Una estrella en el ejercito.

Capítulo 13: Peor que antes.

Leyha Eysmar.

Hay una regla universal que dice que, cuando dos personas se besan por error en la oscuridad y luego juran fingir que no pasó nada, lo primero que hacen es comportarse de la manera más sospechosa posible.

Nosotros lo hicimos con una dedicación admirable.

La mañana del martes, a las cinco en punto, me presenté a formación con las botas relucientes, el uniforme planchado y la cara de una mujer que no ha dormido ni un segundo. Había pasado la noche mirando el techo, repitiéndome frases como "no pasó nada", "fue un accidente" y "el bigote no cuenta como beso".

-Buenos días, reclutas -dijo el general Samuel Davis, apareciendo en el patio con paso marcial.

-¡BUENOS DÍAS, MI GENERAL!

-¡Buenos días, mi general! -grité yo, con una voz tan aguda que se oyó el eco.

Treinta cabezas se giraron hacia mí.

-Eysmar -dijo el general, sin mirarme, con los ojos clavados en un punto fijo del horizonte-. Baje el tono.

-Sí, mi general.

-Y la barbilla.

-Sí, mi general.

-Y los ojos.

-¿Los ojos?

-Mírenme a mí, no a la pared.

-Pero usted está mirando a la pared.

-Yo soy el general.

-Qué conveniente.

-Eysmar.

-Perdón.

Siguió la inspección con la espalda más tiesa que nunca. Pasó frente a mí sin detenerse, como si yo fuera una columna decorativa. Después, al llegar a Pipe, se detuvo con un gesto de teatral interés.

-Recluta Pipe.

-¡Mi general!

-Su cinturón está torcido.

-¡Lo arreglo de inmediato!

-Y usted, ¿tiene alguna relación con la recluta Eysmar?

-Somos amigos, mi general.

-Qué lástima.

-¿Por qué, mi general?

-Porque eso lo hace cómplice de todo lo que ella haga.

-Estoy dispuesto a asumir el riesgo.

-Lo ha asumido hace semanas, recluta. Se nota.

Los reclutas se miraron entre sí. Yo apreté los dientes, harta de ser invisible y de ser el tema de conversación al mismo tiempo.

-Mi general -dije en voz alta.

-¿Sí, Eysmar?

-¿Hay algún problema con mi uniforme?

-Ninguno.

-¿Con mi postura?

-Ninguno.

-¿Con mi existencia?

Se hizo un silencio sepulcral. Una gaviota, a lo lejos, soltó un graznido que sonó sospechosamente a risa.

-No sé a qué se refiere -respondió el general, con voz de acero.

-Es que me siento ignorada.

-Es lo reglamentario.

-Nunca me ignora. Siempre me grita.

-Eso también es reglamentario.

-Entonces, grítame.

-Eysmar.

-¡Hágalo! ¡Preferiría un grito a este silencio!

-¡Está desafiando a un superior!

-¡Y usted me está evitando!

-¡Yo no la evito!

-¡Hace dos horas que no me mira!

-¡Estoy ocupado!

-¡Con qué!

-¡Con los asuntos del mando!

-¡Los asuntos del mando son una excusa!

-¡Y usted es una exagerada!

-¡Y usted es un cobarde!

Se oyó un jadeo colectivo. Treinta reclutas contuvieron la respiración. Hasta la gaviota dejó de graznar.

-¿Qué ha dicho? -murmuró el general, con una voz tan baja que daba miedo.

Me di cuenta, demasiado tarde, de lo que acababa de soltar. Me quedé helada, con la boca entreabierta y los ojos como platos.

-Dije... que usted es un... -busqué una salida desesperada- ...un cobarde... para limpiar las letrinas.

-¿Perdón?

-Que nunca las limpia.

-¡Soy el general!

-¡Por eso mismo!

-¡Los generales no limpian letrinas!

-¡Los buenos generales dan el ejemplo!

-¡Esa es la teoría más absurda que he oído en mi vida!

-¡Pues apúntela, que va a necesitarla!

Hubo una larga y pesada pausa. El general respiraba con fuerza, con los puños cerrados y una vena palpitándole en el cuello. Yo estaba roja como un tomate, con el corazón desbocado y la sensación de haber saltado de un edificio sin paracaídas.

-Eysmar -dijo por fin, con una calma terrorífica.

-¿Sí, mi general?

-Cuarenta flexiones.

-Sí, mi general.

-Y después, cincuenta sentadillas.

-Sí, mi general.

-Y después, tres kilómetros, con la mochila llena.

-Sí, mi general.

-Y luego, un informe de mil palabras sobre el valor de la disciplina.

-Sí, mi general.

-Y que sea sincero.

Lo miré. Él ya no me miraba a mí, sino a un punto vago en el cielo, y por un instante creí ver, en el borde de su mandíbula, un brillo de dolor.

-Sí, mi general -dije, más bajito.

-Retírese.

Cumplí la sentencia con una mezcla de rabia, vergüenza y una pena inexplicable que me apretaba el pecho. Hice cuarenta flexiones mal hechas. Cincuenta sentadillas peores. Y cuando salí a correr con la mochila llena de piedras, sentí que cada paso me hundía un poco más en el barro de mi propia estupidez.

A las nueve de la mañana, mientras me recuperaba en un banco, con la lengua afuera y las piernas temblando, Pipe se sentó a mi lado con dos vasos de agua.

-Bebe -dijo.

-Gracias.

-Eres idiota.

-Lo sé.

-Le dijiste cobarde.

-Lo sé.

-Delante de todo el pelotón.

-Lo sé.

-Y él te castigó.

-Lo sé.

-Y tú lo sabes todo.

-Ahora sí.

-¿Y por qué lo hiciste?

-No lo sé. Es que no soporto que me evite.

-Pero tú también lo evitas.

-Es distinto.

-¿En qué?

-En que yo tengo motivos.

-¿Cuáles?

-Que lo besé. Bueno, que besé a un bigote. Pero estaba pensando en él.

-Qué romántico.

-Qué humillante.

Pipe me puso una mano en el hombro.

-Leyha. ¿Quieres un consejo de amigo?

-No.

-Te lo doy igual.

-Pipe...

-Habla con él.

-¿Y qué le digo?

-La verdad.

-¿Cuál?

-Que te gusta.

Me atraganté con el agua.

-¡PIPE!

-Es obvio.

-¡No es obvio!

-Es tan obvio que hasta el jilguero lo sabe.

-Los jilgueros no saben nada.

-Este sí.

Mientras tanto, en el otro extremo de la base, en un despacho del primer piso, el general Samuel Davis daba vueltas como un león enjaulado. Lo supe después por boca del asistente, que, según parece, tiene un don especial para presenciar escenas que no debe presenciar.




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