Una estrella en el ejercito.

Capítulo 9: El rumor.

Leyha Eysmar.

Hay una ley no escrita en toda base militar: si dos personas se miran más de tres segundos, al cuarto ya están comprometidas, al quinto ya eligieron nombres para los hijos y al sexto alguien ya está tomando apuestas.

Cuando desperté al día siguiente, la base entera había decidido que el general Samuel Davis y yo éramos novios. Nadie nos lo preguntó. Nadie nos lo confirmó. Nadie esperó siquiera a que hubiera algo que confirmar.

—Buenos días, Gallicida —me saludó un cabo desconocido en el pasillo, guiñándome un ojo.

—Buenos días, cuñada —dijo otro, con una reverencia.

—¿Cuñada? —me detuve en seco—. ¿Cuñada de quién?

—Del sargento Barrios. Dicen que es primo del general.

—¡No es primo del general!

—Eso dicen ustedes, los enamorados, para despistar.

Seguí caminando con la cara ardiendo. En el patio, un grupo de reclutas dejó de hablar al verme pasar y empezó a silbar una marcha nupcial, con una desafinación tan terrible que me dieron ganas de arrestarlos por crueldad hacia la música.

—¡Pipe! —grité cuando lo vi llegar con una taza de café—. ¡Esto se salió de control!

—Es peor de lo que crees.

—¿Peor?

—Mira el tablón de anuncios.

Corrí hasta el tablón de la entrada. Entre las órdenes del día y los horarios de guardia, había una hoja nueva, escrita con letra redonda y adornada con corazones dibujados a lápiz. Decía:

*"APUESTAS ABIERTAS. ¿Cuándo se casan el General Davis y la Gallicida? Fecha límite: viernes. Inscripción: dos dólares. Premio al ganador: el pozo completo y un día sin letrinas. Organiza: Sgto. Barrios."*

Debajo, una lista de nombres con fechas. Había treinta y dos apuestas. El Oso había apostado por el mes de diciembre. Brunilda, por un matrimonio en primavera. El cabo Pinzón, por "después de la próxima sopa verde". Hasta el teniente Ballesteros se había apuntado con una nota que decía: "Boda al amanecer, con pájaros".

—¿Y tú? —le pregunté a Pipe, con los ojos entrecerrados.

—¿Yo qué?

—¿Apostaste?

—Yo no.

—Pipe.

—Bueno, un poquito.

—¡PIPE!

—¡Es que pagaban muy bien!

Mientras tanto, en el despacho del general, la situación no era mejor.

Eso lo supe después, por el chismorreo de un asistente que presenció toda la escena detrás de una puerta mal cerrada. Según su relato, el general Samuel Davis llegó a su oficina a las seis de la mañana, como cada día, se sentó frente al escritorio, abrió la carpeta de órdenes y se encontró encima del papel un pequeño ramo de flores silvestres atado con una cinta verde.

Lo miró con el ceño fruncido durante varios minutos.

—¿Qué es esto? —preguntó al aire.

—Un obsequio, mi general —respondió un cabo desde el rincón, con la cara aplastada contra una libreta.

—¿De quién?

—De toda la tropa. Para su futura esposa.

El general cerró los ojos. Contó hasta diez. Luego hasta veinte. Cuando los abrió, sonrió con una cortesía tan helada que el cabo retrocedió un paso.

—Cabo —dijo con suavidad—. ¿Sabe usted lo que ocurre con los soldados que difunden rumores sin fundamento?

—Eh... ¿los felicitan?

—Limpian las letrinas.

—Ya limpiamos las letrinas.

—Las limpian de nuevo.

—Sí, mi general.

—Con cepillos de dientes.

—Sí, mi general.

—Con los suyos.

—¡Eso es cruel, mi general!

—Es mi especialidad.

Dicen que, cuando el cabo se marchó, el general se quedó mirando el ramo durante un largo rato. Dicen que lo tomó. Dicen que lo olió. Dicen que, tras comprobar que no había nadie cerca, lo colocó cuidadosamente en un vaso de agua sobre su escritorio, junto a una lámpara de bronce, y volvió a sus papeles con una sonrisita que nadie, jamás, se atrevió a mencionar.

Pero eso es solo lo que dicen.

A las ocho en punto, me citaron en su oficina.

Entré con el corazón en la boca. Cuarenta soldados me observaban desde los pasillos con sonrisas cómplices, y uno, por lo bajo, tarareó "Aquí viene la novia". Cerré la puerta tras de mí y me apoyé en ella, respirando hondo.

El general estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a mí, con las manos entrelazadas. Se giró lentamente.

—Eysmar.

—Mi general.

—Estoy seguro de que ya habrá oído los rumores.

—Alguno que otro.

—¿Cuántos?

—Unos treinta y dos.

Cerró los ojos. Respiró.

—Hay una apuesta —dijo, con una voz de ultratumba.

—Ya vi el cartel.

—Hay una lista de nombres.

—Y de corazones.

—Hay un pozo de... —se interrumpió, incómodo— ...sesenta y cuatro dólares.

—Setenta y dos. Subió esta mañana.

—¿Cómo lo sabe?

—Pipe me lo contó.

—Voy a matar a Pipe.

—Es mi amigo.

—Voy a matarlo lentamente.

Me mordí el labio inferior para no sonreír. El general caminó hasta su escritorio, apoyó las manos sobre la madera y bajó la cabeza, derrotado.

—Esto es un desastre —murmuró.

—Un desastre mediático.

—Un desastre institucional.

—Un desastre romántico.

Levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué dijo?

—Nada.

—Dijo "romántico".

—Fue un desliz.

—Eysmar.

—¿Sí?

—No puede decir esas cosas.

—Perdón, mi general.

—Pueden malinterpretarse.

—Por supuesto.

—Y yo... —se detuvo, buscando las palabras—. Yo tengo una reputación que mantener.

—¿La del hueso de elefante?

—¿Cómo sabe eso?

—Lo dice todo el mundo.

Gruñó. Un gruñido profundo, de oso viejo, y se pasó una mano por el pelo.

—Escúcheme bien —dijo con una seriedad absoluta—. No hay nada entre nosotros. No hay ni habrá nunca nada entre nosotros. Usted es una recluta. Yo soy su general. Hay un abismo jerárquico, reglamentario y moral que nos separa. ¿Está claro?

—Clarísimo.

—No fui yo quien le regaló las botas.

—Claro que no.

—No le llevé la sopa por afecto personal.




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