Una estrella en el ejercito.

Capítulo 16: La noche de los tres coroneles.

Leyha Eysmar.

Después de lo del depósito, la base entera cambió de actitud hacia mí.

Antes me miraban con lástima. Luego, con curiosidad. Ahora me miraban con algo mucho más peligroso: respeto.

—Buenos días, señorita Eysmar —me saludó un cabo al cruzar el patio, y me cedió el paso con una reverencia.

—Buenos días, mi capitana —dijo otro, aunque yo era recluta.

—¿Capitana? —pregunté, con las cejas arqueadas.

—Es un título de cortesía.

—¿Y por qué?

—Por las apuestas.

—¡Otra vez las apuestas!

—Es que hay quien dice que usted se casará con el general, y entonces sería la esposa del jefe.

—¡No me voy a casar con nadie!

—Eso mismo dijo mi hermana antes de su boda.

—¿Su hermana se casó?

—Con el cartero.

—Qué relevante.

—Es una historia muy bonita.

Seguí caminando, con la barbilla alta y el rostro ardiendo. Había dormido poco y mal, soñando con harina, gatos y unos ojos grises que me miraban en silencio. Llevaba treinta y seis horas sin cruzar una palabra a solas con el general, y la verdad es que, entre la vergüenza y los nervios, me estaba comportando como una adolescente.

—Leyha —dijo Pipe, alcanzándome con un sobre en la mano—. Tengo una noticia.

—Si es otra apuesta, no quiero oírla.

—No es una apuesta.

—¿Entonces?

—Es una invitación.

Me tendió el sobre. Era de papel grueso, color crema, con un sello de cera roja y una caligrafía exquisita. Lo abrí con cuidado y leí:

*"Se invita cordialmente a la recluta Leyha Eysmar a la Cena de Gala de los Coroneles de la Región Norte, que se celebrará esta noche a las ocho en el Casino de Oficiales. Se ruega asistir de uniforme de gala. Anfitrión: Coronel R. Valdivia."*

—¿Una cena de gala? —dije, boquiabierta.

—Con los coroneles.

—¿Con los coroneles de qué?

—De toda la región. Vienen tres.

—¿Tres coroneles?

—Valdivia, Cienfuegos y Montalbán.

—¿Y por qué me invitan a mí?

—Porque el ministro les contó lo del himno.

—¡Eso fue una desgracia!

—Para ellos fue una leyenda.

—Pipe, no puedo ir. No tengo uniforme de gala.

—Brunilda te lo consiguió.

—¿Cómo?

—Lo pidió prestado.

—¿A quién?

—A una sargento de talla pequeña que sabe guardar secretos.

—Pipe...

—Y tienes tacones.

—¿Qué?

—Los de verdad. El general dio una orden especial. Hoy puedes usarlos.

Me quedé helada.

—¿El general dio esa orden?

—Dicen que sí.

—¿Por qué?

—Quizá quiera verte con ellos.

—¡Pipe!

—Es una teoría.

—¡No te metas en teorías!

—Solo recuerdo que lo único que ese hombre quería en el mundo era que dejaras los tacones.

—Exacto.

—Y ahora te los devuelve.

—¿Y eso qué significa?

—Que ya no quiere que dejes de ser tú.

Se me puso la garganta en un nudo. Apreté el sobre contra el pecho, sin saber si reír o llorar. Entonces, con un hilo de voz, pregunté:

—¿Y él irá a la cena?

—Es el anfitrión de la base.

—Entonces estará allí.

—Con los tres coroneles.

—Y yo con tacones.

—Y con maquillaje, si Brunilda consigue el pintalabios.

—¿Qué pintalabios?

—El del cabo Pinzón.

—¿El cabo usa pintalabios?

—Es para sus pasteles. Lo usa de colorante.

—Qué refinado.

—Es muy creativo.

A las ocho en punto, el Casino de Oficiales brillaba como un palacio.

Tenía lámparas de cristal, alfombras rojas, mesas con manteles blancos, cubertería de plata y un camarero en cada esquina. En el centro de la sala se alzaba una larga mesa con tres sillones de honor, en los que ya se acomodaban tres hombres de uniforme impecable, con el pecho cubierto de medallas.

Entré con el corazón en la garganta. Llevaba un vestido de gala azul oscuro, con botones dorados y un cinturón ajustado. En los pies, mis tacones. Mis queridos, benditos, recuperados tacones, que sonaban sobre el parqué con un repiqueteo triunfal. Me sentí más yo que en meses.

—Señorita Eysmar —dijo el coronel Valdivia, levantándose con una sonrisa a medias—. Qué placer volver a verla. Espero que esta vez no haya espuma.

—Se lo prometo, mi coronel.

—Permítame presentarle a mis colegas. Este es el coronel Cienfuegos.

Un hombre alto, delgado y de bigote retorcido me tendió una mano enguantada.

—Un honor, señorita.

—Y este, el coronel Montalbán.

Un tipo bajo y fornido, de barba canosa y ojos pequeños y brillantes, me hizo una reverencia teatral.

—Encantado. He oído hablar mucho de usted.

—Espero que bien.

—Principalmente de cosas que explotan.

—Qué precisión.

Los tres coroneles se echaron a reír. Yo también, aunque un poco forzada. Ocupé el asiento que me indicaron, entre Cienfuegos y Montalbán, y esperé con las manos sobre el regazo, mientras mi mirada recorría disimuladamente la sala.

No lo vi. Ni rastro del general.

—Está ocupado —dijo Valdivia, adivinando mis pensamientos—. Llegará en un momento.

—No lo buscaba.

—Claro que no.

—Solo miraba la decoración.

—Es muy bonita.

—Los candelabros, sobre todo.

—Son de bronce.

—Qué interesantes.

—Señorita Eysmar...

—¿Sí, mi coronel?

—Está mirando la puerta.

—Es una puerta preciosa.

Los tres coroneles intercambiaron una mirada elocuente. Cienfuegos carraspeó. Montalbán se atusó la barba. Valdivia sonrió con una mezcla de malicia y compasión.

La cena empezó con una sopa.

Lo juro. Una sopa. Una sopa verde.

—¿Esto es lo que creo que es? —susurré.

—Es crema de espárragos —dijo el camarero.

—Pero es verde.

—Por los espárragos.

—Tengo un trauma con las sopas verdes.

—Lo sé —respondió Valdivia, con una mirada de reproche cariñoso—. Por eso la pedí yo.

—¿Para qué?

—Para ver su reacción.




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