Leyha Eysmar.
La sala de mapas de la Base Fuerte Roble era un cuarto sin ventanas, con una mesa enorme cubierta de planos, una pizarra con cuatro tizas rotas y un reloj de pared que llevaba atrasado desde la guerra anterior. Olía a café frío, a papel viejo y a esa clase de valentía que solo se da cuando uno ignora por completo en qué se está metiendo.
A las seis de la mañana, doce personas se apretaban alrededor de aquella mesa. Yo estaba en un extremo, con unas ojeras que me llegaban a las rodillas. A mi izquierda, Pipe se comía un panecillo con aire de espía profesional. A mi derecha, Brunilda afilaba un lápiz con una navaja, lo cual me pareció excesivo. Enfrente, el Oso ocupaba dos sillas, el teniente Ballesteros dibujaba un jilguero en una servilleta y el cabo Pinzón llevaba puesto su delantal, por si acaso había que cocinar una estrategia.
En la cabecera, de pie, con las manos a la espalda y la mirada de un hombre que no ha dormido desde anteayer, estaba el general Samuel Davis.
—Señores —dijo—. Estamos aquí para atrapar a un criminal.
—¡Sí, mi general! —respondieron todos.
—Su nombre real es Ricardo Fernández. Su nombre falso es Ricardo Salvatierra. Su empresa, Suministros Honestidad S.A., está registrada en un buzón de correos de una ciudad que no existe.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Pipe.
—Lo averigüé anoche.
—¿A qué hora?
—A las tres.
—¿Y a las cuatro?
—Lo comprobé.
—¿Y a las cinco?
—Preparé este informe.
Dejó caer sobre la mesa una carpeta del grosor de un ladrillo. Todos la miramos con respeto. Brunilda dejó de afilar el lápiz.
—Mi general —dije en voz baja—. ¿Usted no ha dormido?
—Un poco.
—¿Cuánto es "un poco"?
—Veinte minutos. En el jeep.
—Eso no es dormir.
—Es descansar con los ojos cerrados.
—Samuel...
—General —corrigió, con la vista fija en la mesa, aunque la comisura de su boca se movió—. Estamos en horario de servicio.
—Perdón, mi general.
—Continuemos. Ricardo regresará a esta base el próximo martes a las diez de la mañana.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Brunilda.
—Porque tiene un contrato de suministro que cobra cada trimestre. Y porque es un hombre codicioso. Dejó aquí una factura pendiente de doce mil dólares, y no la dejará sin cobrar.
—Es muy cobarde para volver —dije yo.
—Es muy avaricioso para no hacerlo.
—Eso tiene sentido.
—Por eso lo atraparemos.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala. El general tomó una tiza y se acercó a la pizarra.
—He diseñado una operación en tres fases —anunció—. La llamaremos Operación Cuentas Claras.
—¡Qué nombre tan bonito! —exclamó el cabo Pinzón, emocionado.
—Fase uno: preparar el escenario. Fase dos: tender la trampa. Fase tres: capturar al sospechoso.
—¿Y la cuarta? —preguntó el Oso.
—No hay cuarta.
—¿Y si algo sale mal?
—Entonces, improvisaremos.
—¡Eso es lo que me preocupa! —exclamó Pipe.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que improvisamos, algo explota.
—Excepto cuando no explota.
—Eso nunca ha pasado.
—Hoy será la excepción.
—Mi general —dije—, cada vez que usted dice eso, no lo es.
El general se llevó la mano a la sien y suspiró.
—Eysmar. Su papel en la operación es crucial.
—¿Cuál es?
—Será el cebo.
—¿EL CEBO?
—Ricardo la reconoció ayer. Sabe que usted estuvo a punto de estrangularlo. Pero también sabe que usted es una mujer impulsiva, orgullosa y con poco sentido de la prudencia.
—Qué halago.
—Si usted aparece en la base y le da a entender que quiere reconciliarse, que lo perdona, que necesita su ayuda...
—Entonces caerá en la trampa.
—Exacto.
—Pero yo no sé mentir.
—Es usted cantante.
—Canto. No actúo.
—Es lo mismo.
—¡No es lo mismo!
—Hay un músculo común.
—¿Cuál?
—El del teatro.
—Mi general...
—Confíe en mí.
—Es que esto me da miedo.
—Lo sé. —Bajó la voz, casi imperceptible, solo para mí—. Por eso estaré a su lado.
Sentí que me ardían las mejillas. Pipe, a mi izquierda, tosió con tanta fuerza que se le cayó el panecillo.
Los siguientes tres días fueron un entrenamiento intensivo para el que ninguno de nosotros estaba preparado.
El primer día se dedicó a la **Fase uno: el escenario**. El general había decidido que la trampa se tendería en la cocina, porque "es el lugar donde se firman los contratos de suministros y donde nadie sospecharía de una emboscada".
—¡Mi cocina! —protestó el cabo Pinzón, con las manos en las caderas—. ¡No quiero emboscadas en mi cocina!
—Cabo, es por una buena causa.
—Mi cocina ya sufrió bastante con la sopa verde.
—Tendrá una compensación.
—¿Cuál?
—Un nuevo caldero.
—¿De cobre?
—De cobre.
—¿Con tapa?
—Con tapa.
—Acepto.
Pasamos el día entero preparando el escenario. Instalamos una mesa con un mantel blanco, dos sillas, una botella de vino barato y un archivador lleno de papeles falsos. Escondimos micrófonos en la lámpara, en el jarrón y en una barra de pan. El teniente Ballesteros instaló su cámara dentro de un reloj de cuco, tras comprobar que "los pájaros de madera no levantan sospechas". Pipe se ofreció a esconderse dentro de un barril, y el Oso, dentro de la despensa. Brunilda, con su navaja, se apostó junto a la puerta con la expresión de una cazadora.
—¿Por qué vas armada? —le pregunté.
—Por si hay que cortar algo.
—¿Qué?
—Un queso.
—Eso es razonable.
—O una cuerda.
—También.
—O a Ricardo.
—Brunilda.
—Era broma.
—No lo parecía.
—Era un broma al noventa por ciento.
El segundo día se dedicó a la **Fase dos: el guion**. El general había redactado una serie de frases que yo debía pronunciar al encontrarme con Ricardo. Las leí en voz alta en la sala de mapas, ante un público de seis personas.