Leyha Eysmar.
Hay palabras que, en boca de un general, significan exactamente lo que dicen. "Simulacro" no es una de ellas. En el ejército, "simulacro" significa "el día en que todo lo que puede salir mal saldrá mal, pero con uniforme y disciplina".
—Reclutas —anunció el sargento Barrios durante la formación de las cinco, con una sonrisa tan amplia que me dio escalofríos—, mañana se celebra el Gran Simulacro de Guerra Fuerte Roble. Participan todos los pelotones. Hay armas de fogueo, humo táctico, equipos de rescate, maniobras de asalto y una evaluación final a cargo del general Davis.
—¿Y qué se gana? —preguntó el Oso, que siempre preguntaba lo mismo.
—La gloria.
—¿Y qué se pierde?
—La vida, en teoría. En la práctica, el orgullo.
—Mi orgullo ya lo perdí hace semanas —murmuré.
—Y no se preocupe, Eysmar —añadió el sargento, mirándome fijamente—. El general ha dispuesto personalmente su posición.
Se me heló la sangre.
—¿Mi posición?
—Usted estará en la Unidad de Comunicaciones. Le entregarán una radio.
—¿Una radio?
—Para transmitir mensajes entre el puesto de mando y las tropas.
—Pero yo no sé usar una radio.
—Es muy sencillo. Se aprieta el botón y se habla.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces usted será responsable de la derrota de toda la base.
—Qué alentador.
—Y de la muerte simbólica de trescientos soldados.
—Qué bonito.
—Buena suerte, Gallicida.
Pipe, a mi lado, me palmeó la espalda con solidaridad.
—Yo me anoto en la Unidad de Sanidad —susurró—. Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si hay que curarte.
La noche anterior al simulacro no dormí. Me quedé mirando el techo del dormitorio, con la radio sobre el pecho, apretándola como a un peluche. Era un trasto enorme de metal verde, con una antena torcida y un botón negro que, según me habían explicado, "no debía soltarse jamás durante una transmisión".
—Hola —le dije a la radio, en un susurro—. Soy Leyha. Vamos a llevarnos bien.
La radio soltó un ruido de estática.
—No me asustes.
—Kssshhh.
—Bueno, está bien. No hablemos. Dormiré.
No dormí.
Amaneció gris, húmedo y con un viento frío que traía olor a pólvora. En el campo de maniobras, un descampado enorme lleno de trincheras, alambradas y casetas de madera que simulaban edificios enemigos, trescientos soldados se movían en formación. Había jeeps, camiones, tanques de cartón y hasta un helicóptero sobrevolando la zona con un altavoz que repetía, una y otra vez: "ATENCIÓN. ESTO ES UN SIMULACRO. NO SE ALARMEN. REPITO: NO SE ALARMEN".
—Eso solo consigue alarmar a todo el mundo —comentó Brunilda, ajustándose el casco.
—Es psicología inversa.
—Es una falta de psicología.
El general Samuel Davis, en lo alto de una torre de observación, con unos prismáticos al cuello y el uniforme impecable, dio la orden de inicio con un movimiento seco de la mano.
—¡COMIENCEN!
Un estruendo de petardos, sirenas y gritos estalló en el campo. Una nube de humo rojo se alzó sobre las trincheras. Los pelotones se lanzaron en todas direcciones, trepando muros, rodando por el suelo, disparando balas de fogueo con una concentración casi religiosa.
Yo, mientras tanto, estaba atrincherada detrás de un montón de sacos de arena, con la radio en la mano y el corazón en la garganta.
—Eh... ¿Cambio? —dije, apretando el botón—. ¿Hay alguien ahí?
La radio chisporroteó. Una voz grave contestó a lo lejos:
—Aquí Puesto de Mando. Adelante, Eysmar.
—¡Funciona!
—Por supuesto que funciona. Es una radio.
—Es que me daba miedo que no.
—Informe de situación.
—¿Qué situación?
—La del campo.
—Hay humo.
—¿Y?
—Y ruido.
—¿Y?
—Y creo que alguien se cayó en una zanja.
—¿Quién?
—No sé. Gritaba "mamá".
—Eysmar.
—¿Sí?
—Necesito datos tácticos, no impresiones.
—¿Qué quiere decir "datos tácticos"?
—Posiciones. Movimientos. Bajas.
—Ah. Bueno. Veo... un soldado.
—¿Dónde?
—Corriendo.
—¿Hacia dónde?
—Hacia allá.
—¿Hacia dónde es "allá"?
—Allá. Al fondo. Detrás del árbol grande.
—Eysmar, hay cuatrocientos árboles grandes.
—Pues... el más grande.
Del otro lado se oyó un suspiro tan profundo que casi me despeinó.
—Mantenga la posición —ordenó el general—. Voy a enviar a un cabo para apoyarla.
—Entendido, Puesto de Mando. Cambio y fuera.
—Se dice "cambio y corto".
—¿Y "fuera"?
—Se dice "fuera" cuando uno se va.
—Entonces cambio, corto y fuera.
—Eysmar.
—¿Sí?
—No diga nada más.
Cortó la comunicación. Yo me quedé mirando la radio con una sonrisa orgullosa. Estaba convencida de que lo había hecho de maravilla.
Tres minutos después, un estruendo ensordecedor sacudió el campo. Una columna de humo negro se levantó en el flanco izquierdo, seguida de gritos de pánico. Un grupo de soldados salió corriendo en dirección contraria, con las manos sobre la cabeza.
—¡Es un ataque aéreo simulado! —gritó alguien.
—¡Es una explosión real! —corrigió otro.
—¡Es el cabo Pinzón, que encendió la cocina de campaña!
—¡Otra vez!
Me levanté de un salto, con la radio en alto.
—¡Puesto de Mando! ¡Puesto de Mando! ¡Hay una explosión!
—Lo hemos visto —respondió el general, con una calma de cementerio—. ¿Qué la causó?
—Parece que fue la sopa.
—¿Otra vez la sopa?
—Es un clásico.
—Entendido. Cambio y corto.
—Y fuera.
—Eysmar...
—¡Perdón!
Mi gran momento llegó a las doce y diez, justo cuando el simulacro estaba en pleno apogeo.
Estaba tan concentrada en seguir las instrucciones por radio que no me di cuenta de que un camión de intendencia había reculado hasta mi trinchera. Tampoco vi que, desde la cabina, un soldado joven y distraído hacía señas para pedirme que me apartara. Lo único que noté fue un empujón en la espalda, un grito de "¡CUIDADO!" y, de pronto, el mundo se volvió negro.