Una estrella en el ejercito.

Capítulo 15: Castigo compartido.

Leyha Eysmar.

El ministro se había reído, el general me había defendido y yo había salido viva de una ceremonia que debía haber terminado con mi arresto. Cualquier persona sensata habría concluido que aquel era un buen momento para quedarse quieta, no tocar nada y dar gracias a todos los santos.

Yo, naturalmente, no fui esa persona.

—Eysmar —dijo el sargento Barrios al día siguiente, durante la formación, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Tengo una orden del mando para usted.

—¿Una condecoración?

—Un castigo.

—¿Otra vez?

—Por los daños de ayer.

—Pero el ministro dijo que...

—El ministro dijo que podía seguir arruinando ceremonias. No dijo nada de pagar la mesa.

—Qué injusto.

—Es la vida militar.

Me entregó una hoja con el sello del general. La leí con los ojos entrecerrados:

*"La recluta Eysmar, L., limpiará el Depósito Central de Suministros (Sector 4) durante la jornada de hoy. Se le asigna un auxiliar de supervisión. Firmado: Gral. S. Davis."*

—¿Un auxiliar de supervisión? —pregunté—. ¿Quién?

—Eso lo decidió el general.

—¿Y quién es?

—No lo sé, pero cuando le pregunté, se puso colorado y dijo que "ya se vería".

—Qué sospechoso.

—Muy sospechoso —asintió Pipe, a mi lado, con la sonrisa de un gato que acaba de ver una canasta de pescado.

—Pipe.

—¿Qué?

—Tú sabes algo.

—Yo no sé nada.

—Te estás mordiendo el labio.

—Es la brisa.

El Depósito Central de Suministros era una nave industrial, enorme y oscura, que ocupaba la esquina sur de la base. Tenía techos altísimos, ventanas cubiertas de polvo y un olor a mezcla de aceite, cuero viejo y humedad. Estaba repleto de cajas, bidones, estanterías, barriles, sacos de arroz y cosas indescriptibles que dormían bajo sábanas grises.

Entré con un cepillo, un cubo, un trapeador y la expresión de quien camina hacia su propia ejecución. Detrás de mí, la puerta se cerró con un chirrido sepulcral.

—Muy bien, Leyha —murmuré—. Es solo un depósito. No hay jabalíes, ni sopa, ni micrófonos. ¿Qué podría salir mal?

—Pronto lo sabremos —respondió una voz grave desde las sombras.

Pegué un brinco tan alto que casi me engancho del techo. De detrás de una pila de barriles, con las mangas arremangadas hasta los codos, un trapo sobre el hombro y un cubo de agua en cada mano, salió el general Samuel Davis.

—¿QUÉ HACE USTED AQUÍ? —chillé.

—Soy su auxiliar de supervisión.

—¿Usted?

—Es una medida disciplinaria.

—¿Disciplinaria para quién?

—Para ambos.

—¿Cómo para ambos?

—Ayer, delante de todo el mundo, fui indulgente con una recluta. —Dejó los cubos en el suelo con un golpe seco—. El Ministro me ha aconsejado, con toda la ironía de la que es capaz, que demuestre que sigo siendo un hombre de principios.

—Y su idea de demostrar principios es limpiar un depósito conmigo.

—Es una forma de equilibrio.

—Es una excusa.

—Eysmar.

—Perdón.

—Tome el trapeador. Usted limpiará la zona norte. Yo, la zona sur. Nos encontraremos en el centro.

—¿Y si no nos encontramos?

—Nos encontraremos.

—¿Y si me pierdo?

—Es un depósito, no un laberinto.

—Con usted, todo es un laberinto.

Casi sonrió. Casi. Pero se contuvo, se dio la vuelta y empezó a fregar el suelo con la eficiencia mecánica de quien ha hecho esto toda su vida. Yo tomé mi trapeador y me puse manos a la obra, con el entusiasmo de una condenada.

Pasó una hora de silencio tenso. Un silencio cargado de roces involuntarios, miradas furtivas y carraspeos fingidos. Yo fregaba el suelo con furia, murmurando para mis adentros frases como "esto es indignante" y "nadie me avisó de que se necesitaba un título en limpieza". Él, a diez metros de distancia, trabajaba en un silencio pétreo, con la espalda recta y los antebrazos tensos.

A la segunda hora, la situación cambió. Quizá fue el calor, quizá el aburrimiento, quizá una conspiración cósmica orquestada para atormentarme, pero de pronto me di cuenta de que ambos nos íbamos acercando sin querer, centímetro a centímetro, a medida que avanzábamos hacia el centro del depósito.

—Mi general —dije por fin.

—Samuel —corrigió él, sin levantar la cabeza.

—Samuel. ¿Por qué hay tantos barriles?

—Almacenamiento.

—¿De qué?

—Pólvora.

—¿Pólvora?

—Y aceite.

—¿Mezclados?

—Separados, afortunadamente.

—¿Y por qué no los guardan en otro lugar?

—Porque este es el lugar más seguro de la base.

—Este lugar tiene cuatro goteras, siete telarañas y un gato.

—¿Un gato?

—Mire.

Señalé hacia una estantería. Efectivamente, sobre una pila de sacos de harina, un gato gordo y gris nos observaba con ojos amarillos y una expresión de infinito desdén.

—Es Mariscal —dijo el general.

—¿Tiene nombre?

—Vive aquí desde hace tres años.

—¿Y quién lo alimenta?

—Yo.

—¿Usted?

—A veces.

—¿Con qué?

—Con sardinas.

—Qué ternura.

—No es ternura. Es control de plagas.

—Claro.

—Los ratones son un problema estratégico.

—Por supuesto.

—No me mire así.

—¿Cómo?

—Con esa sonrisa.

—Yo no sonrío.

—Sí sonríe.

—Es un tic.

—Eysmar...

—Samuel.

Nos miramos. Un segundo de más, una vez más. Mariscal, desde su estantería, bostezó con elegancia y se tumbó boca arriba, exponiendo la barriga con la dignidad de un monarca aburrido.

—Debería acariciarlo —sugerí.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no muerde, pero araña.

—¿Y si lo intento yo?

—Es su problema.

Me acerqué con cautela, extendí un dedo y rasqué detrás de la oreja del gato. Mariscal cerró los ojos y soltó un ronroneo profundo, como un motor de camión. El general miró la escena, con las cejas levantadas.




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