Una estrella en el ejercito.

Capítulo 14: Visita del ministro.

Leyha Eysmar.

La primera nota salió perfecta.

Quiero que quede constancia de eso, por si algún día alguien escribe la historia oficial de aquella mañana: la primera nota fue limpia, cristalina y tan afinada que una paloma que dormitaba en un banderín abrió un ojo y suspiró de gusto.

La segunda nota también.

Fue en la tercera cuando la realidad decidió presentarse.

—*Oh, patria querida, tierra de valientes...* —empecé, con la voz firme y la mano sobre el corazón.

Porque, sí, me habían pedido que cantara el himno nacional. No una balada, no un éxito de mi repertorio, no una canción alegre y pegadiza. El himno. Con la banda de reclutas detrás de mí, el ministro delante, trescientos soldados en formación y un micrófono nuevo que, en teoría, no iba a explotar.

Pipe, a mi izquierda, agitaba las maracas con la solemnidad de un sacerdote en plena misa. El cabo de la trompeta soplaba con las mejillas hinchadas como globos. Tobías golpeaba la olla rota con una cuchara y una expresión de profunda concentración. El Oso, detrás de mí, hacía los coros con una voz de bajo profundo que sonaba más bien a un oso con bronquitis.

—*...donde el sol se levanta con honor y con gloria...*

Hasta ahí, todo bien. El público escuchaba en silencio. El ministro tenía la mano en el pecho y los ojos entrecerrados. El coronel Valdivia, de pie, mantenía una postura de respeto. El general Davis no apartaba la vista de mí, con los labios apretados y los ojos brillantes.

Entonces apareció el viento.

No fue un viento cualquiera. Fue un viento con intenciones. Se levantó de pronto desde la parte trasera del patio, silbó entre los banderines, hizo ondear las banderas con violencia y, sin ningún tipo de piedad, arrancó de su soporte el telón rojo que colgaba detrás de nosotros.

El telón cayó. Cayó con una lentitud casi teatral, abriéndose como una vela de barco, y envolvió a la banda entera: al cabo de la trompeta, a Tobías, a Pipe, a las maracas, al Oso, a la olla.

—¡AUXILIO! —gritó una voz amortiguada.

—¡NO VEO NADA!

—¡ME ESTOY ASFIXIANDO!

—¡ES UN ATAQUE!

La tela se infló, se agitó, formó bultos que se movían en direcciones opuestas, como una criatura de siete cabezas intentando escapar. Un brazo asomó por un lado. Una bota por otro. Alguien empezó a tocar la trompeta sin querer, con un sonido ahogado y lúgubre, como el lamento de una ballena atrapada.

Yo, de pie en el borde de la tarima, sostenía el micrófono con ambas manos, intentando mantener la sonrisa.

—...y la bandera ondea, ondea, ondea... —canté, cada vez más bajito—. ...y ondea...

—¡Eysmar! —gritó una voz desde el telón—. ¡Ayúdanos!

—¡Estoy en mitad del himno!

—¡Nos estamos muriendo!

—¡Los héroes no se mueren, se sacrifican!

—¡Tampoco se ahogan en cortinas!

Una de las masas informes cayó de la tarima y rodó por el suelo, golpeando una fila de sillas plegables que se desplomaron en cadena, como fichas de dominó. El ministro dio un salto hacia atrás. Dos sargentos corrieron a socorrerlo. Un camarero, que traía una bandeja de limonada, resbaló, voló por los aires y aterrizó de rodillas sobre el coronel Valdivia, que lo miró con una paciencia fúnebre mientras el jugo le chorreaba por las medallas.

—Esto —murmuró el coronel— es una conspiración.

—¡Perdón, mi coronel! —gimió el camarero.

—Ya me da igual.

Mientras tanto, yo seguía cantando, porque en mi cabeza resonaba una única regla sagrada: *el show debe continuar.* Levanté la voz, ahogando el caos, y entoné con todas mis fuerzas la estrofa final.

—*¡...y por siempre, por siempre, en nuestros corazones!*

Fue entonces, en ese preciso instante, justo en el momento de la nota más alta, cuando el micrófono nuevo, ese micrófono impecable, flamante, importado, que según la caja "no explotaba bajo ninguna circunstancia", soltó un chasquido eléctrico, seguido de un silbido agudo, seguido de una nube de humo blanco.

—No —susurré—. No, no, no, no.

¡PUM!

No hubo explosión de verdad. Fue más bien un hipido de la máquina, un estornudo de aparato. Pero el micrófono, indignado por mi falta de fe, escupió una lluvia de chispas azules que me sobresaltó, y yo, en un acto reflejo, lo lancé al aire con ambas manos.

Describió un arco perfecto.

Subió. Giró sobre sí mismo. Brilló bajo el sol como una estrella fugaz. Y descendió, con una precisión que me habría enorgullecido si no hubiera sido tan mortificante, directo hacia la mesa de los bocadillos.

¡CRASH!

La mesa se partió por la mitad. Bandejas de sándwiches volaron en todas direcciones. Una torre de pasteles se desmoronó como un castillo de arena. Una jarra de limonada se alzó en el aire, giró lentamente y se vació sobre la cabeza del cabo Pinzón, que lanzó un grito agudo y cayó de espaldas sobre una montaña de panecillos.

Silencio.

Un silencio terrible, helado y absoluto, como el que precede a una ejecución.

Un panecillo rodó despacio por el suelo y se detuvo a los pies del ministro.

Treinta y seis soldados se cuadraron al mismo tiempo, sin recibir la orden. El telón, con su cargamento humano, dejó de moverse. El viento, sintiéndose culpable, se retiró discretamente. Hasta el jilguero del teniente Ballesteros se tapó el pico con un ala.

Yo estaba de pie, con las manos todavía en alto y la cara bañada en sudor frío. Sentí que mil ojos me atravesaban. Sentí que el aire se volvía espeso. Sentí que mis rodillas me traicionaban. Y entonces, con una vocecita que apenas reconocí como mía, dije:

—Fin del himno.

Nadie aplaudió.

El ministro, muy despacio, se levantó de su silla. Se sacudió una miga de la solapa. Se alisó la corbata. Dio dos pasos hacia adelante, se detuvo al pie de la tarima, levantó la vista hacia mí y, con una expresión indescifrable, abrió la boca.

—Recluta Eysmar —dijo.

—Señor Ministro.




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