Una estrella en el ejercito.

Capítulo 11: Confesiones de trinchera.

Leyha Eysmar.

A las nueve y cuarenta y cinco de la noche, yo ya había cambiado de uniforme cuatro veces.

No porque tuviera opciones, sino porque el ejército solo me había dado dos, y me las había probado alternadamente con una desesperación digna de un desfile de modas. Brunilda me observaba desde su litera con una galleta en la mano y la expresión de una crítica de cine.

-El verde te queda mejor -dijo.

-Los dos son verdes.

-Uno es verde oliva y el otro es verde militar.

-¡Es el mismo verde!

-No lo es. El oliva es más... -buscó la palabra- ...cita secreta.

-No es una cita.

-Entonces, ¿por qué te estás perfumando con colonia de desinfectante?

Me quedé con el frasco en el aire. Lo miré. Efectivamente, en vez de perfume, me había rociado con el líquido que la enfermería usaba para limpiar camillas.

-Huelo a hospital -murmuré.

-Huelas a hospital romántico.

-Brunilda.

-¿Qué?

-Si le cuentas esto a alguien, te regalo mi ración de guiso por un mes.

-Es un trato muy generoso.

-Es un trato desesperado.

-Entonces, acepto.

Salí del dormitorio a las nueve y cincuenta y cinco, con el corazón latiéndome tan fuerte que podía oírlo en los oídos. En el pasillo me crucé con Pipe, que fingió leer un manual de primeros auxilios al revés.

-Buenas noches, Leyha -dijo con voz inocente.

-Buenas noches, Pipe.

-¿Vas a algún lado?

-A... revisar el inventario de linternas.

-¿A las diez de la noche?

-Es una emergencia.

-¿En la torre de observación?

-¿Cómo sabes...?

-Todos lo saben.

-¡Nadie debía saberlo!

-Leyha -dijo, y me miró con una ternura casi paternal-, en este cuartel un estornudo se oye en tres batallones.

La torre de observación se alzaba en el extremo norte de la base, una estructura de madera y hierro de doce metros de altura, con una escalera de caracol que crujía a cada paso. Subí despacio, agarrándome a la barandilla, con el estómago hecho un nudo. Arriba había una pequeña plataforma cuadrada, rodeada de una baranda y cubierta por un techo de lámina. Desde allí se veía todo el campo de maniobras, bañado por la luz de una luna redonda y brillante, y más allá, la silueta oscura de los bosques donde me había perseguido un jabalí.

Y allí estaba él.

Apoyado en la baranda, de espaldas a mí, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte. Sin gorra, con el pelo ligeramente despeinado por el viento, la camisa arremangada hasta los codos y la chaqueta del uniforme doblada sobre un banco. A su lado, sobre una mesita plegable, había dos tazas humeantes y un plato con galletas.

Tragué saliva.

-Mi general -dije.

Se giró despacio. Me miró de arriba abajo, y sus ojos se detuvieron un segundo en mi uniforme.

-Eysmar. Llega puntual.

-Siempre.

-No es cierto. Llegó tarde el lunes.

-Fue un malentendido con el reloj.

-Se había quedado dormida.

-Se había quedado... meditando.

-Con la boca abierta y un hilo de baba.

-Eso era meditación profunda.

Torció la boca. Estuvo a punto de sonreír, pero se contuvo y señaló el banco.

-Siéntese.

Me senté. Él se quedó de pie, a un metro de distancia, observándome con una seriedad casi solemne. Luego tomó una de las tazas y me la tendió.

-Té de manzanilla. Para los nervios.

-No estoy nerviosa.

-Le tiemblan las manos.

-Es el frío.

-Hace veintidós grados.

-Es un frío interior.

Aceptó la excusa con un gesto de cabeza y se sentó en el otro extremo del banco, a una distancia reglamentaria. Yo bebí un sorbo. Estaba caliente, dulce y perfumado, con un toque de miel.

-¿Lo preparó usted? -pregunté.

-Es el único té que sé hacer.

-Igual que la sopa.

-Y los huevos duros.

-Un chef.

-Un superviviente.

Nos quedamos en silencio, mirando las estrellas. Eran miles. Brillaban con una nitidez que nunca había visto en las ciudades donde cantaba, siempre entre luces de neón y smog. Allí, en medio de la nada, el cielo parecía una manta cuajada de diamantes, ese tipo de diamantes que no se pueden empeñar ni embargar.

-Es muy bonito -murmuré.

-Es el mejor lugar de la base.

-¿Viene aquí a menudo?

-Todas las noches.

-¿Para qué?

-Para pensar.

-¿En qué?

-En cosas.

-Qué específico.

-Es un misterio militar.

-Mi general, nos encerraron dos horas en un búnker y me confesó lo de las botas. Creo que ya podemos hablar con sinceridad.

Se frotó la barbilla. Tardó en responder.

-Usted primero -dijo al fin.

-¿Yo?

-Anoche hablamos de mí. Hoy toca usted.

-Anoche usted no habló de nada.

-Exacto. Por eso le toca.

-Qué lógica tan injusta.

-Es la lógica del mando.

Puse los ojos en blanco. Me acomodé en el banco, abracé la taza con las dos manos y respiré hondo.

-Está bien -dije-. Pero le advierto que es una historia ridícula.

-Me gustan las historias ridículas.

-Esta es especialmente ridícula.

-Estoy preparado.

-Empieza con un hombre llamado Ricardo.

El general se enderezó, como un perro de caza al oír un ruido en los matorrales.

-El contador.

-¿Cómo lo sabe?

-Lo dijo en el comedor. Dos veces. Una cuando el cocinero le dio caldo aguado y otra cuando perdió un calcetín.

-Es que cada cosa mala me recuerda a Ricardo.

-Continúe.

-Ricardo era mi contador. Mi mejor amigo. Mi confidente. Mi "hombre de confianza". Estuvo conmigo ocho años, desde que yo era una cantante desconocida con una guitarra rota. Me ayudó a firmar mi primer contrato, a comprar mi primera casa, a negociar mis giras. Me llevaba el café por las mañanas, me recordaba mis citas, hasta me aprendió el nombre de mi gato.

-¿Tenía un gato?

-Se llamaba Mozart. Murió de viejo, gracias a Dios, antes de que sucediera todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.