Leyha Eysmar.
Hay desgracias que llegan con estruendo y otras que llegan en camión.
La mía llegó un jueves a las nueve y cuarto de la mañana, con un motor tosiendo, una bocina desafinada y un rótulo pintado a mano en la puerta de la cabina: "SUMINISTROS HONESTIDAD S.A. — CALIDAD, CONFIANZA Y CUENTAS CLARAS."
Yo estaba en el patio, con un cepillo en la mano, fregando una mancha de salsa que se negaba a irse desde la noche de los tres coroneles. Brunilda, a mi lado, limpiaba una bota con la concentración de una cirujana.
—Qué raro —dijo—. Hoy no tocaba entrega.
—Será una sorpresa.
—Las sorpresas en esta base casi siempre explotan.
—Tienes razón. Pero mira qué camión tan bonito.
Era un camión viejo, de color crema y franjas verdes, cargado hasta los topes de sacos, cajas y barriles. Detrás, sujeto con cuerdas y una lona descolorida, se adivinaba un bulto enorme y redondeado, tapado con un trapo azul.
El camión se detuvo frente al almacén con un suspiro de frenos. La portezuela se abrió. Del asiento del conductor bajó un hombre alto, de sonrisa blanquísima, bigote fino, gafas de sol enormes y un sombrero panamá, vestido con un traje beige impecable y unos zapatos de dos tonos que brillaban como patinadores sobre hielo.
—¡Buenos días, buenos días! —exclamó, con los brazos abiertos, como si fuera el dueño del cuartel—. ¡Un saludo cordial a nuestras valientes fuerzas armadas!
Se me cayó el cepillo.
—Leyha —susurró Brunilda—. ¿Te pasa algo?
No respondí. Me había quedado inmóvil, con los ojos clavados en aquel hombre, en aquellos zapatos, en aquella sonrisa de comercial de pasta dental. En aquella forma de decir "buenos días" como si regalara un diamante.
—Leyha —insistió Brunilda—. Estás pálida.
—Es él —murmuré.
—¿Quién?
—Ricardo.
Hay momentos en la vida de una mujer en los que el mundo se reduce a un solo punto, la sangre le sube a la cabeza, los oídos le zumban y se siente capaz de levantar un tanque con una sola mano. Yo estaba en uno de ellos.
—Leyha —dijo Brunilda, agarrándome del brazo—. Respira.
—Estoy respirando.
—Respira de otra manera.
—No puedo.
—Piensa en cosas bonitas.
—Estoy pensando en su cuello.
—No son cosas bonitas.
—Para mí, sí.
Ricardo, ajeno a todo, avanzó hacia la puerta del almacén con una carpeta en la mano, saludando a diestra y siniestra. Se detuvo ante el sargento Barrios, que salía con una libreta, y le estrechó la mano con una energía excesiva.
—Sargento. Qué placer. Ricardo Salvatierra, de Suministros Honestidad. Vengo por el contrato de abastecimiento del trimestre.
—¿El de las legumbres? —preguntó Barrios.
—Y el de los barriles. Y el de los bidones. Y el de la cisterna de agua potable de lujo.
—¿Cisterna de lujo?
—Una joya, sargento. Una verdadera joya.
Y con un gesto teatral, Ricardo se dirigió a la parte trasera del camión, tiró de una cuerda y retiró la lona con un floreo de torero.
Debajo apareció un enorme objeto de porcelana rosa, brillante y reluciente, con un grifo dorado y unos bordes ondulados. Tenía unas dimensiones colosales, la forma inconfundible de un corazón gigante y, grabadas en el costado, unas iniciales entrelazadas en letra cursiva: **L. E.**
Un silencio sepulcral cayó sobre el patio.
—Mi jacuzzi —susurré.
—¿Qué? —preguntó Brunilda.
—Mi jacuzzi con forma de corazón.
—¿Ese es...?
—El que se llevó.
—Se lo llevó con una grúa.
—Con una grúa. Y me lo ha traído... —mi voz se quebró en un temblor agudo— ...como cisterna de agua potable.
—Leyha...
—LO USA COMO CISTERNA.
—Leyha, por favor...
—¡LO USA PARA VENDERLE AGUA AL EJÉRCITO!
—¡Leyha!
No sé qué ocurrió después. Hay lagunas en mi memoria. Lo único que recuerdo con claridad es que Brunilda intentó sujetarme, que mis botas, por voluntad propia, empezaron a avanzar a toda velocidad hacia el camión, y que de mi garganta salió un grito tan potente que una bandada de palomas se elevó de los tejados:
—¡RICARDOOOOO!
El hombre se giró. Se quitó despacio las gafas de sol. Sus ojos, de un castaño dulce y traicionero, se posaron en mí con una mezcla de sorpresa, reconocimiento y, durante una fracción de segundo, auténtico pánico.
—¿Leyha? —dijo, con una voz de seda—. ¿Leyha Eysmar? Santo cielo, ¡cuánto tiempo!
—¡TÚ! —aullé, avanzando como un tren sin frenos.
—¡Qué sorpresa tan encantadora!
—¡TÚ, PEDAZO DE...!
No terminé la frase, porque en ese momento él, con una agilidad sorprendente, esquivó mi primer ataque, que consistía en lanzarme sobre él con los brazos extendidos como una gata furiosa. Pasé de largo, tropecé con un saco de lentejas y aterricé de cara en el barro.
—¡Ay, pobrecita! —exclamó Ricardo, con falsa ternura—. ¡Se ha caído!
—¡TE VOY A MATAR!
—¡Qué temperamento!
—¡TE VOY A ESTRANGULAR CON UN CINTURÓN!
—Señorita —intervino el sargento Barrios, confundido—, ¿conoce usted al señor Salvatierra?
—¡SE LLAMA RICARDO FERNÁNDEZ!
—Es un error, sargento —dijo Ricardo con serenidad, ajustándose el sombrero—. La señorita me confunde con otra persona. Es muy comprensible, con la presión del servicio.
—¡ME ROBASTE TODO!
—Ay, la pobre. Debe de estar agotada.
—¡TE LLEVASTE MI PIANO!
—Yo jamás he tocado un piano.
—¡Y MI JACUZZI!
—Este es un recipiente sanitario de uso industrial, adquirido legalmente en una subasta pública.
—¡TIENE MIS INICIALES!
—Es una coincidencia. Las siglas "L. E." significan "Líquido Esterilizado".
—¡ERES UN...!
—¿Un hombre honesto? —completó, con una sonrisa beatífica—. Gracias.
Me levanté del barro como una furia vengadora. Tenía el pelo (inexistente) lleno de lodo, la cara roja de rabia y las manos temblando de ganas de estrangular algo. Agarré lo primero que encontré a mano, que resultó ser un saco de arroz de veinte kilos, lo levanté sobre mi cabeza con una fuerza que ni yo sabía que tenía y avancé hacia él con paso de guerrera.