes?
—¡LO HICE! ¡HACE DIEZ MINUTOS!
—Es que me distraje.
—¿Con qué?
—Con el gallo. Es muy bonito.
Fue entonces cuando apareció, por detrás, una sombra alta y firme.
—Déjeme a mí, sargento.
El sargento Ortuño se cuadró de inmediato.
—Mi general. No hace falta que usted...
—Yo me encargo.
Ortuño me miró con una expresión que decía "que Dios se apiade de usted" y se retiró a paso ligero. Los reclutas, ya de pie, nos observaban desde lejos con la boca abierta.
El general se detuvo a mi lado. Tomó el fusil, lo revisó con ojo experto, comprobó el seguro, y me lo devolvió con delicadeza.
—Primero lo primero. La postura.
—¿La postura?
—Las piernas separadas al ancho de los hombros. La rodilla izquierda ligeramente flexionada.
Intenté imitarlo. Separé las piernas demasiado y perdí el equilibrio. Las cerré demasiado y casi me caí. Al final adopté una posición que parecía más bien la de una mujer a punto de dar a luz a un caballo.