Leyha Eysmar.
Hay una teoría muy extendida entre los militares según la cual ningún plan sobrevive al primer contacto con el enemigo. Mi teoría es más modesta: ningún plan sobrevive al primer contacto conmigo.
—Transmisor activado —informó el general Davis, a las siete de la mañana, de pie junto a un mapa desplegado sobre el capó de un jeep—. La señal de la olla se mueve hacia el este. A unos catorce kilómetros por hora.
—Eso es muy lento —dijo Brunilda.
—Es un camión viejo cargado de cosas robadas.
—Y de un jacuzzi roto.
—Ya no lo lleva.
—Es verdad. Lo dejamos en el camino.
—Entonces el camión va más ligero. Seguramente se dirige al Lago Esmeralda, donde hay un muelle abandonado.
—¿Y por qué allí?
—Porque es el único lugar de la zona donde un barco pequeño puede cargar mercancía sin que nadie la vea.
—Qué inteligente.
—Es un criminal, no un tonto.
—Mi general —intervino Pipe, levantando la mano—. Una pregunta.
—Dígame.
—¿Quién va a perseguirlo?
—Nosotros.
—¿Todos?
—Tres jeeps.
—¿Y quién conduce?
—Yo, el sargento Ortuño y el cabo Pinzón.
—¿El cabo Pinzón sabe conducir?
—Tiene licencia.
—¿De coche?
—De cocina.
—Eso no es lo mismo.
—Es la que tiene.
Un murmullo de inquietud recorrió el grupo. El cabo Pinzón, con el delantal puesto y un casco de bombero que alguien le había prestado, se ajustó la correa con orgullo.
—Tranquilos —dijo—. Mi abuela me enseñó a conducir un tractor.
—¿Y eso ayuda?
—Un poco.
—¿Y qué le pasó al tractor?
—Se lo comió un río.
—Qué reconfortante.
—Es una anécdota.
El general se frotó los ojos con dos dedos.
—Distribución —ordenó—. Jeep uno: yo, la recluta Eysmar y el teniente Ballesteros con la cámara. Jeep dos: el sargento Ortuño, Pipe y el Oso. Jeep tres: el cabo Pinzón, Brunilda y... —miró la lista— ...un cerdo.
—¿UN CERDO? —preguntamos a coro.
—Es una larga historia.
—¿Qué cerdo?
—Se llama Cornelio. Pertenece al almacén. Se coló en el último camión de suministros y no hemos conseguido sacarlo.
—¿Y por qué va con nosotros?
—Porque, si lo dejamos aquí, se comerá el archivo.
—¿Se come los archivos?
—Se comió el del año pasado.
—¿Y era importante?
—Eran las nóminas.
—Ah.
—Por eso va con nosotros.
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El convoy salió de la base a las siete y media, con una nube de polvo y un coro de motores que sonaba como una orquesta de tubas con catarro. Yo iba en el asiento trasero del primer jeep, con un casco demasiado grande, unas gafas de aviador que me prestó Pipe y una expresión de terror absoluto. A mi lado, el teniente Ballesteros sostenía su cámara contra el pecho, murmurándole palabras de ánimo. Delante, el general conducía con las manos firmes en el volante y los ojos fijos en la carretera.
—Eysmar —dijo sin girarse.
—¿Sí, mi general?
—Cinturón.
—Ya lo llevo.
—Más apretado.
—Me estrangula.
—Es por su seguridad.
—Es por su sadismo.
—Eso también.
El camino de tierra serpenteaba entre colinas amarillas. El cielo estaba despejado, azul, hermoso, de esos cielos que parecen prometer un día tranquilo, y que en mi experiencia son siempre los más traicioneros. Detrás de nosotros, los otros dos jeeps nos seguían a distancia prudente. Por la radio, entre chisporroteos, se oía la voz del cabo Pinzón:
—*Jeep tres a jeep uno. ¿Me oyen?*
—Alto y claro, cabo —respondió el general.
—*Cornelio ha comido ya tres sándwiches.*
—Qué bien.
—*Y ahora va por el cinturón de Brunilda.*
—¡SUÉLTALO! —se oyó un grito lejano.
—*No lo suelta.*
—Cabo, concéntrese en la conducción.
—*Estoy concentrado.*
—¿Dónde está su vista?
—*En el cerdo.*
—¡EN EL CAMINO, CABO!
—*Ah, sí. Perdón.*
Una explosión de estática interrumpió la comunicación. El general suspiró. Yo me mordí el labio para no reír. Pasaron diez minutos de silencio, solo roto por el rugido de los motores y el canto lejano de las cigarras.
—Samuel —dije, bajito, aprovechando que el teniente se había quedado dormido con la cámara en el regazo.
—¿Sí?
—¿Crees que lo atraparemos?
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Casi.
—¿Cuánto es casi?
—Un sesenta por ciento.
—Eso no es mucho.
—En el ejército es un porcentaje excelente.
—¿Y el cuarenta restante?
—Lo cubre la improvisación.
—Dios nos asista.
—Ya lo hace. Mira.
Señaló al frente. A lo lejos, en una curva del camino, se divisaba una nube de polvo y la silueta de un camión crema con franjas verdes. Avanzaba despacio, dando tumbos, cargado hasta los topes.
—¡Es él! —exclamé.
—Lo tenemos.
—¡Acelera!
—No tan rápido.
—¿Por qué no?
—Porque si nos ve, huirá.
—Ya nos vio.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque está saludando por la ventana.
Efectivamente, un brazo elegante, con un puño de camisa blanco y un reloj dorado, asomaba por la ventanilla del camión y se agitaba con gracia, como el de una reina en una carroza. Luego, desde el interior de la cabina, estalló una carcajada que se oyó incluso por encima del ruido de los motores.
—¡Atrápenme si pueden, queridos! —gritó Ricardo, por un altavoz.
—¿Tiene altavoz? —pregunté, perpleja.
—Todo criminal con estilo tiene uno.
—¡ES UN INSULTO!
—Es una provocación.
—¡ACELERA!
—¡Aguántese!
El general pisó a fondo el acelerador. El jeep dio un brinco, las ruedas patinaron, y salimos disparados por el camino levantando una polvareda monumental. El teniente Ballesteros se despertó de golpe, con un grito de pánico, y su cámara salió volando por los aires, rebotó contra mi casco y aterrizó, intacta, en el regazo del general.
—¡MI CÁMARA!
—¡Es un proyectil!