Una estrella en el ejercito.

Capítulo 12: El beso equivocado.

Leyha Eysmar.

Tres días para preparar un concierto digno de un ministro. Tres días con una banda formada por un cabo que tocaba la trompeta, un sargento con una armónica, un recluta que sabía hacer ruido con una cuchara y un flaquito que juraba haber tocado el piano "una vez, de niño, en casa de una tía".

-¿Cuál es tu instrumento, Pipe? -pregunté el primer día, con un lápiz detrás de la oreja, como una directora de orquesta.

-La voz.

-¿Cantas?

-No. Pero tengo mucho entusiasmo.

-Eso no es un instrumento.

-Es un instrumento emocional.

-Toma las maracas.

-¿Maracas?

-Las encontré en el almacén.

-¿Y qué hacían allí?

-No lo sé. Pero tenían una etiqueta que decía: "Material bélico no esencial".

El ensayo empezó mal, siguió peor y terminó en una crisis nerviosa colectiva. La trompeta del cabo sonaba como un elefante con gripe. La armónica del sargento se atascaba cada diez compases. El recluta de la cuchara, un muchacho llamado Tobías, la golpeaba contra una olla con tal pasión que rompió la olla. Pipe, con sus maracas, agitaba los brazos como si espantara abejas.

-¡Otra vez! -gritaba yo, con la voz ronca-. ¡Desde el principio!

-¡Es la octava vez! -se quejaba el Oso, que había sido reclutado como "corista".

-¡Los grandes artistas ensayan hasta sangrar!

-¡Yo ya sangro por la nariz!

-Es la humedad.

-Es el estrés.

Mientras tanto, el general Samuel Davis aparecía cada mañana, a las ocho en punto, en la puerta del galpón de ensayos, con las manos a la espalda y una expresión de hielo. Observaba el desastre en silencio durante diez minutos, corregía dos o tres detalles técnicos con voz seca, y se marchaba sin mirarme a los ojos.

Y yo, que lo conocía un poco mejor que antes, sabía que esa frialdad era una máscara. Porque cada vez que se giraba para irse, se le escapaba una mirada de reojo. Una mirada rápida, tímida, casi culpable, como la de un niño que roba una galleta y teme ser descubierto.

-Te mira -susurró Brunilda, el segundo día.

-No me mira.

-Te mira mucho.

-Me mira como a un problema de logística.

-Te mira como a un postre.

-Brunilda.

-Solo digo lo que veo.

La víspera del gran concierto, la noche del lunes, a las once y media, el galpón de ensayos estaba vacío y oscuro. Solo yo seguía allí, sentada en el escenario improvisado, con la guitarra prestada sobre las rodillas, intentando recordar la letra de una canción que había escrito hacía años y que, por algún motivo, mi cerebro se negaba a evocar.

-*Cuando el mundo se apaga, tú encenderás la luz...* -tarareé, y me detuve-. ¿Y después qué decía? ¿"Tu voz es mi canción"? ¿"Mi boca es tu canción"? Eso suena fatal.

Escribí algo en una libreta. Lo taché. Escribí otra cosa. La taché también. A medianoche, con los dedos entumecidos y los ojos pesados, apoyé la frente sobre la guitarra, suspiré y murmuré:

-Soy un fracaso.

-No lo es -dijo una voz en la oscuridad.

Pegué un salto. Un sonido seco, metálico, resonó por todo el galpón: acababa de golpearme la barbilla con el clavijero de la guitarra.

-¡AY!

-¿Está bien?

-¡Sí! ¡No! ¡Un poco! ¿Quién anda ahí?

Una figura alta emergió de entre las sombras del fondo, avanzando con paso lento y pausado. No necesitaba verle la cara para saber quién era. Reconocía esa forma de caminar, firme y contenida, como si el suelo le debiera respeto.

-Mi general -dije, frotándome la barbilla-. ¿Qué hace aquí a esta hora?

-Hago una ronda.

-¿En el galpón de ensayos?

-Es un punto estratégico.

-¿Estratégico para qué?

-Para... comprobar que usted no destruya nada.

-Qué considerado.

-Es mi deber.

Se detuvo al pie del escenario. A la luz de la luna que entraba por una ventana rota, su rostro parecía tallado en mármol.

-¿Cómo va el ensayo? -preguntó.

-Un desastre.

-Es lo que esperaba.

-Gracias por la confianza.

-Y sin embargo, usted no se rinde.

-Eso dicen.

-Se lo digo yo.

Me quedé mirándolo, con la guitarra aún en brazos. Era la primera vez, desde la noche en la torre, que estábamos a solas. Ni el cabo Pinzón, ni Ballesteros, ni los reclutas con su libreta de apuestas. Solo nosotros dos, la luz plateada y un silencio espeso que parecía respirar.

-Samuel -murmuré.

-Leyha.

-Creo que estoy asustada.

-¿Por el concierto?

-Por todo.

Dio un paso hacia adelante y subió al escenario. Se sentó a mi lado, sobre el borde de una caja de madera, con los codos apoyados en las rodillas.

-Puede contármelo -dijo.

-No sé si sé explicarlo.

-Pruebe.

-Es que... -respiré hondo- ...hace meses era una estrella. Todo el mundo me conocía. Y ahora estoy aquí, en una base militar, con un uniforme prestado y un ministro que quiere verme cantar con una banda de reclutas. Y lo peor es que me importa. Me importa hacerlo bien. Por ellos. Por usted.

-¿Por mí?

-No quiero que se avergüence.

El general se quedó callado. Después, muy despacio, extendió la mano y me apartó un mechón rebelde de la frente. Tenía los dedos cálidos y un poco ásperos.

-Leyha -dijo con voz baja y grave-. Usted podría prender fuego a todo este cuartel y yo no me avergonzaría.

-¿En serio?

-Bueno, me avergonzaría un poco.

-Qué consuelo.

-Pero aun así... -su mirada se volvió intensa- ...me sentiría orgulloso.

El aire se detuvo. Estábamos tan cerca que podía contar las pestañas de sus ojos. Sentí su respiración sobre mi rostro. Sentí el calor que desprendía su cuerpo, el roce de su rodilla contra la mía, el peso del silencio entre los dos, como una cuerda tensa a punto de romperse.

-Samuel -susurré.

-¿Sí?

-Voy a hacer algo muy tonto.

-No lo haga.

-Voy a hacerlo igual.

-Leyha...

Y entonces, justo cuando mis labios estaban a punto de rozar los suyos, todo el galpón se quedó a oscuras.




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